lunes, 23 de febrero de 2015

Adicción afectiva


Se tumbó sobre el diván y trató de relajarse respirando profundamente, pensando en recuerdos agradables, tal y como le había recomendado el psicólogo que hiciese. Le costaba decidirse por acudir a la consulta del especialista pero su estado anímico había cambiado en las últimas semanas, tanto que, desde que Amelia se marchara para siempre dejándolo en la indefensión afectiva que sufría, no había conseguido conciliar el sueño.

-Algo ha cambiado en mí, Doctor. Siento que no soy el mismo de antes –comenzó diciendo Aurelio, relajado sobre el asiento alargado y mullido, con las manos entrelazadas sobre su estómago y con la mirada puesta en el techo.

-Tengo que confesarle que jamás imaginé la mínima posibilidad de que pudiera caer en esta trampa afectiva, que ha dejado en mí un vacío insufrible que no me permite ni dormir ni disfrutar de los momentos cotidianos. A pesar de que siempre tuve un buen concepto sobre mi equilibrio mental, ahora me siento vulnerable, inseguro, y con una falta de cariño que no consigo sustituir con nada de lo que en otro tiempo me hacía feliz con sólo imaginarlo. La pérdida de Amelia me ha dejado huérfano de cariño.

La primera vez que la vi en el parque me llamó la atención por su obsesionada manera de vocear un nombre propio, ¡Javier!, pronunciaba en voz alta la anciana una y otra vez al tiempo que desesperadamente buscaba por todos lados, detrás de los arbustos, de las estatuas de piedras, alrededor de la fuente central entre alegres chorros cambiantes de agua, entre la armonía de los alegres pájaros cantarines que entonaban su trinar ajenos al afán de la mujer.

Aquel día tuve el pronto de irme hacia ella y preguntarle por su afanada búsqueda, por saber quién era el tal Javier que parecía habérselo tragado la tierra. Pero una joven señora sentada en el banco contiguo me retuvo diciéndome que no era nueva su actitud, que siempre que la había visto por el parque fue de la misma manera, absorbida por su demencial ímpetu. Entonces supuse que nada había que hacer por socorrerla.

A la siguiente vez no fue diferente. No paraba ni un solo instante de vocear el mismo nombre y con la misma actitud nerviosa. Fue en ese día cuando me enteré de la causa que le había provocado su desquiciado estado anímico. Era la misma mujer que días antes me advirtiera que era normal en la anciana vocear el nombre al tiempo que buscaba. Fue una triste historia la que me contó la joven madre mientras mecía sin parar su carrito de bebé tomando el cálido sol de la tarde otoñal.

Que se había vuelto loca, me dijo, que una tarde había llevado a su nieto pequeño a que jugara en el parque con los otros niños y que en un descuido el niño desapareció, que se esfumó como por arte de magia sin que nunca más se volviera a saber nada de Javier. Se colocaron carteles con su rostro y un mensaje impreso por todas partes, por todas las marquesinas de los buses, las cabinas de teléfono, en las farolas, en los semáforos, en los escaparates de los comercios… No hubo un lugar en toda la ciudad donde no se colocase un cartelito de desaparecido con la imagen del niño. Pero no hubo respuesta.

Pasaron los años y, desde entonces, la anciana no dejó ni un solo día de ir a buscar a Javier por cada rincón del ajardinado lugar. Tanto fue así que ya ninguno de los asiduos al parque le prestaba atención a fuerza de verla cada día con la misma exacerbación. Ni siquiera los que no la conocían le hacían caso, que terminaban por reírse de ella y de su desesperada búsqueda. Todo el mundo parecía haberle dado la espalda a la triste y descorazonada anciana.

Entre la pena y la ansiedad que transmitía la mujer decidí un día calmar su desconsuelo haciéndome pasar por su desaparecido nieto. Sé que cometí un grave error, Doctor, pero no supe calibrar el peligro que podía llevar tratar de darle un poco de consuelo y cariño a la anciana. No pretendía otra cosa más que darle afecto, ternura, sentía pena, lástima, por aquella pobre mujer.

Todo fue muy fácil, tan obcecada estaba con la imagen del desaparecido niño que no vio a nadie más que a su nieto cuando me miró al yo responderle. ¡Abuela, abuela!, le contesté una de las veces que gritó su nombre. Se quedó paralizada, se acercó a mí sin retirar su mirada de mi rostro y al acercarse tiernamente se limitó a acariciarme la cara y darme un beso en las mejillas. Después me preguntó que dónde estaba, que llevaba mucho tiempo buscándome desesperadamente. Yo le respondí que había estado jugando con otros niños detrás de los arbustos y ya no dijo nada más. Nos sentamos en un banco y se pasó toda la tarde dedicándome toda su atención. Alisándome el pelo con las manos, acariciándome la cara, cogiéndome las manos, colocándome bien el cuello de la camisa, contándome cuentos… Hasta que llegó la hora de marcharnos con el sol del ocaso. Le dije que se marchara ella, que yo iría detrás, a lo que nada objetó, sólo me pidió que no tardara mucho, que se echaba la noche encima y esas no eran horas para un niño en la calle.

Al día siguiente sucedió de la misma manera, de la misma forma actué ante su desesperada llamada, le respondí y ella racionó igualmente, no se acordaba de nada del día anterior. Me volvió a preguntar que dónde había estado y nos volvimos a sentar en el mismo banco…

Así pasaron días con la seguridad en mí de que estaba siendo generoso con ella, incluso compasivo en cierto modo. Hasta que una tarde no apareció por el parque. Estuve esperándola en el mismo banco mientras el sol iluminaba, hasta que me dí cuenta de que nadie más que yo quedaba en el recinto, no quedaban ni los pájaros revoloteando buscando su rama para pasar la noche, todos se habían recogido para dormir.

Por primera vez me sentí preocupado por ella, por lo que le pudiera haber ocurrido, y pasé toda la noche en vilo, pensando e imaginando en lo que le pudiera haber pasado. No era cosa normal que se ausentase, nada para ella existía en el mundo más importante que buscar a su desaparecido nieto.

Así pasaron varios días, acudiendo al parque cada tarde esperando su regreso hasta que se despedía el último rayo de sol, pero nunca más volvió. Desde aquella última despedida mi vida se ha convertido en un sinvivir. He perdido el apetito, no puedo dormir, y lo que es peor, creo que estoy perdiendo mi equilibrio mental. Siento que he caído en la peor de las adicciones, mi falta de cariño me ha sumido en la tristeza más absoluta. Estoy realmente preocupado, Doctor, y más aún desde que hace un par de días me preguntó un amigo que si estaba bien, que si sufría algún trastorno psíquico, yo le respondí que me encontraba perfectamente. Fue entonces cuando me aconsejó y convenció para que viniera a verle a usted, después de que me dijera que me había visto varias tardes por el parque voceando el nombre de Amelia, al mismo tiempo que buscaba por cada rincón del ajardinado lugar. 




Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.

viernes, 30 de enero de 2015

Ladrones de perros


-Esta mañana fue más evidente que nunca, por eso me arriesgué a que regresara el tipo del furgón y me sorprendiera infraganti espiando; no me atreví a entrar en el almacén pero lo que pude ver por las ventanas del callejón fue suficiente como para asegurarme de que lo que te estoy contando no son alucinaciones mías. Desde hace algo más de una semana llega el cómplice con el vehículo, cada dos días, se lleva las jaulas con los perros y le deja otras vacías.

¡Mira! He comprado estos prismáticos exclusivamente para poder observar hasta el más mínimo detalle. Sí, ya sé que no son de muy buena calidad, son los únicos que encontré en el bazar chino de al lado, pero no necesito más para comprobarlo con detalle. Te vuelvo a decir que no son inventos míos, que todos los perros que han desaparecido últimamente en el barrio los robó el que se hace pasar por fontanero. ¡Apostaría a que ese de profesional no tiene más que el uniforme y el bigote al estilo de Mario Bros!

Ya te lo dije en su momento, que he visto en más de una ocasión cómo el falso fontanero se hacia el entretenido ojeando el diario deportivo y a la mínima ocasión y descuido de sus dueños se los arrebataba. Los perros acudían a las galletas que él les tiraba disimuladamente en el parque y, cuando sus cuidadores miraban para otro lado, les enganchaba al collar una cadena que lleva siempre en el bolsillo y rápidamente se daba la vuelta tras los arbustos del pequeño jardín hasta esconderlos en el almacén. Con la gorra roja no lo distingo bien desde aquí, la visera le cubre medio rostro, pero por la manera de caminar afirmaría que es chino. Estoy convencido de que debe de tratarse de una mafia de ladrones de perros. ¡A saber qué harán con ellos!

Tienes que acercarte disimuladamente y verlo tú con tus propios ojos, Alicia. Te he vuelto a llamar para que lo compruebes. Sólo tienes que mirar por la ventana y verás las jaulas vacías esperando para introducir en ellas a los pocos perros que quedan en el barrio.

-Te vuelvo a decir que todo son imaginaciones tuyas, Aníbal. No existe ninguna mafia ni ladrones de perros. Desde que tuviste el accidente te estás volviendo un poco paranoico; todo el día aquí metido entre cuatro paredes, sin apenas salir a la calle… Del balcón al sillón y viceversa, esa es toda tu vida. Esos cuatro metros escasos acabarán por volverte loco. Tienes que salir a pasear, ya puedes caminar perfectamente apoyado en las muletas; hasta el médico está cansado de decirte que tienes que perderle el miedo a caminar.

Lo volveré a hacer una vez más, la última, pero no me limitaré a mirar por las ventanas. Esta vez llamaré al timbre y hablaré con el fontanero sin tapujos. Le pediré explicaciones por los perros que ha robado, según tú, y le exigiré que me muestre el interior del almacén.

-¡No Alicia, no puedes arriesgarte! Ese tipo puede ser peligroso, es muy corpulento y puede hacerte daño. Creo que lo mejor es que mires por las ventanas y después llamemos a la policía.

-No, en esta ocasión lo haré a mi manera. ¡Basta ya de juegos! Si es un ladrón de perros lo vamos a desenmascarar y si no es así ya no te quedarán excusas de ningún tipo para continuar con el asunto. No pienso continuar toda la vida escuchando tus paranoias, si no acabaré por volverme también como tú, una perturbada mental.

Alicia salió del apartamento y rápidamente Aníbal se dio media vuelta en dirección al balcón con los prismáticos en la mano. Se colocó en posición estratégica y siguió con la mirada a través de los anteojos los pasos de su amiga atravesando la calle hasta situarse frente a la puerta del almacén, a la que llamó presionando el timbre.

Tras un breve espacio de tiempo esperando la puerta se abrió y tras ella apareció el fontanero con su inconfundible mono azul y gorra roja. No parecía muy dispuesto a que Alicia pudiera ver lo que escondía en el interior del local, a tenor de cómo el individuo se esforzaba con sus movimientos en mantener la puerta bien cerrada mientras conversaban. Pero ella demostraba estar decidida a esclarecer aquel turbio asunto, descaradamente  había pasado al ataque intentando apartar al hombre de su estática posición al tiempo que la dialéctica parecía subir de tono y los ademanes se volvían agresivos.

Al otro lado de la calle, en el balcón, Aníbal sufría el momento por el que su amiga estaba atravesando, sintiéndose impotente por no poder estar junto a ella para protegerla y culpable por haberla involucrado en aquel asunto que por momentos pasaba de claro a oscuro cuando, tras las lentes, observó cómo la discusión pasaba a mayores tornándose en enfrentamiento físico. El fontanero había agarrado violentamente de espaldas y por el cuello a Alicia y la introducía en el local cerrando la puerta tras de sí.

Aníbal se temía lo peor. Rápidamente soltó los prismáticos y se dirigió hacia el teléfono, con el que visiblemente nervioso marcó el número de la policía. Pero algo ocurría, tras varios intentos no conseguía hacer la llamada, parecía como si se hubiese quedado de repente sin servicio. El aparato no emitía ningún tipo de sonido, ninguna señal de estar operativo.

Soltó el teléfono y agarró las muletas decidido a defenderla, a enfrentarse al agresor sin pensar en su desventaja física. Ni siquiera se le pasó por la cabeza su indefensión frente a él. Aceleró el paso todo lo que sus piernas le permitían y cruzó la calle temiendo que ya fuese demasiado tarde, que le hubiese provocado un daño irreparable a su amiga.

Frente a la entrada del almacén, subió los tres escalones que le separaban de la puerta y sin llamar la empujó violentamente. El interior estaba en absoluta oscuridad. Se adentró dos pasos y, en ese justo momento, las luces se encendieron. Ante él aparecieron Alicia, el fontanero, familiares y compañeros de trabajo, que, al unísono, en un ambiente de celebración adornado de guirnaldas y confetis gritaban alegremente: ¡Feliz Cumpleaños!





Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.

martes, 19 de agosto de 2014

Naturaleza asesina



Cuando Angie llegó a la empresa lo hizo envuelta en una aureola de curiosidad, misterio y algo de recelo. Aún así, casi todos los empleados de la fábrica de textiles pensaban prácticamente de la misma manera, que posiblemente todo lo que se decía de la nueva directora de recursos humanos era falso. Sino, pensaban, ¿cómo iban a permitir los altos cargos de la dirección general que ocupara un puesto tan relevante en la planta de Barcelona? Quizás la más importante de todas cuantas la compañía tenía funcionando en Europa.

Probablemente se trataba de un bulo, de una mentira interesada creada para provocar un ambiente de hostilidad a su llegada, para que no se encontrara cómoda en su nueva ocupación teniendo en su contra la simpatía de la plantilla trabajadora. ¿Pero quién o quiénes estarían interesados en crear falsos testimonios en su contra y por qué? Esas eran las preguntas que corrían por aquellos días de corrillo en corrillo de trabajadores. Algunos comentarios comenzaban a circular poniendo nombre y apellidos al divulgador, señalaban a un modisto canario del mismo pueblo del que era natural el difunto marido de la nueva responsable.

Por otro lado, de igual manera a todos extrañaba que ocupara esa posición sin experiencia anterior. Nadie tenía constancia de que procediera de otra factoría de la compañía, ni de otro ramo relacionado con la industria textil, ni siquiera se le conocía un cargo de responsabilidad en común con su nueva situación profesional. Demasiadas suspicacias para tan pocas respuestas, lo que provocó algunas suposiciones que colocaban la influencia directamente en la oficina del director general, concretamente a petición de un amigo muy influyente en el mundo empresarial de la ciudad, con el que la cuestionada podría mantener una relación sentimental encubierto, lo que arrojaba más morbo al asunto.

Muy pocos la mencionaban por su nombre, el mote de la Viuda Negra recorría los talleres de boca en boca como si pronunciar el nombre de Angie fuese sinónimo de superstición, de tabú, así como tampoco dejaban de mirar hacia todas partes cuando se referían a ella por temor a que pudiera aparecer por sorpresa y sorprenderles calumniándola, o no, porque era tanto y tan cruel lo que se hablaba a sus espaldas que hasta parecía imposible que una mujer de su apariencia, tan delicada y sensible, pudiese cometer tantas maldades como se le atribuían. En lo único que coincidían todas las habladurías era en su frialdad, en su capacidad para manipular a cualquier hombre, haciendo de ellos lo que se propusiera.

A Emma le causaba tanta perplejidad como rechazo por todo lo que se decía de ella, solo la había visto en una ocasión, una semana antes, cuando fue presentada personalmente a la plantilla, entonces no le dio más importancia que la que tenía, la de un nuevo miembro perteneciente a la dirección de la empresa y no destacó en ella nada especial, si acaso observó algo llamativo eso fue positivo, le pareció una mujer elegante y de modales exquisitos. Por lo demás nada diferente, la misma percepción y el mismo concepto que tenía de cualquier otro superior, el de pertenecer a otra escala laboralmente por encima y por consiguiente otra casta con la que normalmente no se llegaba a tener otras relaciones que no fuesen las necesarias y puramente relativas al trabajo. 

Sin embargo, el día que Cristina, su compañera de máquina, le contó lo que se comentaba quedó embargada por el estupor, ni más ni menos que cualquier otra persona que escuchara los hechos que se le atribuían, nadie podía quedar indiferente al chismorreo existente y por supuesto ella tampoco, que quedó influenciada sobremanera. Tanto fue así que radicalmente le cambió el concepto que había recibido en la impresión primera. Las habladurías tachaban a la Viuda Negra de personaje siniestro, de asesina entre otros calificativos. Aseguraban que su falta de escrúpulos era lo que la había aupado no solo hasta el puesto profesional que disfrutaba sino que, además, su naturaleza despiadada le reportó tanto dinero como para no tener que trabajar nunca más en toda su vida, lo que multiplicaba la desconfianza hacia ella cuando se discutía sobre cuál sería la meta que perseguía, si cualquiera se hubiese conformado con lo heredado de su difunto marido, claro que lo que se decía no eran más que suposiciones, la historia ni era toda cierta ni estaba completa.

Cuando Daniel conoció a Angie en unas vacaciones en Ibiza quedó prendado de sus encantos y no dudó ni un momento en dejarse arrastrar por sus sentimientos. Era la historia de una joven relaciones públicas de un conocido restaurante en la turística isla balear que en poco tiempo supo ganarse la confianza del adinerado cliente canario, que no tardó en proponerle matrimonio. Se casaron y fijaron su residencia en la canaria isla de Las Palmas, donde ella comenzó a regentar el afamado hotel y la galería comercial propiedad del marido. 

No tardaron en aparecer los problemas cuando él descubrió que no procedía de una económicamente bien posicionada familia alicantina, ella le había mentido, en realidad era hija de un honrado y humilde trabajador del taxi. Tampoco fue bien aceptada por la familia de su marido, que veían en ella a una persona de quien no fiarse, comenzaron a desconfiar de ella desde el primer día, más todavía cuando misteriosamente Daniel comenzó a enfermar sin que los médicos encontraran una causa que provocara el malestar, que poco a poco le fue debilitando hasta que una tarde lo encontraron sin vida y desnudo a los pies de la cama en una de las habitaciones del hotel, destinada exclusivamente para clientes.

La repentina y misteriosa muerte del marido la dejó en una posición económica envidiable, porque no solo heredó la empresa hostelera y el centro comercial en los bajos del edificio sino que también fue beneficiaria de un seguro de vida cuyo importe era superior al valor de todos los negocios heredados. La situación para Angie se tornó hostil, que quedó bajo sospecha de ser la causante de la muerte de su marido, desde todos los frentes, ante la familia, la compañía aseguradora y la propia policía, que no halló ni una sola prueba o indicio de que pudiera tratarse de un crimen cometido por la propia viuda.

Acorralada por todos decidió vender sus propiedades en la isla y abandonó el archipiélago canario. Cambió de aires y se afincó en Barcelona. Compró una vivienda de lujo y comenzó a relacionarse con lo más granado de la sociedad barcelonesa, con un nivel de vida por todo o alto. No escatimó en gastos, vistiendo de las marcas y diseñadores más afamados, adquiriendo joyas de las joyerías más renombradas de París, viajes por toda Europa y hospedajes en los mejores hoteles; fue tanto el despilfarro económico que no le quedó más remedio que buscar un empleo, al año de recibir la herencia ya no le quedaba en sus cuentas bancarias más que números rojos. Fue entonces cuando conoció al empresario que la recomendó al director de la fábrica.

Desde entonces ya habían pasado varios meses y los rumores sobre la directora de Recursos Humanos se fueron apagando de la misma manera que se propagaron de boca en boca a su llegada. Todos se habían acostumbrado a su presencia y ya pocos mantenían la sospecha de que algo de cierto pudiesen tener las habladurías que tiraban por tierra su honorabilidad e inocencia cuestionada. Pero de nuevo otro rumor avivó las ascuas de su particular hoguera maquiavélica, la noticia de la muerte en extrañas circunstancias de su supuesto padrino protector, el influyente empresario que la recomendó. Su cuerpo sin vida fue encontrado en un apartamento de su propiedad, en parecidas circunstancias y condiciones en que fue hallado Daniel, desnudo y a los pies de la cama.

Ni que decir tiene que la noticia corrió como la pólvora, ratificando de hecho todas las suspicacias que ya existían en su contra. Pocos quedaron ya ajenos a la creencia de su culpabilidad. Sin embargo, tampoco en esta ocasión pudo encontrar la policía rastro alguno de que pudiera tratarse de un crimen. A todas luces se trataba de muerte natural, eso sí, sin causas aparentes que lo justificara. Para Emma todo aquello parecía como el guión siniestro de una película de terror, aunque por otro lado le costaba creer en la doble personalidad de aquella aparentemente dulce mujer, por la que en ocasiones sentía tristeza y pena, creyéndola inocente de todo lo que los rumores la acusaban.  

A partir de aquel suceso extra-laboral, que no tenía relación directa con la fábrica, Angie comenzó a dejarse ver más a menudo por la sección de talleres, lo que levantó suspicacias y nuevos comentarios. Mientras que unos pensaban que tras haber muerto su protector tenía que esforzarse por mantener su puesto laboral, otros opinaban que su intención no era otra que la de ganar simpatías después de tantas sospechas sobre su persona. Y ni uno ni lo otro, como se vería con el tiempo, su intención era otra bien distinta.

Si ya de por sí era agradable al trato, Angie se multiplicó en simpatías hacia los trabajadores, especialmente con Emma y Cristina, a las que había elegido como sus próximas víctimas. De Cristina no necesitaba colaboración directa, por lo que solo se limitó a asegurarse de que era la persona correcta para utilizar en su macabra estrategia; en cambio con Emma fue diferente, fue ganándose su confianza hasta que desterró de su pensamiento la mínima sospecha de que existiese algo de cierto en todo lo que se decía de ella. Emma estaba encantada con el trato de Angie, en la que había encontrado la amiga que nunca tuvo.

La vida le sonreía, todo parecía llegarle como anillo al dedo, porque además de la amistad con su superiora había comenzado una relación sentimental con un hombre de nacionalidad francesa. François se interesó por ella desde el primer momento, cuando coincidieron por primera vez en la red social que los dos frecuentaban. Internet le había abierto las puertas del amor y no solo eso sino que además, de ofrecerle constantes muestras de cariño, parecía tratarse de un importante hombre de negocios muy bien posicionado entre la sociedad parisina.

Emma estaba feliz y eligió a Angie como confidente y consejera, que fue conociendo al mínimo detalle todo lo relativo a la relación amorosa. La Viuda Negra había decidido poner en marcha su plan, no contaba con la aparición del francés pero analizando la situación pensó que no sería un obstáculo sino todo lo contrario, sin esperarlo podía matar dos pájaros de un tiro en la misma jugada. Pero no tenía tiempo si quería que todo saliera bien, el calendario corría en su contra y cuanto más avanzada fuese la relación entre François y Emma más complicado resultaría para sus intereses.

Para la directora de Recursos Humanos no le fue difícil hacerse con todos los datos personales que necesitaba. Indagó tanto en su vida personal que tampoco le costó mucho esfuerzo en suplantar la identidad de la propia Emma, El parecido físico de ambas fue una de las características principales por la que la escogió como víctima, por lo que solo necesitó una peluca, algo de maquillaje, imitar su firma sin levantar sospechas y poco más.

Comenzó por contratar un seguro de vida a nombre de la propia Emma usurpando su identidad, pero para no levantar recelos puso de beneficiaria a una tercera persona, a su amiga Cristina, a cuyos datos personales también tuvo fácil acceso en los ficheros de la empresa. Pasados unos días invitó a Emma a cenar en su casa con la excusa de proponerle un asenso profesional en la compañía, a lo que aceptó gustosamente. Para tal efecto alquiló un apartamento por un solo día también a nombre de la propia víctima, a la que durmió con somníferos en la bebida. Una vez inconsciente le ató una bolsa de plástico en la cabeza y la asfixió, la desnudó y vertió sobre ella restos de semen de dos gigolós a los que días antes había contratado con la única intención de que eyacularan en una probeta. Limpió todas  las huellas sin dejar rastro de ningún tipo y tras meter la ropa de Emma en una bolsa se marchó con ella del apartamento.

Dos días más tarde encontraron el cuerpo de Emma sin vida y desnuda, lo que se intuyó como un claro caso de asesinato sexual, cargando todas las culpas sobre los dos gigolós. No existió problema alguno en que la aseguradora ingresara el dinero en la cuenta bancaria que Angie había creado a nombre de Cristina para tal asunto exclusivamente. Nada ni nadie la relaciono con el suceso ni el cobro del seguro. Por supuesto que tampoco dejó de comunicarse con François, haciéndole creer que era la propia Emma.

Pero llegado a un punto de la relación Angie dudó en continuar utilizando la identidad de Emma, tarde o temprano tendría que encontrarse con él personalmente y de seguir así resultaría más complejo para desarrollar su plan, por lo que le descubrió al pretendiente francés su propia personalidad, excusándose en que le había mentido por cuestión de seguridad, por la protección de su propia intimidad. Para François fue una sorpresa, que no solo entendió sino que también recibió encantado, pues había ganado en el cambio, se trataba de la misma persona pero con mejor posición económica y profesional.

Pasaron varias semanas desde la revelación de identidad de Angie y a los dos le entraron de repente unas ganas desorbitadas de conocerse personalmente por lo que él tomó la iniciativa de desplazarse a Barcelona por un par de semanas. Ella lo acogió en su casa y todo se desarrolló como en un cuento de hadas, en el que no surgió ningún inconveniente, al contrario, tanto él como ella tomaron la decisión de contraer matrimonio lo antes posible y regresar los dos a París convertidos en matrimonio.

Angie se las prometía muy felices, había descubierto un auténtico filón de oro en su mina particular. Su flamante marido era propietario de varias empresas relacionadas con el automóvil en Francia y por ende también propietaria al contraer matrimonio sin repartición de bienes gananciales en caso de divorcio, pero ella no pensaba en separarse y arrebatarle la mitad de la fortuna sino que su ambición iba más allá, estaba decidida a quedarse con todo y para tal efecto comenzó a preparar su próximo crimen.

Pero claro, acostumbrada a actuar siempre como victimaria y confiada en sus éxitos anteriores, no se le había ocurrido pensar que también François podría compartir con ella su misma naturaleza, la de un despiadado asesino, ni que también tuviese preparado su particular plan siniestro. También él tenía como única meta adueñarse de su fortuna y en esta ocasión le había ganado la vez, iba por delante de ella y no tuvo la más mínima sospecha de que en esta ocasión era a ella a quien le tocaría el papel de víctima. Eran tal para cual sin saberlo, la horma de sus zapatos, y el destino los había situado como concursantes en un macabro juego que ganaría el más avispado de los dos.

Tampoco François era quien decía ser. Cuando conoció a Emma no le dio más importancia que la que se le pueda dar a una aventura sentimental sin pretensiones, más allá que la que puedan tener dos desconocidos que simpatizan en las redes sociales sin posibilidades de llegar a consumarse como una relación seria. Pero la revelación de identidad de Angie hizo que se le encendieran sus malvadas luces y comenzara a maquinar una estrategia que ya estaba desarrollándose en el último tramo del proceso. Su marido no era el adinerado hombre de negocios titular de tantas propiedades que decía ser sino su secretario particular que hacía las veces de recadero. Cuando su jefe le comunicó que se ausentaría de la ciudad por un tiempo también le propuso adelantar las vacaciones, pues durante ese periodo no necesitaba de su colaboración, y fue entonces cuando pensó en sacarle rendimiento a las circunstancias y, aprovechando su libre acceso al despacho del jefe, se apresuró en hacer una copia de llaves de su casa, sabía que quedaría deshabitada por ese intervalo de tiempo y podría utilizarla como escenario principal donde sorprender a Angie.

Como era de esperar, a la llegada a París ella quedó sorprendida por la mansión donde suponía iba a vivir con su marido hasta que se deshiciera de él, para después pasar a convertirse en la única propietaria, en cambio François no perdió el tiempo, faltaban sólo dos días para el regreso de su jefe y para entonces todo debería de estar resuelto. Aquel mismo día, como hiciera en varias ocasiones anteriormente, tomó el teléfono de Angie y, aprovechando que estaba en la ducha, llamó a su jefe para que, como acordaron antes de su partida, le pusiera al tanto de algunos asuntos y le informara respecto a la documentación que debía de preparar a su llegada.

El día siguiente resultó agotador para François con tanto trajín macabro, pero tal y como tenía previsto todo quedó preparado para la llegada de su jefe en las próximas horas, no dejó ni una sola huella que delatara su paso por la casa. A continuación puso en marcha el dispositivo final llamando a la policía y denunciando la desaparición de su esposa, que sospechosamente relacionaba con su jefe, revelándoles como prueba que había encontrado reflejadas en la memoria de su terminal varias llamadas realizadas al número de teléfono de su superior.

Solo tuvo que esperar un día más para ver cómo los noticieros de todo el país abrían con la misma noticia en portada. Habían detenido a un importante hombre de negocios acusado de ser el asesino en serie que llevaba varios años aterrorizando a los parisinos con sus crímenes. Habían hallado en el sótano de su casa y dentro de una maleta el cuerpo descuartizado de la esposa de su secretario.




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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domingo, 13 de julio de 2014

El guitarrista anónimo


Los rayos del sol que acariciaban la guitarra sobre la silla le habían animado a levantarse de la cama y asomarse por la ventana. La tarde otoñal era cálida y al otro lado del cristal la gente paseaba por el parque entre los juegos y el griterío de los niños. Al salir del edificio el olor a jazmín le hizo sentirse como en casa, pero no era más que una sensación provocada por el olfato. La vista se encargó de recordarle que se hallaba en un país extraño, muy lejano al suyo. La calle parecía estar cambiada, no recordaba haber visto hasta entonces los edificios que se levantaban a un lado y a otro de la vía. Rara mezcla entre la Puerta de Brandeburgo de Berlín y los rascacielos neoyorquinos de Manhattan.

Nadie parecía que lo tuviera en cuenta mientras caminaba por la acera, la gente pasaba delante de él a toda prisa, ignorando su existencia; sólo un joven moreno guitarra en mano y vestido de negro le miraba fijamente desde el otro lado de la calle, desde la otra acera, triste, apenado, en silencio, al tiempo que una aglomeración de público le aplaudía enfervorecido.

El parque se divisaba a lo lejos, al final de aquella calle que tan pronto estaba atestada por un enorme gentío como que de repente se quedaba solitaria, donde  los sentidos no transmitían ningún tipo de sensación. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y todo se volvió inerte, sordo, inodoro, oscuro.

En un pestañeo el decorado había cambiado por completo, totalmente diferente. La cálida brisa llevaba consigo una dulce melodía aflamencada y el ambiente se tornó alegre, armonioso, repleto de colores vivos plasmados entre los atuendos de los transeúntes y las flores del jardín, que movían sus pétalos al ritmo del aire tranquilo entre los diferentes tonos verdes de la arboleda.

Se había entretenido mirando hacia el estanque, embelesado con la escena que se mostraba ante él. Un niño reía alegre en su cochecito infantil al tiempo que varios peces y un gorrión jugaban al borde del agua. Los peces saltaban y el pequeño pajarito entonaba su canto. La madre completaba la estampa ajena a lo que sucedía a su alrededor, sentada en un banco, junto a su hijo, y con un libro entre las manos.

Distraído y disfrutando con la felicidad que transmitía el niño no advirtió que una anciana caminaba a paso muy lento delante de él, con la que inevitablemente tropezó. La mujer giró la cabeza y con sonrisa plácida le miró a los ojos, después desvió la mirada hacia el suelo, como mostrándole un papel que se hallaba a sus pies y que parecía habérsele caído. Se agachó, cogió la cuartilla, y al levantar la mirada la anciana ya no estaba, había desaparecido como por arte de magia.

Extrañado buscó a un lado y a otro, giró sobre sí, y la anciana no daba indicio alguno de su existencia, solamente el papel blanco entre sus dedos daban fe del encuentro misterioso y fugaz. Al observar el papel notó que unas letras iban apareciendo de la nada y atraído por la curiosidad leyó: “Tus deseos se cumplirán, pero en el cuerpo de otro, a quien tú mismo mostrarás el camino para lograrlo”.

De repente sus ojos se abrieron como platos y su mirada quedó clavada como un puñal en el techo de la habitación, pensando, tratando de encontrar una explicación a lo soñado. Al bajar la mirada del techo la dejó sobre su guitarra, apoyada sobre la silla, que le recordaba la necesidad de trabajar para ganarse la cena. Tras levantarse de la cama agarró por el mástil a su fiel compañera y se dirigió con ella hacia la boca del metro más cercano.

A la mañana siguiente, de domingo, el sol había amanecido en todo su esplendor y el parque se mostraba como el lugar idóneo para conseguir unas monedas a cambio de su música.

Siempre escogía el mismo sitio, el mismo banco junto a la fuente del estanque. La complicidad con el sonido del agua resaltaba sus melodías. Le recordaba a los jardines de la Alhambra de Granada y a las fuentes del Patio de Los Naranjos de la Mezquita de Córdoba.

El rasgar de cuerdas llamaba la atención de los paseantes, que atraídos por el exótico sonido se acercaban hacia él y a su música envolvente, hacia aquel sonar procedente de otros lugares extraños y lejanos, que valoraban y gratificaban dejando unas monedas sobre la gorra de paño a cuadros en el suelo.

En uno de los paréntesis, entre pieza y pieza musical, de entre el público se le acercó un joven que exclamó:
-¡Que música más hermosa!- pero él no entendía bien lo que le decía, sólo hablaba español. Se limitó a sonreírle y a gesticular con la cabeza a modo de agradecimiento.
-Mi nombre es Leonardo - dijo el joven en inglés, mientras le tendía la mano.
-Federico - dijo en español el guitarrista, al tiempo que correspondía estrechándola con la suya.
Federico había cautivado los sentidos de Leonardo con su música y éste suspiraba con la posibilidad de que el joven español le enseñara a tocar aquellas hermosas melodías. No tuvo que esforzarse mucho para convencerlo de que le diera clases y, aunque hablaban diferente idioma, no supuso un problema para entenderse musicalmente.

El primer día fue un desastre para el joven aprendiz con la guitarra entre sus manos, al segundo aprendió a posicionar los dedos sobre el mástil y en el tercero quedaron ancladas para siempre en su memoria las seis notas básicas para tocar flamenco.
No hubo más. Al cuarto día Federico no acudió a su cita. Leonardo esperó varios días sin respuesta y ante su ausencia decidió localizarlo en la pensión donde se hospedaba. La respuesta que encontró fue la menos deseada, la más triste de todas cuantas pudiera esperar. Federico se había suicidado. Nadie supo localizar a su familia ni su lugar de procedencia. El joven guitarrista quedó para siempre en un país extraño, ignorado, olvidado, para todos menos para Leonardo, que con tristeza y agradecimiento lo recordaría por siempre.

Aquellas seis notas, las tres únicas clases que Leonardo recibió de Federico, fueron los cimientos con los que construyó su éxito, las que le sirvieron para aclamarlo como músico por todo el mundo. Las décadas pasaron y, en su vejez, Leonardo no había olvidado al guitarrista español desconocido. Cada día acudía a sentarse en el mismo banco donde por primera vez escuchó los acordes que marcaron su vida.

Una tarde de otoño decidió bajar al parque a tomar el sol. El astro parecía resplandecer en las alturas más que nunca y, al bajar a la calle, un aroma a jazmín, inusual por aquellos lugares, le transportó a otros tiempos, a otras vivencias que no supo precisar. Los edificios no eran los mismos, habían cambiado, y ya nadie se detenía a pedirle un autógrafo, como si su fama se hubiese esfumado de repente. Sólo un joven, a quien trataba de recordar, con guitarra en mano, le sonreía desde la otra acera, difuminándose su imagen al tiempo que el sol perdía intensidad. Distraído, mirando hacia el cielo por la oscuridad que se ceñía, no vio a una anciana que caminaba a paso lento delante de él, con la que tropezó sin poderlo evitar…



Texto extraído del libro de relatos Las Alas del Destino.
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.

lunes, 7 de julio de 2014

Casual reencuentro


La nieve caía copiosamente sobre la ciudad en la que el abandono parecía haberse adueñado de sus calles, ni un alma, ningún transeúnte se atrevía a salir de su refugio, sólo algunos vehículos cruzaban las calles a lo lejos en un horizonte blanco, difuminándose las líneas de los edificios según se alejaba la perspectiva, rota en monotonía por las luces parpadeantes de los semáforos, que ajenos a las inclemencias del tiempo guiñaban inquietos en rojo, verde y ámbar, y los vapores grisáceos que emanaban de las alcantarillas y por las chimeneas.

Poco a poco, lentamente, bajo una espesa cortina de copos, el cuerpo inmóvil de Armando se iba cubriendo por la nevada, inconsciente y entregado a un irremediable destino, a un desenlace trágico. Nadie en cualquier otro día de climatología apacible se hubiese molestado en interesarse por la situación de un hombre con pinta de vagabundo que atravesado en la acera obstaculizara el libre transitar de los viandantes, cuanto más en aquella mañana en la que ni los pájaros se habían atrevido a estirar las alas.

Nada le importaba ya, el frío se había adueñado de su cuerpo hasta tal extremo que ni siquiera tiritaba. Sólo su mente se resistía heroicamente procesando imágenes continuas inconscientemente, acompañadas de sensaciones agridulces; momentos de su vida que se sucedían rápidamente entrelazadas como en una película surrealista, sin orden cronológico, al azar, las menos felices y mayoritariamente amargas, dolorosas, fruto de una vida convulsa y repleta de sinsabores.

Nada resultó fácil a partir de que sus padres le abandonaran siendo un niño, un indefenso menor que fue paseando sus años de adolescencia de reformatorio en reformatorio, hasta que la mayoría de edad lo dejó en las puertas del último internado con una pequeña maleta donde guardaba las pocas pertenencias que sus años de rebeldía y situación personal le habían permitido reunir. Todos los recuerdos de la primera etapa de su vida se desarrollaban ante un escenario familiar desestructurado, con dos protagonistas principales, un padre delincuente habitual y una madrastra alcohólica que nunca se preocupó de otra cosa que no fuese la de tener siempre reservada una botella de güisqui de la marca preferida en la despensa de la cocina. Tal vez, si su madre no hubiese muerto en el parto cuando le dio a luz todo hubiese sido diferente, pero hasta de esa triste circunstancia se sentía culpable.

Tampoco la suerte se entretuvo en aliarse con él ni siquiera por un pequeño periodo de tiempo, nunca le sonrió, todo fueron obstáculos, muros infranqueables que se elevaban cómplices con las malas compañías. Era como si las desgracias estuviesen imantadas, se atraían unas a otras como si formaran parte de una estrategia mezquinamente burlona que no tuviese otro fundamento más que el de hacerle la vida imposible; año tras año, hasta la víspera de sus treinta y cinco cumpleaños, en la que la providencia había decidido ponerlo en aquella situación extrema, sin hogar, sin familia, sin amigos, viviendo de la mendicidad, moribundo y cubierto de nieve en la acera de una calle sin nombre.

Todo se antojaba inevitable, pero la misma ventura que había estado jugando con él toda la vida, poniéndolo constantemente al borde del precipicio, pareció por un momento cambiar de idea provocando un casual encuentro, una coincidencia que cambiaría el rumbo de su existencia, el del regreso al origen. Cuestión de suerte, probablemente, pensaría cualquiera con sensibilidad humanitaria que hubiese actuado de la misma manera que aquel hombre que al tratar de sacar su vehículo de la cochera tropezó literalmente con el cuerpo de Armando. No se le ocurrió otra cosa que la de, con mucho esfuerzo, montarlo en su coche y llevarlo al hospital.

Unos minutos más en socorrerlo y la actitud generosa de aquel hombre habría caído en saco roto, tuvieron que pasar varios días hasta que Armando recuperó la consciencia. La hipotermia sufrida no fue determinante para su recuperación, no le dañó tejidos sanguíneos ni las extremidades sufrieron daños irreparables, pero aún así le retendría varias jornadas más ingresado en el centro médico.

Cuando abrió los ojos lo hizo en la fría sala del hospital y ajeno a todo lo que había sucedido dos días antes, desde que perdiera el conocimiento. El último recuerdo se mostraba en su memoria como un torbellino distorsionado en la que la imagen de la calle nevada giraba acelerada a su alrededor. Supuso que alguien tendría que haberlo llevado hasta allí por una cuestión de supervivencia, y no se equivocó. Una enfermera le puso al corriente de la delicada y peligrosa situación por la que pasó su vida, que de no haber sido por el extraño socorrista que se hizo cargo de conciencia por su estado de salud no estaría allí recuperándose en la cama hospitalaria, sino sobre el frío mármol de cualquier tanatorio de la ciudad.

Por la misma enfermera supo que su salvador frecuentaba cada día el hospital acompañando a un familiar y no quiso dejar escapar la ocasión para agradecérselo personalmente. Al día siguiente, y después de hacer de correo la enfermera, el que le debía la vida fue a visitarlo. A pesar de sus exquisitos modales, aquel hombre elegante que aparentaba vivir en el ocaso de la cincuentena, no escatimaba en cordialidad, al contrario, el desconocido se mostró afable y cercano en el trato. Se sentó a los pies de su cama y mantuvieron una conversación de horas, en la que Armando comenzó agradeciéndole la generosa actitud que tuvo para con él y terminó por contarle cada detalle de su azarosa vida.

Por su parte, el visitante también se sinceró contándole las desgracias que le habían acompañado en los últimos años; primero la muerte repentina de su único hijo y recientemente la grave enfermedad de su esposa, que luchaba sobreponiéndose a la espera de un donante de médula ósea como único remedio contra la leucemia que padecía. Era a ella a quien acompañaba cada día y que al igual que él estaba internada en el hospital.

Armando quedó embargado por un sentimiento de tristeza que aquel hombre le había contagiado con el relato de sus problemas, lo que le situó en la necesidad de corresponder de alguna manera su gratitud. No dudó ni un instante en ofrecerse como posible donante, todo dependía de la compatibilidad de la células madre que su esposa necesitaba. Aceptado el ofrecimiento, se iniciaron las pruebas sanguíneas y fue una suerte reveladora, todo parecía indicar que el trasplante se podía realizar sin problemas aparentes de rechazo.

Agradecido, el marido fue a visitarlo en el último día de su estancia en el hospital. Ya se había realizado la intervención y todo resultó satisfactoriamente. Sin embargo, Armando desconocía que algunos datos y coincidencias en la tramitación habían levantado ciertas sospechas que él desconocía y que el agradecido marido no quiso desvelarle por si pudiera tratarse de una simple casualidad. Sólo quedaba un dato determinante que seguramente resolvería todas las dudas que quedaban en el aire, que se disiparon cuando le respondió lo que el hombre esperaba, que había nacido en el mismo hospital que su difunto hijo, el mismo día y en el mismo año. Lo que aclaraba el por qué de la coincidencia en el análisis genético de parentesco, que lo situaba como descendiente directo del matrimonio.







Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.

miércoles, 25 de junio de 2014

Un golpe de calor


Aquella calurosa mañana de verano no parecía ser diferente a otras, era de las que uno percibe la sensación de que será una más, sosegada y sin sobresaltos, sin nada que la altere en una ciudad provinciana.
La radio repetía una y otra vez los mismos consejos, que bebiésemos agua hasta el limite de sufrir una inundación interna, que evitásemos exponernos al sol en las horas críticas, las más peligrosas, en las que el sólo hecho de cruzar la calle se convertía en una aventura no deseable. Era de esas jornadas en las que un golpe de calor nos puede cambiar la vida.
La mañana avanzaba y Ezequiel había decidido bajar hasta la plaza de La Corredera, mientras se disponía a preparar el desayuno. Un café con leche desnatada, por aquello de que mucha grasa no sirve para nada, y unas rebanadas de pan tostado con mantequilla y mermelada de naranja amarga.
Pensó en visitar los puestos de antigüedades de la plaza, aprovechar alguna ganga, mirar escaparates y tomarse una caña en el bar El Sótano a eso del mediodía. Todo prometía una mañana de vacaciones agradable y relajada.
Después de desayunar, Ezequiel se tiró a la calle con el optimismo y la alegría que contagia una hermosa y radiante mañana de verano. Echó un vistazo al sol y rápidamente cruzó la vía buscando la acera de la sombra, aún era demasiado temprano como para empezar a sufrir el caluroso martirio.
El paseo se dejaba disfrutar, el rap del mp3 en sus oídos le ponía banda sonora a su mañana y ésta le regalaba unos cuerpos femeninos que subían y bajaban la calle, exuberantes y bronceados, frescos y jugosos como un melocotón recién cortado del frutal. Los escaparates se ofrecían al ocio, a la curiosidad, todo quedaba envuelto en una atmósfera propia ausente de la realidad, en una burbuja en la que se sentía seguro de sí y casi emocionado.
Para Ezequiel, bajar la calle Nueva siempre era una gozada, porque es bajar, no subir, y por que la acera de la derecha tiene la sombra en la mañana, la deseada sombra; porque tiene naranjos, las dos aceras los tienen, y porque la de enfrente posee unas esbeltas, hermosas y elegantes columnas que apuntan al cielo azul celeste y que son parte de las ruinas del templo romano.
Bajo los arcos se aglutinaban variopintos puestos de venta, ropa, muebles, antigüedades, libros, alfarería, flores y un sin fin de curiosidades. El centro de la plaza se abría espacioso a los veladores de los bares que la rodeaban.
Caminó, curioseó, compró, y cuando sonaron los toques anunciando el mediodía en el reloj de la plaza notó una sequedad en la garganta, era el momento de la cerveza y se encaminó a El Sótano.
Cuando ya estaba cerca, al pasar por los veladores de su terraza, decidió tomar la cerveza al aire libre, una amplia sombrilla proyectaba buena sombra y allí pensó que estaría más animado para la vista que en el interior del bar. Ezequiel nunca imaginó que esta cuestión de ser o no ser, adentro o afuera, sería la decisión más importante de su vida, la que le marcaría el resto de su existir, el encuentro con el gran amor imposible.
Apareció el camarero y pidió una cerveza muy fría, fue un sorbo de vida, fresquita y espumosa, bajaba por la garganta como un salvavidas, pero a los diez minutos se le dificultaba la respiración; el sol abrasaba y, bajo la sombrilla el efecto invernadero y la temperatura se multiplicó, se desvanecía, la vista se le nublaba. Un ataque de ansiedad le hizo ponerse en pie y se dirigió al interior del local para pagar al camarero; dentro del establecimiento el aire acondicionado le sugirió quedarse y refrescarse con otra caña de cerveza.
Tenía la sensación que algo extraño le pasaba, se sintió raro, este golpe de calor me ha trastornado, se dijo para sí, y efectivamente le transformó. La caña ya no le refrescaba, el rap no le movía y los carnales cuerpos no le provocaban el mismo deseo que antes. Le apeteció un zumo de fruta y a partir de ese momento se hizo su bebida favorita; la música clásica que sonaba en ese instante se convirtió en la partitura ideal, sus sentidos del gusto, tacto, vista, oído y olfato habían cambiado, el golpe de calor le hizo diferente.
Confuso por lo que le estaba ocurriendo, de repente un escalofrió le recorrió el cuerpo, la piel se le puso de gallina y un nudo se le hizo en la garganta, quedó asombrado, nunca antes vio tanta hermosura. Morena, dulce, elegante, radiante como una novia, con un vestido rojo de tul y los volantes rígidos como la uralita; el pelo negro recogido en un moño; dos pendientes de berenjena adornando su esbelto cuello y unos zapatos flamencos negros charol. ¡Sí! Era una muñeca souvenir vestida de faralaes con un rótulo en la base que decía:”Recuerdo de Córdoba”.
El corazón se le iba a salir de su sitio, a punto de estallar, las palpitaciones subían como los grados en el exterior, Cupido disparó y quedó el flechazo consumado. Las piernas le temblaban, no acertaba a coger el vaso con la bebida. Por un instante le vino a la memoria aquella canción de Serrat, de Cartón Piedra, la historia de un tipo que se enamora de una maniquí, y se identificó con él, pero aquello era una canción y lo que él estaba viviendo no sabía si era real.
Se sintió culpable, miró a un lado y a otro, se preguntaba si alguien se habría dado cuenta de sus sentimientos hacia aquella belleza e intentó tranquilizarse; pero la miraba y la miraba, no podía apartar sus ojos de ella, era como si le hablara y él sentía que le escuchaba. Sin palabras se creó una conversación, un dialogo mudo en el que ella le hablaba de amor y él le contaba sobre el futuro. Pasaban los minutos y se acrecentaba su amor, ella le pedía libérame y él vayamos a escribir la historia.
En un descuido del camarero, Ezequiel la tomó por la cintura, la rescató de la estantería y corrió con ella hacia el exterior, y corrió con ella hasta su portal, subió la primera planta y tras él cerró la puerta con llave. Allí, en su nido de amor, solos los dos y sin el mundo de por medio, su amor se hacía infinito e inmenso, nadie ya los iba ha separar. De sus labios sólo brotaron dos palabras, dulces y posesivas: -¡Amor mío!
Tomó su mano dulcemente y la besó con pasión. El timbre de la puerta sonó. Se dirigió a la entrada, abrió, y fue a encontrarse con tres tipos, los dos primeros vestidos de negro y con gafas oscuras, el tercero llevaba sotana. Le sedaron y se lo llevaron, nunca más apareció.


Mientras, su princesa, quedó recostada en el sillón del hogar esperando el regreso.




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.

viernes, 20 de junio de 2014

Efecto lepidóptero


Últimamente se sentía decaído, con la moral por los suelos, la desidia se iba apoderando de Ovidio como una mancha de aceite sobre el papel, como un mal que se extiende sin pretensión, discretamente y sin un motivo aparente que alimentase ese estado anímico. Desde que varios años atrás cumpliera la cincuentena la apatía le había venido visitando asiduamente con más frecuencia cada vez, los amigos se reducían en número y los que quedaban tardaban más tiempo en mostrar sus afectos de cariño con cumplidos saludos telefónicos. Nunca cayó en el desencanto de sentirse frustrado gracias a su afición por la fotografía que le había ayudado a seguir adelante y no caer por el acantilado de la auto-estima, despeñándose por el abismo de un estado depresivo. Agradecía a Dios cada día el haber podido dedicarse y vivir profesionalmente de lo que más le había gustado en la vida y por lo que sentía verdadera pasión.

Tampoco nunca desarrolló otra ocupación que no fuese la de dedicarse por entero al negocio familiar, el mismo que su abuelo fundara algunos años antes del enfrentamiento bélico civil que envolvió al país en una espiral de violencia descontrolada e irracional. El vetusto negocio fotográfico se había ido adaptando a los tiempos, a las nuevas corrientes profesionales, a las modas y a todas las vicisitudes que se fueron presentando en tantos años de dedicación. A todo se había ido enfrentando con superación la vieja tienda-taller de fotografía menos a la pérdida de todos sus seres queridos, uno tras otro fueron desapareciendo hasta quedar solo él, sin descendencia, con lo que a su despedida daría fin a toda la saga de varias generaciones dedicadas a captar tantos momentos, emociones, estados anímicos, acontecimientos históricos que iban pasando con los años al anonimato, a la ingrata indiferencia que el tiempo y la vida se encargan de acelerar y archivar dándole pátina.

En muchas ocasiones se había preguntado si realmente valía la pena continuar abriendo al público la tienda, la tecnología digital con sus nuevos soportes y formatos no daba tregua en una innovación constante; muy pocas veces ya desde hacia demasiado tiempo quedaba el regusto de haber sido rentable la jornada al echar el cierre. No se trataba de esforzarse por mantener la rentabilidad de un negocio, era cuestión de orgullo, de mantener viva su historia y la de su familia, el sentimiento de obligación, de no defraudar la memoria de tanto esfuerzo, de tantas ilusiones y esperanzas que no llegaron a perderse del todo porque siempre le quedó en el subconsciente el presentimiento de que la providencia le deparaba un regalo inesperado como premio a su constancia.

Las viejas bisagras oxidadas chirriaron al tiempo que la campanilla avisaba con su sonar al contacto con la puerta al abrirse, que un cliente hacía acto de presencia. Miró a través de la piquera desde la trastienda y vio cómo un hombre de edad madura, aparentemente aproximada a la suya, entraba y se detenía frente al viejo mostrador de madera a la espera de que le atendieran. Salió a la tienda y atendió al caballero de modales refinados y discretos, con aire de extranjero a tenor de su acento cubano. Tras el saludo de cortesía el cliente sacó un sobre de papel de la chaqueta y de él extrajo una rancia fotografía en blanco y negro, la imagen de un niño de apenas tres años de edad. El deterioro de la estampa era pronunciado, las grietas en el papel recorrían la imagen en diferentes direcciones y reclamaba una rápida y detallada restauración. Ovidio aceptó el encargo y el compromiso de entregar el trabajo terminado en un par de horas. El cliente se despidió y, con las mismas, él se adentró en la trastienda, en el taller, a realizar la labor.

Se sentó ante la mesa de trabajo con la foto bajo el inclemente acoso de la lupa y comenzó a valorar sus desperfectos minuciosamente, deteniéndose en cada detalle y comparando al mismo tiempo las facciones del rostro del niño con las del cliente, lo que dedujo en conclusión que se trataban de la misma persona. Giró  la foto y en el reverso halló un nombre en bolígrafo azul un tanto despintado; Evaristo. Supuso que sería el nombre del niño y por consiguiente el del cliente.

Inmerso en la restauración de la imagen su imaginación se trasladó por la historia hasta el momento oportuno en que se tomó la instantánea. Se dejaba llevar pensando en el caprichoso destino que la había traído hasta sus manos después de tantos años, como si la providencia hubiese provocado la cadena de sucesos hasta dejarla ante él, como el efecto dominó, sucediéndose movimientos uno tras otro hasta llegar al sitio predestinado con un solo impulso. Como en el efecto mariposa, en el que su simple aleteo puede provocar un tsunami al otro lado del mundo. 

Ovidio continuó hasta concluir su trabajo a la espera de que el cliente regresara para recoger la fotografía. Puntualmente, de nuevo la campanilla de la puerta volvió a sonar su agudo tilín anunciando su presencia. Salió a la tienda con la foto y se la entregó. Había quedado satisfecho y lo reflejaba la ilusión de su rostro. Ovidio se atrevió imprudentemente saltándose el protocolo a preguntarle si el niño de la imagen era él, para después de encontrar la respuesta afirmativa aventurarse en averiguar curiosamente si el nombre de Evaristo era el suyo propio. La conversación se fue ampliando en torno a la fotografía, a su tiempo, al lugar, a la trayectoria a través de tantos años. Los minutos fueron pasando y la empatía se fue agrandando entre los dos hombres, cada vez más visible, a cada momento más compartida, hasta comenzar cada uno de ellos a notar algo especial en sus miradas, una atracción inesperada que fue tornándose más cómplice, a la par que Ovidio dejaba volar por su pensamiento la posibilidad de que el tsunami, del efecto propiciado por el insecto lepidóptero, estuviese a punto de desencadenarse en una historia de amor orquestada por el destino.






Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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sábado, 14 de junio de 2014

Cuento del hombre bipolar


La cálida mañana veraniega invitaba al relax y disfrute de los placeres mediterráneos en la pequeña ensenada. Como cada mañana estival el cuenta-cuentos disfrutaba de la brisa marinera junto a su pino preferido, bajo su sombra, a la espera de que los jóvenes y curiosos que transitaban la playa acudieran a su encuentro, donde cada día les contaba un cuento, les narraba una historia con sabor a mar napolitano. Poco a poco y como en una liturgia los escuchantes se iban sentando a su alrededor, esperando a que el narrador comenzara su relato. El contador bebió un trago de agua fresca y comenzó su historia, la del hombre bipolar:

Cuentan que hace ya algunos años, tantos como los que no alcanzamos a haber vivido, existió un joven inquieto hijo de esta isla. Pietro, como se llamaba, soñaba cada día con recorrer otros lugares, otros países, con vivir aventuras y nuevas experiencias. Él creía que era la mejor manera de encontrarse a sí mismo, de ir puliendo su pensamiento a golpe de vivencias. Tantas ilusiones y ansias por recorrer mundo tenía que cada mañana subía a la colina más alta de Ischia para en los días claros observar en el horizonte la silueta de la costa napolitana, la línea del paisaje toscano; cada jornada hasta la puesta del sol, donde Neptuno pinchaba con su tridente al astro rey hasta llevarlo a su reino a dormir, para al día siguiente despertar de nuevo radiante y vigoroso, espléndido de luz, exultante de vida.

Uno de aquellos días, en el que el otoño se hizo patente y las nubes comenzaron a nublar el horizonte, Pietro decidió que había llegado el momento de partir a buscar su propia identidad, aquella que contaban los mayores del pueblo llevamos dentro y que sólo aparece con el transcurrir de los días y las experiencias. Era tan inquieto que no soportó la espera, quiso adelantarse a su tiempo y a las vivencias para provocar su llegada lo antes posible. Bajó de la colina y fue en busca de su amada madre, de la que se despidió, para luego acercarse a los barcos amarrados en el puerto y en uno de ellos cruzar hasta su horizonte soñado.

Recorrió la Toscana, sus colinas y campos cosechados, y continuó hasta llegar a Venecia, por donde navegó en góndolas entre canales con el revolotear de palomas al sonido bizantino del repicar de San Marcos. Y continuó su caminar; y caminó hacia el Norte hasta poner sus pies andariegos en las orillas del Danubio, en el valle de los Bosques de Viena, con ritmo de vals y entre lagos con blancos cisnes que se difuminaban con los paisajes de palacios nevados. Y siguió la senda con la vista puesta en los Alpes, en su esbelta cordillera y por los verdes valles a su falda.

Continuó hacia el Norte, hacia el Este, hasta las tierras bajas, entre canales y molinos de viento, al color de los interminables campos de tulipanes. El mar se situó a sus pies y decidió bajar continente hacia el Sur, hasta quedar prendado en las riberas marsellesas de la Costa Azul. Siguió el mismo punto cardinal en su rosa de los vientos hasta enamorarse de Sierra Morena y recorrer sus montes bandoleros a lomos de una yegua cartujana; miró hacia el Este y ancló sus ojos en los tristes fados de la dulce Lisboa, donde se sentó a mirar el horizonte atlántico, igual que años atrás hacía sobre la colina de su querida isla mediterránea. La añoranza le invadió y decidió que aquél era el momento de regresar; y regresó.

Nadie en su pueblo recordaba ya al joven Pietro, ni siquiera su querida madre salió a recibirlo, ya no estaba entre los moradores vivos de Ischia. Sus paisanos, que no lo reconocían, murmuraban a su paso preguntándose quién sería aquel desaliñado personaje que caminaba siempre solo y hablando en voz alta, cambiando el tono, preguntándose y respondiéndose a la vez, llorando y consolándose, riéndose a doble carcajada... Comenzaron a llamarle el hombre bipolar, porque era capaz de mostrar doble personalidad. Hasta que una mañana uno de los más ancianos de la isla lo reconoció y recordó que salió muchos años atrás a recorrer mundo para encontrarse a sí mismo, fue el que supo llegar a la conclusión más lógica, que Prieto no sólo había encontrado su identidad sino que había regresado acompañado de su otro yo, el que todos llevamos dentro y muchos desconocen.






Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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sábado, 7 de junio de 2014

La heredera


Poco a poco había ido coleccionando un gran número de libros con la intención de poder leerlos algún día, todos ellos escritos en castellano. Desde siempre tuvo la inquietud de aprender de lo que decían sus páginas pero las circunstancias nunca se lo permitieron. Aún así y a pesar de las dificultades siempre mantuvo la esperanza y a oportunidad que se le brindaba no dudó nunca en ir recopilando, guardando libros uno tras otro,  hasta llegar a cubrir todas las paredes de su habitación con estanterías colmadas de libros de diferente temática, eso sí, colocados sin un orden establecido, ni siquiera se dejó llevar por el tamaño o el color de las tapas, intentando que el cromatismo creara un equilibrio entre las distintas tonalidades.

El primero de todos fue un ejemplar de La cabaña del tío Tóm, que encontró hacía muchos años cuando todavía era una niña que apenas podía ponerse en pie por sí sola. Ella fue quien lo vio olvidado sobre el banco del parque por donde pasaba en brazos de su madre camino de la parada del autobús. Quedó atraída por los colores de los dibujos infantiles que adornaban las tapas y comenzó a lloriquear y llamar la atención señalando hacia el libro que su madre no había percibido, hasta que por fin comprendió lo que quería y se lo dio; Jimena lo sostuvo entre sus manos y ya no lo soltó ni siquiera dormida. Pasó a ser su juguete preferido que trataba con mimo, con mucho cariño, como si ya entendiese el significado de lo que un libro representa. 

Luego vinieron los años en Bélgica, donde sus padres emigraron en busca del progreso en una época en la que la vieja Europa aún se curaba las heridas de la última gran guerra. No fue por mucho tiempo, el suficiente como para que se dieran cuenta de que el amor y la añoranza por sus otros hijos y su pueblo, donde los habían dejado bajo la custodia de la familia, podían más que cualquier oportunidad  por lograr una vida más digna.

Después vinieron otros; algunos de ellos regalados en la adolescencia y otros comprados con sus ahorros, colecciones semanales que cada otoño editaban las editoriales y vendían en los quioscos casi siempre en ediciones de bolsillo, sin importarle repetir título que ya tuviera, como Ana Karenina, del que sospechaba tenerlo repetido por varias veces, aunque esos detalles no les importaban mucho. Lo importante para ella era atesorar conocimiento escrito en papel, signos, caracteres negros sobre blanco.

Por último fue la herencia inesperada de doña Gertrudis, la anciana a la que cuidó en los últimos días de vida. Jimena siempre le reprochó a la providencia no haber podido coincidir con aquella señora mucho antes, por todo lo que pudo haber podido aprender de ella y que el tiempo y su enfermedad no le permitieron. Grertrudis derrochaba unos modales exquisitos, no obstante, había ejercido de institutriz por muchos años en la corte de uno de los marajá más cultos y renombrados; había educado a todos sus hijos, que fueron muchos, e incluso al mismísimo heredero del trono. Pero con los años comenzó a darse cuenta de su pérdida de memoria y decidió regresar a la casa familiar, donde se refugió al calor de los suyos. Fue entonces cuando apareció Jimena en su vida, como empleada para cuidarla y estar al tanto de sus necesidades, y, aún con parte importante de sus facultades mentales perdidas, la en otro tiempo institutriz pareció darse cuenta de su inquietud por conocer, por lo que le dejó como herencia una enorme y valiosa colección de libros, muchos de ellos fueron pasando por su familia de generación en generación al tiempo que se añadían ejemplares únicos.   

Fue un regalo magnífico, el mejor de todos cuantos la vida le había dado. Aquella colección le atrapó de tal manera que en los últimos años de su vida no existieron para ella otras ocupaciones más importantes que la de tumbarse en la cama y cómodamente ir pasando página tras página de los libros, sabedora de que no tendría tiempo físico en toda su vida para leerlos todos. Así que, día tras días, no hacía otra cosa más que mirar las palabras escritas tratando de familiarizarse con ellas, por si algún día se le presentaba la oportunidad de aprender a leer y enterarse de lo que decían.





Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
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sábado, 31 de mayo de 2014

Delírios geométricos



Las siete de la mañana en el reloj circular de la pared marcaba el tiempo, indiferente a la presencia ausente de Nayim. Los primeros rayos de sol se colaban por la ventana a través de los cristales y los ligeros visillos de hilo que los cubría, entrando alegres y mezclándose con la luz artificial del flexo que descuidadamente permanecía encendido. Las paredes mostraban un mapa geométrico de dibujos lineales de tamaños y formas diferentes encerrados en folios de papel blanco que, clavados con chinchetas de diferentes colores, dejaban insinuante la ruta de una trayectoria obsesionada con la geometría; y la silla vacía, aún con la silueta recién abandonada en el cojín.

Líneas y más líneas absorbían a Nayim en sus años de infancia, dejándolo fascinado a cada paso que daba. Primero fueron los círculos los que atrajeron su curiosidad, para quedar absorto ya por siempre, como embrujado por unas formas perfectas que daban sentido a la luz y al tiempo, al espacio y al sonido, al transcurrir de la vida y a todo lo relacionado con la existencia humana y sus naturales formas imperfectas, abstractas y caprichosas.

Después vinieron los cuadrados, rectángulos, triángulos, rombos y demás perímetros cerrados por figuras geométricas. Toda una vida influenciado por las formas, buscando la perfección en cada línea, en cada área o espacio geométrico, tratando de hallar en las figuras el misterio de las tres dimensiones en movimiento, apoyado en números y más números, en fórmulas matemáticas y físicas que iba traduciendo y resolviendo en dibujos arquitectónicamente calculados.

En los últimos días apenas había salido de su habitación, durmiendo poco y comiendo mal, inmerso en el estudio que lo iba engullendo poco a poco y con la única meta en el horizonte que la de encontrar la solución a su inquietud geométrica, hallando respuestas concretas y concisas, consiguiendo la perfección en las formas tridimensionales, hasta descubrir una entrada a través del papel dibujado, una puerta que le dio paso a otro espacio y tiempo, a otro mundo metafísico,  abandonando éste y dejando sobre la mesa de dibujo los lápices, el compás, escuadras, cartabones, reglas y otras llaves necesarias para poder acceder al otro lado, en donde se perdió para siempre.





Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
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