domingo, 16 de diciembre de 2012

El color del hambre

Es curioso lo fáciles al engaño que nos damos los seres humanos. Olvidamos cualquier otra percepción para confiarnos y nos dejamos llevar solo por lo que nos dicen los cinco sentidos, rechazando lo que hay detrás de esa pantalla y que nos proporciona la intuición. Claro que a ésta la hace fiable la experiencia, que no se consigue sino después de muchos errores cometidos. Nos pasa con todo, con las personas nos dejamos llevar por sus apariencias para crear un concepto de ellas, sin ponernos a analizar que la persona en sí es lo que sostiene, lo que no se muestra. Cómo viste, cómo huele o cómo habla, es lo que nos indica sus características personales. Sin embargo, el cómo piensa lo dejamos en un segundo plano, cuando deberíamos de guiarnos por su pensamiento más que por cualquier otro atractivo personal. Ya lo dice la Biblia (a la que no tengo ni entre mis libros obligatorios ni favoritos): "Si quieres saber lo que piensan los demás no escuches lo que dicen, observa lo que hacen". 

Hay cosas que me gustan y que no me canso de contarlas, como es crear juguetes para los niños. Pocas cosas existen que me causen tanta satisfacción como la de trabajar para esos locos bajitos, como diría Serrat, una de ellas es ver cómo disfrutan jugando con esos mismos juguetes que salieron de mis manos. Hace algo más de un mes que inauguré la tienda Mogni y comienzan a definirse como clientes asiduos algunos niños del barrio, a los que veo las caras de fantasía que ponen tras los cristales del escaparate cuando me ven trabajar en el mini taller que tengo instalado en el local a vista del público. Algunos ya van perdiendo el miedo y se acercan hasta el interior para mirar curiosos en lo que estoy trabajando, para preguntarme en qué consiste el artilugio que tengo entre manos.


Dos de estas clientas fascinadas que me visitan son hermanas gemelas, no podrían negarlo, se parecen tanto... El viernes por la tarde acudieron a la tienda a comprar golosinas acompañadas de su abuela. Después de analizarlas he llegado a la conclusión de que entre los gemelos no es todo simetría, que existen muchas más diferencias de los que pensamos o percibimos, quizás por lo que comentaba al principio de guiarnos por lo que captamos a simple vista y que termina muchas veces por confundirnos. Una de ellas se decidió rápidamente eligiendo compra tras una más rápida observación. En cambio, la otra se recreaba preguntando el contenido de los productos, como las cajitas y bolsas que contienen golosinas y pequeños juguetitos sorpresa. Estudiaba meticulosamente sacarle el máximo provecho a su presupuesto. Calculaba qué le saldría más rentable al tiempo que su hermana le urgía a que tomara una decisión, lo que contagió a su abuela que hasta entonces asistía silenciosa y a la espera del desenlace comercial. 

- !Venga, decídete¡- le recriminaba la hermana, mientras que la abuela, ya con síntomas de nerviosismo, le pedía que acabara por elegir. ¡Lo que te cuesta soltar el dinero!- le reprochaba la gemela, a lo que le contestó la otra - ¡Es que tú te decides por lo primero que vez! Al final se decidió por lo más llamativo, una bolsa muy atractiva por fuera pero que por dentro no contenía tanto como si lo hubiese comprado por separado. Para definir estas cosas mi anciana madre tiene una frase (que cada vez pronuncia menos): "Te llena más el ojo que la barriga".

A esa rentable conclusión llegaron hace mucho tiempo las grandes compañías comercializadoras de alimentos, a las que los estudios les dan por resultado positivo rechazar y tirar a la basura los alimentos menos o poco vistosos para el consumidor en vez de ponerlos a la venta. Nos decidimos por los productos de mejor tamaño, olor, color y tacto, dejando sin importancia el principal significado alimenticio, su calidad nutritiva. A las empresas alimenticias les son más rentables desperdiciar los alimentos menos atractivos para mantener el precio de sus mercancías y que no pierdan valor en el mercado. Tanto y tan alarmante es así que en España los malos hábitos alimenticios tiran a la basura cada año 7'7 toneladas de alimentos que se podían haber consumido con una calidad optima, eso supone de media 163 kilos por persona, en un país donde la crisis ha puesto en riesgo de pobreza al 27% de la población.


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sábado, 8 de diciembre de 2012

Esposas niñas

El jueves pasado celebraban en este país de desesperanzas y futuros inciertos el día de la Constitución. Digo celebraban porque dicha fiesta no iba conmigo, ni me identifico con la carta magna española ni con los gobernantes que la representan. Los símbolos constitucionales que simbolizan a esta España, nuestra también, pasaron a significar lo que en otro tiempo, en el que entre el rojo y gualda se agitaba la silueta del águila de San Juan o "el aguilucho", según para quien. Cada vez que la derecha política se sienta en los sillones que dirigen las riendas de esta piel de toro nos roba no solo las libertades y los derechos sociales, también los iconos patrios, que hacen suyos hasta el punto de que algunos los identifiquemos como cosas de otros. Es la otra España la que marca el ritmo actual, la que sus padres y abuelos tiñeron de sangre, terror y muerte, durante más de cuatro décadas. 

Así que, aunque era fiesta nacional, yo hice caso omiso y me fui a currar que es lo que más me gusta. Hacía meses que guardaba la idea de un juguete de primero del siglo pasado que vi en una tienda de antigüedades,  un pájaro con ruedas que movía las alas cuando se deslizaba. Era un juguete rudimentario y sin color, aunque probablemente logró el cometido de aportar felicidad al niño que lo jugó en su tiempo. Me gusta la simpleza de los juguetes antiguos y no pude soportar la tentación de versioneárlo. Sin embargo, pensé que seguramente un loro resultaría más vistoso que aquel añejo ejemplar que atrajo mi atención entre objetos deslucidos y me dispuse a dar forma a la idea. Calculé las medidas, realicé el dibujo, corté la madera... y puse la radio.

Mientras coloreaba el prototipo escuchaba los comentarios radiales que nos anunciaban una noticia grata, un grajo blanco, como dirían los más castizos del lugar, acostumbrados al pesimismo reinante que últimamente invade todo lo que se mueve a nuestro alrededor. La UNESCO otorgaba a Córdoba, mi ciudad, otra declaración Patrimonio de la Humanidad, y ya van tres. La Mezquita aljama (que no catedral por mucho que la Iglesia Católica se empeñe), el centro histórico y la reciente, la que reconoce el valor de los patios cordobeses. Un reconocimiento cultural que va mucho más allá de la vistosidad de los espacios floridos. Los patios representan una manera singular de vivir, en comunidad, donde reina la armonía y la generosidad entre vecinos que comparten como una gran familia. Otro legado cultural más en este crisol de culturas que simboliza la ciudad de Córdoba.


Rojo, azul, amarillo... buscaba el cromatismo ideal para el juguete cuando, como elefante en cacharrería, una chiquita de origen latinoamericano hizo aparición en la tienda Mogni. Me saludó con unos enérgicos buenos días y automáticamente se dirigió a lo primero que se encontró delante, la canasta de mimbre donde expongo los famosos huevos de chocolate que contienen sorpresas en su interior. Cogió uno, me preguntó el precio y lo soltó. Asimismo continuó con caramelos, chicles, gominolas... hasta que tuve que recriminarle, por supuesto con buenos modales, que los alimentos no se manosean, y más aún cuando no se van a comprar. Le pregunté si tenía dinero para comprar y su respuesta fue la que esperaba, que no, aunque  añadió que quería saber el precio para cuando tuviese dinero comprárselo a su hermanito. Así que, no considerándome un alma caritativa, le regalé una piruleta de caramelo mientras que conseguía el dinero para el hipotético regalo a su hermanito.  La poca higiene y la desaliñada imagen que mostraba la niña me dejó pensando en lo difícil que tiene que resultar para los emigrantes ilegales que residen en este país sobrevivir inmersos en crisis. Oí un ruido extraño y me asomé a la puerta de la tienda. La chiquita, que no tendría más de 11 años, le había arrancado los globos que sostenía como reclamo el Mogni a tamaño de humano adulto que coloco en el exterior. Al otro lado de la calle se veía alejarse con los globos en una mano y en la otra la piruleta que relamía.

Poco después, la siguiente clienta fue una madre con su hijita casi recién nacida en el carrito, también de origen latinoamericano. Nada extraño en el barrio donde se sitúa la tienda Mogni, cosmopolita y multirracial, un ambiente en el que me encuentro cómodo, quizás una de las características por las que elegí abrir el negocio en este barrio, Ciudad Jardín, curiosamente falto de zonas verdes y ajardinadas. Me llamó la atención la poca edad de la madre, casi era una niña. Sin embargo, a diferencia de la anterior, su imagen era pulcra y muy educada, lo que me causó cierta satisfacción. Percibir que a muchos emigrantes no les cuesta tanto adaptarse a esta sociedad es un motivo de alegría para mí.

No obstante, la llamativa juventud de la mamá no me dejó ajeno a la preocupación que para muchas organizaciones sociales significa luchar contra las niñas que contraen matrimonio en muchas partes del mundo. Esposas niñas que abandonan la educación para pasar directamente a servir en la mayoría de los casos a hombres mayores que podrían ser sus abuelos, que compran su casamiento con lotes míseros a padres que no han conocido otra  manera de vivir más que la propia miseria. En países tan diferentes como la India, Bangladesh, Burkina Faso, Yibuti, Etiopía, Níger, Senegal o Somalia, millones de niñas sufren la discriminación de género, convirtiéndolas en esposas antes de dar por finalizada la edad educativa. La UNICEF nos dice que aproximadamente 70 millones de mujeres jóvenes de 20 a 24 años, casi 1 de cada 3, se casaron antes de los 18 años. De éstas, 23 millones se casaron antes de cumplir los 15. También nos dice que un componente importante en el mundo entre las niñas de 15 y 19 años son las muertes maternas relacionadas con el embarazo y el parto.



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domingo, 2 de diciembre de 2012

Princesitas descoronadas

¡Buenos días, vecino! -saludaron las dos señoras casi a la misma vez.

Las dos ancianas se han acostumbrado a meter su visita a Mogni en la ruta que recorren los sábados por la mañana, siempre que el tiempo acompañe porque, como dicen ellas, sus cuerpos ya no están para muchos trotes. Fueron a comprar unos caramelos de menta y regaliz que le gustan a una de ellas y, como en la visita anterior no supieron indicarme cómo se llamaban, una por ser invidente y la otra porque apenas sabe leer y su torpeza ya no le acompaña, ayer me trajeron el envoltorio de una bolsita vacía para que se los vendiera iguales. Desconocían que llevaran azúcar, ellas estaban en que eran optimas para diabéticos. Cuando se lo hice saber, la expresión de su cara, acompañado de un: ¡no me diga usted eso!, me dio a entender que le había desaconsejado probablemente alguna de las pocas cosas dulces de las que le quedan por disfruta en esta vida.

Bueno, se come usted menos- le decía la acompañante, aunque no sabría decir con certeza cuál de las dos acompañaba o guiaba a la otra. Es que no se controla- dirigiéndose a mí- abre la bolsita y no para hasta que "no le ve" el fin. Ella no es diabética, pero por prevenir... A estas edades ya está una en riesgo de todo. Hice mía la frase de la señora vecina, la diabetes es una enfermedad muy habitual y extendida en el estilo de vida sin control que llevamos en estos tiempos. Damos rienda suelta a devorar todo lo que se nos viene en gana olvidando el sentido fundamental de la alimentación, al margen de lo sedentarias que se han vuelto nuestras existencias, olvidando el ejercicio físico que tanto bien nos hace. Al mismo tiempo las dos se agarraban del brazo y se despedían hasta el próximo sábado, si el tiempo acompaña.




Seguía con mi tarea preparando algunos adornos artesanos para la decoración navideña de la tienda con el mensaje de la diabetes y otros peligros producidos por la mala alimentación que llevamos en la actualidad cuando entraron una abuela y dos de sus nietos hermanos, niño y niña. Él con una hiper-actividad evidente y de poner de los nervios, saltando de un lado para otro descontroladamente. En ese momento me acordé de una frase de un buen amigo mío y muy amigo de los menores, que dice que: "los niños son como monos con revolver, nunca sabes para dónde van a tirar". Su hermanita, en cambio, iba más tranquilita, agarrada de la mano de su abuela y con una diadema con un lacito rojo y lunarcitos blancos, a lo Minni.

¿A ver, qué queréis?- les preguntaba la abuela a los nietos. La niña pidió un globo blanco con un dibujito de Peppa pig y su hermanito se dirigió directamente a donde las espadas de madera. ¡Yo quiero una espada abuela! Bueno, pues dele usted lo que quieren- me pidió al señora. La niña agarraba el soporte del globo ilusionada con su llamativo adorno en la cabeza, mientras que el niño no paraba de mover todos los juguetes colgados a su altura como tratando de descargar toda su contenida y derrochadora imaginación a la vez. Le dí la espada y, mientras le cobraba a la abuela, el niño, desbordado por su descontrolada energía, comenzó a jugar con su hermana como si de un enemigo con el que guerrear se tratara. Hizo dos ademanes de espadachín justiciero y a la tercera arremetió contra el globo y lo destrozó de un certero golpe, con tan mala suerte que su hiper-actividad le jugó una mala pasada doble, porque no sólo le rompió el globo sino que con la inercia se le fue el arma y con ésta rozó la cabeza de ella descoronándola de su vistosa diadema. La niña comenzó a llorar, después de unos segundos sin reacción sorprendida por el ataque del guerrero, y la abuela a regañar al agresor. ¡Mira que no quería comprarte la espada, que ya te conozco! ¡Que eres mú malo! Es que no se queda quieto ni un segundo- dirigiéndose a mí pero con la mirada en el nieto y la espada, la que le arrebató de un tirón- ¡Este niño parece que tiene azogue!

Se marcharon y me dejaron con dos pensamientos. Uno sobre las satisfacciones que dan los niños, aunque a veces nos causen tantos problemas. Otro sobre las princesitas descoronadas que en plena infancia caen en la crueldad de la esclavitud, convirtiendo sus sueños e ilusiones en atormentadas pesadillas. La princesita del globo blanco me hizo recordar una noticia que leí en un diario no hace mucho tiempo, en el que publicaba la triste y penosa vida de una niña a la que hicieron esclava con nueve años, en plena edad de juegos y educación. Bishnu Chaudhary tiene en la actualidad diecinueve años y el año que viene irá a la universidad a estudiar Derecho, con una sola meta en su futuro, luchar por erradicar esta cruel tradición enquistada en Nepal, su país. Sus padres la enviaron a trabajar de Kalamari (esclava doméstica) a cambio de quince euros anuales durante dos años. Una costumbre muy extendida entre los nepalís para obtener un préstamo. "Trabajaba todo el día, todos los días. Pero nunca estaban contentos conmigo. A veces me pegaban con un palo y no sabía porqué", comentaba la joven entre líneas de la noticia.

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domingo, 25 de noviembre de 2012

El chico del pantalón rosa

Pues les digo que siempre me ocurre lo mismo en cuanto a lo que les cuento en este semanario de bitácora. A lo largo de la semana voy guardando todo lo que me parece interesante y al final, siempre lo mismo, acabo por contarles lo más reciente. Ayer mismo, a media mañana, visitó la tienda Herminia, hacía varios días que no la veía pasar por delante del escaparate de Mogni con su carrito de la compra a cuadros, también es verdad que no la había echado en falta, tampoco estoy todo el día a ver quién pasa para un lado o para otro. Pero al verla entrar me sorprendió, tenía toda la cara amoratada y la nariz, sin ánimo de guasa, como la de un payaso de luto. Que barbaridad!! Qué le ha pasado Herminia?, le pregunté seguido de los buenos días. -Ay, Antonio, no quiero ni acordarme del mal rato que pasé!! -me respondió- Anteayer me caí. Tropecé al subir el escalón de la entrada del bloque y no sé cómo no me maté. Yo creía que me había partido la cabeza por la mitad de lo que me dolía. Menos mal que los vecinos acudieron a socorrerme, si no no sé ni cómo me hubiera podido levantar del suelo.

Herminia es una anciana septegionaria que vive sola desde que se quedó viuda hace varios años, aunque la visitan a menudo su hijo y dos nietos ya mayores. Entró a comprar almendras garrapiñadas, "rracapiñadas" le llama ella. - Dame dos bolsitas de "rracapiñadas", son pá mis nietos. A ver si les gustan, si no tendré que comérmelas yo. La gente joven no come nada más que porquerías. No quieren más que chucherías, como tienen de tó... Si hubiesen pasado el hambre que yo pasé cuando era chica ya verías tú como sabían apreciar las cosas buenas de siempre- Agarró su carrito después de pagarme y se marchó. 


A la salida coincidió con una pareja de chicos adolescentes del barrio, también son clientes de a diario. Gentilmente dejaron a la anciana que saliera y después entraron ellos en el local. Compraron lo de casi siempre. Algunas gominolas y snacks. Lo de esta pareja de entre 15 y 16 años me agrada. Digo pareja porque se nota que existe entre ellos algo más que una simple amistad, también se les aprecia una cierta complicidad más íntima,  más sentida y compartida. No conozco sus nombres pero por sus rasgos y manera de hablar diría que uno de ellos es ecuatoriano, algo más bajito y delgado que su compañero con acento nativo, más fuertote y tímido. Los dos son morenos de cabello. El más bajito pide casi siempre, pero después de consultarle a su amigo qué es lo que le apetece, a lo que la mayoría de las veces responde con un: "Lo que tú quieras". Compran lo mismo para los dos, pagan y se marchan repartiendo lo adquirido. Siempre los veo juntos y paseando tranquilos. Cualquiera diría que son de mayor edad por la manera tan discreta y seria con la que actúan.

Verlos a ellos me trajo a la memoria la noticia que había leído en un diario digital en internet, irremediablemente los comparé. Andrea era un chico de 15 años que se suicidó varios días atrás, estudiaba en un instituto cercano al Coliseo y vivía en Roma. Se ahorcó el martes pasado en su casa con su bufanda. El motivo no fue otro que el acoso que sufría por homosexual en Facebook. Su victimaria, al margen de la sociedad, fue una cobarde mano anónima que le había dedicado un perfil al "muchacho de los pantalones rosa". En un país, Italia, donde los políticos ultraconservadores y el Vaticano presionaron con Berlusconi en el gobierno para retrasar socialmente las leyes hasta extremos inimaginables, constitucionalizando la  propuesta para que la caza al gay fuera perseguida en los tribunales.  Andrea sufrió el acoso de los violentos y el silencio de los cobardes, además de la falta de auxilio por incompetencia o dejadez de los responsables. El chico de los pantalones rosa, al que me gusta llamarlo así como rechazo a los homofóbicos y apoyo a quienes aman de otra manera diferente, era un joven extrovertido que a veces acudía a clase vestido con ropa de llamativos colores y las uñas pintadas, lo que le costó burlas e insultos frecuentes de los intolerantes.

Sin embargo, según contaba la noticia, su familia defiende que Andrea estaba enamorado de una chica de su instituto, y sus amigos, los muchachos del Liceo Cavour, admiten que, "probablemente", escondía detrás de su imagen alegre y de sus pantalones rosa un profundo malestar, "un dolor de vivir". Nadie lo supo o lo quiso ver. Los más cercanos afirman que su actitud y carácter extrovertido no era otra cosa que valentía, rebeldía ante un ambiente homófobo, lo que pretendía que fuese su coraza, su vía de escape, pero no resistió y la única salida que encontró fue la de su bufanda. Después de su trágica decisión, la misma red que apretó el nudo de su vía de escape se rebela al igual que hiciera Andrea, dedicándole #ioportoipantalonirosa. 


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sábado, 17 de noviembre de 2012

La renuncia de Dios

Desde varios días atrás ya sabíamos que un nuevo frente lluvioso se aproximaba a Europa por el Atlántico, los mapas climatológicos lo mostraban dibujado como si de un látigo se tratara, atado al norte y con su extremo cimbroso en curva azotando la Península Ibérica de lleno. Ya dice un refrán que nunca llueve al gusto de todos, pero después de una larga semana especialmente lluviosa se me antoja que a pocos terminará por agradar que el látigo borrascoso nos entristezca el fin de semana. Como hombre precavido, y advertido, vale por dos, agarré el paraguas al salir de mi casa esta mañana y encaminé hacia el trabajo. En media hora de caminata no cayó ni una sola gota. Luego caí en que era sábado y entonces comprendí que por momentos el sol saliera revoltoso y chispeante a ratitos, otro refrán dice que "no hay sábado sin sol ni mocita sin amor". A lo que yo por mi cuenta añadí lo de la ley de Murphi, ya saben, aquello de que cuando se cae la tostada al suelo siempre lo hace del lado de la mantequilla. Seguramente de no haber llevado el paraguas me hubiese caído por el camino el diluvio universal, o como poco una réplica del famoso episodio bíblico.

Subí la persiana metálica del local y me puse a ordenar y reponer los estantes para abrir al público. No habían pasado ni un par de minutos cuando el primer niño se paró embelesado ante el escaparate, con una  expresión mezcla entre sorpresa, timidez y fantasía. No había percibido que yo lo observaba al otro lado del cristal, con una mano puesta sobre el vidrio y la otra acercándosela a la boca. Pocas cosas son tan hermosas como la expresión de un niño ante un escaparate de juguetes y golosinas. De buena gana le hubiese regalado la piruleta de caramelo más grande de la tienda... pero no lo hice, continué con mis ocupaciones y escuchando la radio de fondo. Por un momento me pareció que el acento que manaba del aparato receptor era nicaragüense, le puse atención y descubrí que se trataba de mi admirado he idolatrado Ernesto Cardenal. Me hice el remolón, al fin y al cabo nadie me manda más que yo, y me pegué al rincón de la radio para escuchar con todo detalle la entrevista al recién galardonado con el XXI Premio Reina Sofía de poesía Iberoamericana.


Para mí siempre es un placer escuchar a este gran hombre cuya vida se asemeja a la de una montaña rusa en cuanto a euforias y desengaños. Desengañado por la revolución perdida que Daniel Ortega se encargó de lapidar, del que dice que ni es de izquierdas ni sandinista, más bien un traidor; desengañado con la Iglesia y sus papas, a la que culpa de traicionar el evangelio; y desengañado por la desidia y la resignación del mundo ante la injusticia. Demasiado desengaño quizás para tanta rebeldía, como claridad de pensamiento a sus 87 largos años vividos, con los que se atreve a asegurarnos que la sociedad comunista perfecta viene a ser el reino de Dios en la tierra, o a recordarnos a Chesterton, escritor, humorista y católico inglés, cuando dijo que el cristianismo no había fracasado porque no se había puesto en práctica nunca.

Por esta vez les prometo que no les volveré a contar aquél encuentro que tuve con Ernesto Cardenal, en el que pude estrecharle la mano y dialogar con él, un instante que guardo con todo lujo de detalle en mi memoria a sabiendas de que no era cualquier ser humano el que tenía ante mí. Sin embargo, sí les confesaré un  secreto, si hay alguien en este mundo que me hiciera dudar de mi ateísmo convencido ese sería Ernesto Cardenal. Alguien que lleva a Cristo por delante de su enorme humildad y humanidad pero que se atreve a responder que: -¡hace tiempo que Dios renunció a ser Dios! Se apartó y nos dejó en libertad y desapareció- cuando le preguntan ¿cómo es que permita todo lo malo que ocurre en la tierra?

La entrevista dio a su fin y me comenzaron a surgir interrogaciones propiciadas por las respuestas del autor de Oración por Marilyn Monroe, preguntas que quedaron en saco roto cuando de repente toda mi atención se centró en una tremenda tormenta, caía el agua a cantaros. El niño del escaparate ya no estaba y en su lugar había un par de jovencitas que se resguardaban de la lluvia debajo del saliente del balcón del piso superior. Sonaban en la radio las señales horarias que marcaban las 9 de la mañana, la hora de abrir al público la tienda Mogni. Al tiempo que giraba la llave hacia la izquierda y cambiaba el letrero de la puerta de "cerrado" a "abierto", la radio nos recordaba que ayer en Córdoba, mi ciudad, se suicidaba un hombre de 50 años tirándose por el balcón de la vivienda cuando la policía llegaba a su domicilio para consumar el desahucio por impago. El cuarto en varios meses en España, victimas de la crisis/estafa que padecemos.


domingo, 11 de noviembre de 2012

De la ternura, el recuerdo, la esperanza y la conciencia resquebrajada

Esta semana que se nos va fue especialmente significativa para mí. En ella quedó anclada la fecha en la que abrí al público mi tienda Mogni... No, no se alejen del texto, este escrito no se trata de un anuncio publicitario, intento contarles que a partir de ahora y en adelante, y espero que por mucho tiempo, mi tienda taller de golosinas y juguetes se convertirá en el escenario principal de mis escritos semanales. Esta dedicación me ocupará la mayoría de mi tiempo y de todo lo que ocurra a su alrededor saldrán mis artículos para ¡Cúbreme la espalda! Ya tenía yo ganas de poner en funcionamiento la idea que espero me dé para vivir y para cubrir la satisfacción en lo relativo a la ternura. Nada existe más hermoso que todo lo que desprende el universo infantil, sus alegrías, sus ilusiones y fantasías, su ternura... Estar rodeado de niños es la mejor manera de hacernos mejor personas cada día, no hay duda de que la infancia nos contagia de todo lo bueno que el ser humano atesora por naturaleza y que vamos perdiendo a golpe de experiencias vividas.

Sin embargo, les diré que en mi tienda taller dedicada a los niños, son los abuelos los que más me visitan. No es nada extraño, pues así concebí el negocio. Los niños por sí solos no van muy lejos comercialmente, siempre llevan detrás a su mecenas, a sus protectores, a sus ángeles de la guarda, sus abuelos. Yo me atrevería a decir que se halla más ternura entre los ancianos que entre los nietos, ninguna dedicación es más desinteresada y tierna que la de nuestros abuelos, por el contrario, en la inocencia es fácil descubrir el egoísmo sin sonrojo ni conciencia de ello. Así como por los niños, por los ancianos tengo especial predilección, son las dos etapas de la vida en la que somos más vulnerables. Curiosamente, en las edades que más necesitamos de los demás pero que a la vez son en las que más ofrecemos a cambio. Sin niños y sin ancianos este mundo sería muy diferente, no sólo no encontraríamos inocencia y experiencia, tampoco la ternura, la ilusión y la fantasía, tan necesarias para sobrevivir.

En mi memoria particular, el primer recuerdo que guardo es el de mi abuelo Miguel, no conservo la imagen de su rostro, pero sí la de unas manos enormes, arrugadas, que me sujetaban de pie cercándome entre las piernas vestidas de pana marrón, que se sentaba sobre un banco de madera alistonado de color verde esmeralda. Mi abuelo nos dejó antes de que yo cumpliera mi primer año de vida. A esa escena tan vaga se le suma otra enlazada igual de difusa, la de mi madre que regresaba del trabajo a mi encuentro, con sus manos campesinas cansadas pero llenas de amor y ternura para cogerme y apretarme sobre su pecho, sobre su corazón rebosante de cariño. Eran tiempos duros en plena dictadura franquista, difíciles para sobrevivir, en la que mis padres sólo encontraban la manera de salir adelante trabajando en el campo. Esa circunstancia, la de mi procedencia campesina, me empujó siempre a inclinarme por los más débiles, por las clases sociales más pobres y necesitadas, pero tan honorables y dignas como cualquiera otra. No se me puede ni debe olvidar, está arraigado para siempre en mi conciencia el pertenecer a esa clase tan honrosa, la de los campesinos, por eso me duele especialmente y en demasía algunos episodios que suceden. Aunque lejanos en la distancia, se hallan tan cercanos en la complicidad que siento y comparto por ello el dolor y la indignación. 


En esta semana, el miércoles por la noche ocurrió un lamentable e indignante suceso en Colombia que trajo consigo los fantasmas sangrientos del pasado. Nueve hombres y una mujer, todos campesinos, fueron asesinados en la finca donde trabajaban, en un municipio de Antioquia. Después de terminar la jornada laboral unos desconocidos irrumpieron en el lugar y asesinaron a las diez personas. Una jornada dura de trabajo en el municipio de Santa Rosa de Osos, dedicada al cultivo de árboles frutales y tomates para la exportación, que les premió con la recompensa de ser vilmente asesinados. Vil, cruel y perversa conciencia la de estos tres asesinos, que no se conformaron con fusilarlos sino que, además, para asegurarse de que su siniestra fechoría obtenía resultado, les lanzaron una granada de mano cuando se encontraban yacentes. Las sospechas recaen sobre un grupo paramilitar. Los asesinos reunieron a los campesinos en la entrada de la casa principal de la finca, les preguntaron si habían pagado una extorsión y como no supieron responder, les dispararon.

Por otro lado, también en el ámbito rural y entre el campesinado, me satisface comprobar que no todo es tragedia, esfuerzo y poca recompensa por el arduo y a veces penoso trabajo de labrar y cultivar la tierra. Los tiempos cambian y en ocasiones lo hacen cargados de esperanza, con aires de renovación, de transformación entre lo establecido, normas que casi siempre dejan a las mujeres en el escalafón más bajo de entre los peldaños sociales. Me reconforta el empeño que ponen las mujeres campesinas del Perú por conseguir un derecho natural usurpado desde siempre. Los sexos no deben de ser excusas ni influir en los derechos de herencia. Rosa Ojeda destaca entre las mujeres campesinas peruanas diciendo que no son propiedad de nadie, que no son animales. Esta mujer se alza como representante de la campesinas que luchan por el derecho a ser dueñas de las tierras que trabajan que por tradición heredan los hombres. Su defensa ha derivado en una lucha por la igualdad de derechos en su país, una tarea encomiable para los que como yo creemos en la igualdad de derechos entre todos los seres humanos, sin condición de razas, sexos o religión.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Entre calabazas y melones


Por estos días, en lo que todo lo inunda la dichosa calabaza anaranjada de Halloween, no me queda más remedio que mirar hacia atrás en mis recuerdos para comprobar cómo evolucionan y a qué velocidad se transforman las tradiciones, cada vez más influenciadas por el todo poderoso consumismo que básicamente se pinta con los colores que desde la patria del Tio Sam nos imponen comercialmente. Aunque, no crean que ya lo tienen todo ganado, estoy por apostar que los avispados comerciantes chinos pronto nos atosigarán con sus productos similares (siempre queda mejor que decir copiados), y no porque no tengan capacidad de creación, de hecho les sobra en algunos conceptos. No me dirán que una calabacita para el día de los muertos con los ojos rajaditos no tiene su atrevimiento y toque de vanguardia...

Volviendo a las copias y tradiciones, en las que las primeras aparentan ser sinónimo de los chinos y las segundas de los estadounidenses, no lo es tanto así. Me repatea que tengamos que aceptar nuevos conceptos tradicionales cuando lo que empujan son distorsiones de otras propias nuestras establecidas desde mucho tiempo atrás y que son derrocadas por las novedosas provenientes de otras culturas. ¿Me creerían si les dijera que lo de la calabacita ya se acostumbraba por tiempos de los romanos? Eso es más de dos milenios pasados. Pues así es, sólo que aquí no teníamos calabazas hasta que comenzó la globalización con Colón y su aguerrida, traviesa y malhumorada tropa. Por estas tierras del sur de España, por Andalucía, ya se hacía entonces con melones, a los que se les dejaban huecos extrayéndole la carne y las semillas y se les perforaban en la corteza los rasgos calavericos; se le colocaba una vela encendida en el interior y hacía las veces de farol. Con esta fantasmagórica fruta se rondaba por el hábitat de los dos mundos, por el cementerio a saludar a los muertos y por las casas de amigos y familiares a celebrar el día de difuntos en una fiesta pagana en la que se comían las tradicionales gachas y se tomaban la copitas de aguardiente de anís para ahuyentar el frío e invitar a la alegría.

Algo de influencia también tendrán estas antiquísimas celebraciones sobre otras festividades referentes a los muertos en otros países, como es el caso de México, en el que tan arraigada y tan personalizada está esta tradición. Aunque se me antoja que las costumbres de la patria de Diego Rivera son tan especiales como propias, resultado mestizo y maravilloso, como todo lo que surge de la mescolanza de culturas y razas. De allí proviene la foto que tomé prestada y que complementa este texto, del muro facebulero de mi amiga Angélica, que hoy nos dio los buenos días, a este lado del charco, con la publicación de unas fotos coloristas y alegres del escaparate de la mexicana Dulcería Celaya. 

Es curioso comprobar cómo se transforman los términos cuando se trata de celebrar. "El muerto al hoyo y el vivo al bollo" dice este refrán que, sin embargo, parece cambiar las tornas en la realidad. Lo que anda de fiesta hoy es el mundo de los muertos, mientras que la tristeza anda viviendo entre muchos colectivos sociales. También aquí la curiosidad crea perplejidad, viendo cómo las tradiciones van y vienen animadas por el consumismo agresivo y en cambio las personas que las mantienen vivas no pueden cruzar las fronteras tan libremente. Para la emigración de personas es todo lo contrario, todo son trabas legales.

Me entristece, en este mundo de los vivos, la situación de los emigrantes que, como alma en vilo, vagan de un lugar a otro en busca de su paz, de su pan, de su dignidad, de su bienestar... y que a diferencia de las tradiciones no son aceptados en muchos lugares. Me llama la atención, y con la que soy solidario, la caravana de madres centroamericanas que por estas fechas recorren México en busca de sus hijos desaparecidos, que un día decidieron emigrar a EEUU, víctimas de las desaprensivas mafias que tan vil y cruelmente truncan las ambiciones y esperanzas de tanta gente humilde que se juegan la vida en busca de un derecho natural, el de acceder a una vida mejor, digna.

Asimismo, de igual manera parece haberse vuelto tradición lo de morir en el Estrecho de Gibraltar buscando el "paraíso". Cualquiera diría que, por estos tiempos en los que vivimos, poder comer todos los días sea sinónimo de paradisíaco. Uno nunca termina por encontrar respuesta a tanta desigualdad, así como a las pérdidas de vidas humanas que se cuelan por el sumidero de la emigración africana, cayendo al desagüe del anonimato y con la frustración como pago a tanto esfuerzo y necesidad. El luto, el dolor, sin fiesta que consuele a sus familiares, habita en muchos lugares de África, de donde partieron las personas que esta semana perdieron la vida en las aguas del Estrecho, en una patera cargada de emigrantes ilegales anónimos. 50 difuntos más por los que festejar, de entre los 68 que ocupaban aquella embarcación rudimentaria naufragada. De entre los 18 rescatados, me atrae especialmente la mujer embarazada de tres meses y procedente de un pueblo cercano a Yamena, capital del Chad. Entre tanta desolación un rayo de esperanza, el de ese hijo/a por nacer, para el que deseo todo el premio que los perecidos emigrantes buscaban y la desgracia no les permitió encontrar. 

¡Feliz día de los muertos!



sábado, 27 de octubre de 2012

Normalizar el derecho a la igualdad

Hay días en los que especialmente parece como si se pusieran de acuerdo los diarios de la prensa escrita que acostumbro a leer en mostrarnos titulares dolientes, coincidentes todos ellos en patrón y corte de tijera. No, no se trata de modelaje, de moda y costura. Me refiero al corte, al tipo de noticias que por desgracia se muestran demasiado cotidianas, al patrón de actitudes de algunos pueblos y culturas contra sus mujeres, madres, esposas, hermanas e hijas. No obstante, caería en la injusticia si lo hiciera también en la insinuación de inclinarme por una u otra cultura en concreto. Los abusos que se cometen en el mundo contra el género  femenino no pertenecen ni son exclusivos de razas, culturas o religiones. 

No tengo claro cómo expresar el sentimiento que me producen algunas de estas noticias, entre repulsa, indignación y dolor, que parecen sacadas de un contexto de ficción o cuestionario de terror pertenecientes a un mundo de monstruos perversos sin alma ni respeto hacia las féminas. Con muchos de estos protagonistas monstruosos me gustaría mantener una conversación, con la sola y única intensión de alimentar mi curiosidad de saber cuál es el concepto de valor que tienen hacia sus madres, hermanas o hijas, que los lleva a actuar contra ellas de maneras tan crueles e inhumanas. 

Sin embargo, lo peor de todo esto no son los casos aislados que escandalosamente llaman la atención y provocan y sacan de lo más profundo de nosotros la parte más irracional que llevamos dentro, lo más doloroso es lo arraigadas que están esas actitudes de desprecio de valor hacia lo femenino. No hace falta que se cometa una atrocidad violenta para darse cuenta de que existen injusticias tan injustamente normalizadas que forman parte de la propia cultura de un pueblo. 



Casos como el de la mujer pakistaní de Sanghar, a la que un hombre cortó las orejas, la nariz y los labios a su mujer por una cuestión de honor, atraen nuestra mirada más crítica y de repulsa. La crónica cuenta que llevaba un tiempo de maltrato psicológico por parte del marido, pero parece que su deseo de crueldad le exigía dar un paso más y consumar un grado de castigo superior, lo que le empujó a propiciarle una paliza  brutal de la que no sólo quedó como víctima la amputada, también pereció en el marco del violento crimen el hijo de ambos que la madre sostenía entre sus brazos. Caso doloroso y sensacionalista donde los haya. En cambio, existen otras cotidianidades menos llamativas que, a base normalización, de aceptación por la fuerza de la costumbre, se transforman en puertas de acceso hacia la violencia machista siempre injustificada. Estas actitudes son las que tratan a la mujer como ciudadano de segunda fila en derechos sociales y libertades, y contra las que hay que oponerse en favor de normalizar el derecho a la igualdad.

Curiosamente, las injusticias contra las mujeres se multiplican en concordancia con el grado de ignorancia y pobreza de los países donde viven, y a veces, lejos de lo que las luchas y revoluciones les puedan beneficiar,   todo el esfuerzo en pro de luchar por sus derechos se les vuelve del revés. Podríamos poner como ejemplo a Túnez y a su Revolución del Jazmín, en la que la mujer tuvo su papel participativo y de importancia igualitaria al hombre para conseguir los avances por una sociedad más justa para todos. Sin embargo, en este laboratorio sociológico en el que se ha convertido el país para ejemplo de toda la región sublevada contra las dictaduras que padecían, los derechos de la mujer paradójicamente parecen retroceder. 

Si uno pregunta a un tunecino sobre los beneficios reportados por tanto esfuerzo y lucha contra la dictadura de Ben Ali, orgullosamente nos responderá que la islamización no es prioridad, ni para el país ni para el Estado. Nos dirá que Túnez tiene unas raíces muy marcadas de modernización y progreso que nada tienen que ver con las monarquías del Golfo. Pero lo cierto es que, tras la huida del dictador hacia el exilio, el primer cambio palpable fue la salida del islam de su refugio en las mezquitas con la aparición de un salafismo militante que pretende la instauración de un nuevo califato en Túnez y la vuelta de la corriente ortodoxa de la religión a los tiempos del profeta. Un peligro contra los derechos sociales es lo que evidencia la ortodoxia religiosa y aunque a simple vista la moderación sea la característica principal del gobernante partido islamista Ennahda cada vez se muestra más conservador. Ejemplo de ello es su fracasada intención de definir a la mujer en la nueva Constitución como "complementaria", en lugar de "igual".


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sábado, 20 de octubre de 2012

El perverso propósito de acomplejar

"Pensé por unos segundos que perdía el sentido", decía Felix Baumgartner el domingo pasado después de haber retado al peligro que supone superar la osadía que ningún otro ser humano hasta entonces se había atrevido a llevar a cabo. A mí sólo de pensarlo ya me da vértigo, cuanto más si tuviese que ser un servidor de ustedes el que ocupase el lugar del saltonauta austriaco. No es para menos que durante varios días, incluidos anteriores y posteriores al acontecimiento, el mundo entero estuviese pendiente del dichoso salto a una altura de mareo, desde más de 39.000 metros. 10 interminables minutos en caída libre desde unas condiciones muy parecidas a las existentes en Marte, con la presión a menos de una centésima de atmósfera y la temperatura por debajo de los 20 grados, además de estar expuesto a la intensa radiación ultravioleta. Todo un atrevimiento que me recordó a los famosos saltitos de Neil Armstrong en la Luna en aquel caluroso y tórrido verano del 69.

Sin duda son momentos inolvidables que quedan en la retina para siempre. Me atrevería a decir que a nadie, ni a una sola persona que viviese aquellos acontecimientos del alunizaje retransmitidos por televisión, se le olvidó dónde estaba en aquel preciso momento cuando las imágenes mostraban al astronauta clavando en la superficie lunar una bandera norteamericana ingrávida y tiesa como un alambre. En lo que a mi memoria respecta, todavía me permite revivir el momento hasta el punto de acordarme no sólo del lugar y el momento horario, también de lo que mi abuela paterna me dio de merienda aquella tarde a la vuelta del colegio.

Aquellas apetitosas meriendas tuvieron mucha culpa de que yo creciera siendo un niño gordito, lo que me reportó tristes y dolorosos sentimientos provocados por las burlas que otros niños me dedicaban utilizando mi obesidad en forma de arma arrojadiza. Estos desagradables recuerdos de infancia me hacen identificarme con todos los que sufren obesidad, especialmente con los niños y niñas que son blanco del perverso propósito de acomplejar por parte de otros menores, que utilizan cualquier característica diferente para convertirla inconscientemente en motivo de pesadilla para los que lo sufren.


De todas maneras, todo lo que no mata nos hace más fuertes, como dice una conocida frase hecha. La experiencia se va acumulando desde la temprana edad y no deja uno ni un solo momento en ir sumando conclusiones, que son las responsables de forjar o moldear nuestra personalidad. Es por eso que la infancia tiene tanta importancia en la educación, para que desde pequeños vayamos asimilando lo que está bien y lo que no lo es tanto. Mi infancia también me enseñó que ser víctima no es una circunstancia que te deje libre de convertirte en victimario, es más, me atrevería a decir que entre la infancia sumarse al grupo de victimarios es una estrategia muy recurrente para evitar ser el objeto a acosar por el grupo predominante que existe en todos los colegios infantiles.

Nuestra obligación es la de enseñarles a nuestros menores que las diferencias minoritarias merecen la misma consideración que cualquier otro estereotipo y que la violencia no solo se viste de agresión física, que los verbos también pueden hacernos vivir dolorosas experiencias. Como la relatada hace unos días por una escuchante en el programa de radio matinal de la Cadena SER, en el que contaba que desde niña había sufrido acoso en el colegio por su condición de obesa, un comentario que me invitó a ponerle toda la atención.

La mujer decía que siempre había sufrido menosprecio y burla por sus kilos de más, y que descubrir que su hija también padecía los mismos propósitos de ponerla en ridículo por parte de otros niños fue lo que le hizo decidirse por seguir una dieta y perder peso. Un día la niña le pidió que no le acompañara al colegio porque otros niños le dedicaban insultos y se reían de ella gritándole que su madre era una gorda. Quiso evitarle el atosigamiento y con esfuerzo consiguió perder 46 kilos, lo que dejó sin fundamentos a los niños acosadores. Sin embargo, la pérdida de peso de su madre no significó una paz duradera para la menor, pues poco tiempo después la excusa cambiaría de color. Dejaron de castigarla porque su madre era gorda y comenzaron a utilizar el origen magrebí de su padre para tratar de ridiculizarla con frases como: ¡tu padre es moro! o ¡hueles a moro!

No debemos olvidar que a la escuela se va a aprender y que la verdadera educación tiene su sitio en la familia, en nuestros hogares. Es ahí donde las enseñanzas prioritarias deben ir dirigidas a que prevalezca el respeto hacia los demás e inculcarles a nuestros menores que la mayoría de estas características personales que nos hacen diferentes tienen remedio, que lo que no tiene cura es la estupidez humana, aunque no sea algo que se muestre a simple vista.


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viernes, 12 de octubre de 2012

Por la parte que nos toca

No hay nada más hermoso y contagiosamente alegre que la algarabía que se forma a las entradas y salidas de los colegios. Especialmente cuando se tratan de párvulos. Cada día tropiezo con varios centros de estudio para menores que se cruzan en mi camino y créanme que solo pasar entre tanto alboroto me cambia el ánimo para toda la jornada. Vale la pena hacer todo el esfuerzo que sea posible por dejarles a estos inocentes alborotadores un mundo mejor, al menos que supere o iguale al que recibimos de nuestros padres, en el que puedan desarrollarse como personas libres y donde encuentren las condiciones necesarias para seguir contribuyendo a hacer de esta especie humana a la que pertenecemos una más respetuosa con el hábitat que nos acoge y con tantas otras especies y seres vivos con quienes lo compartimos.

No obstante, y por muy tierna y comprometida que me haya quedado la introducción, no es una declaración de intenciones lo que pretendo reflejar en este escrito semanal que me ayuda a sacar mis vergüenzas ajenas al aire y hacerlas públicas. No soy muy optimista en cuanto al futuro. No solo por la salud de este planeta, que vamos desgastando y deteriorando a pasos agigantados, sino por la educación y enseñanzas que proyectamos en estos hombres y mujeres del futuro no muy lejano. Los niños no son un juguete o mascota que como cacatúas enseñamos a hablar y a moverse con impulsos idénticos a los nuestros, tratando de moldearlos a modo que cubran nuestras carencias, defectos y complejos. Ni tampoco son moneda de cambio ni piedra arrojadiza que como arma se utilizan entre parejas malavenidas, los niños tienen derecho a disfrutar de sus derechos y al respeto de ser escuchados. Por la parte que nos toca, es responsabilidad nuestra la de salvaguardar su indefensión así como mostrarles los caminos que les eviten riesgos innecesarios, jamás tenerlos como concepto de propiedad.

A lo largo de la semana, en varias ocasiones pensé que esta reflexión  estaría dedicada a la Hispanidad, a sus pros, que también los tiene, y a sus contras que son muchas más de las que yo hubiera deseado. Pero, encontrarme con varias noticias relacionadas con niños y niñas de diferentes latitudes con la injusticia como referencia o relación en común, me ha convencido de que nada tiene mayor importancia que contribuir por el bien de la infancia, aunque sea de la manera más humilde, prestándole mi escrito en su defensa y apoyo. Quizás esta sea la mejor forma de luchar contra nuestros particulares demonios, la de educar a nuestros descendientes para que no caigan en los mismos errores que otros antepasados nuestros cayeron y no vuelvan a repetirse episodios históricos que nos avergüenzan, como los relativos al genocidio y abuso que sufrieron los pueblos indígenas americanos en la conquista del continente.


No creo que haya muchas personas en el mundo, aunque me consta que las hay, que queden indiferentes e inmunes ante el sufrimiento de un niño cuando se está cometiendo contra él alguna injusticia palpable, evidente. Por desgracia es algo muy común y cotidiano ver cómo los menores sufren y sus derechos se pisotean sin remordimiento ante la más pura indefensión, teniendo a veces a sus agresores dentro de su propia familia e incluso con la complicidad de la justicia como percusor. Ayer mismo me ocurría viendo unas imágenes en televisión, un sentimiento opuesto al que me produce la algarabía infantil a las entradas de los colegios. Impotencia mezclada con una expresión insultante, que me ayudó a desahogar momentáneamente mi rabia por el padecimiento del menor de 10 años que la policía detenía y se llevaba en contra de su voluntad para entregárselo a su padre, con el que no quería ir por autoritario.

El vídeo pone los pelos de punta. Las imágenes caseras muestran la escena del niño agarrado de pies y manos por varios policías de paisano, arrastrándolo por el suelo y con el trato acostumbrado que vemos contra los delincuentes. Mientras que los funcionarios policiales tratan de meterlo en la patrullera y el chico intenta escaparse pidiendo ayuda a su tía, ésta, cámara en mano, graba lo acontecido al tiempo que pide que no le hagan daño- ¡Parecéis la gestapo!- clama entre gritos. Un canal de televisión italiano ha hecho pública la grabación y la indignación popular ha recorrido el país de punta a punta.

Desde hace varios meses los agentes sociales habían intentado llevarse al niño de casa de la madre, a quien le retiran la custodia a instancias del padre, pero no lo conseguían. El chico se escondía debajo de la cama y no salía de su refugio hasta verse a salvo tras haberse ido los agentes. Sin embargo, el juez ordenó que secuestraran al menor en un lugar neutro, para facilitar la detención, así que eligieron la puerta de la escuela pública elemental a las ocho de la mañana. Con lo que no contaban los secuestradores legales es que las cámaras de sus familiares maternos estaban al acecho y el mundo entero ha podido ver en vivo y en directo otra injusticia más contra un menor, al que se le niega el derecho a decidir con qué progenitor y dónde quiere vivir.

http://www.youtube.com/watch?v=VcKca2zZp8c 

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sábado, 6 de octubre de 2012

Cuestión de meaditas


Tengo que confesar que me he vuelto adicto a la comida mexicana. Tanto es así que últimamente rara vez pienso en saciar mi apetito de entrehoras con un bocadillo a la española, como es costumbre generalizada en este país de salsas y sopas para mojar. A los españoles nos gusta el pan y pocas cosas nos saben mejor que un buen bocadillo de pan crujiente, relleno de lo que sea, frío o caliente. Sin embargo, la tortilla al estilo de México y Centroamérica me ha hechizado. Hasta tal punto que si no tengo tortillas en mi despensa me entra la ansiedad, comparable a la que me producía cuando era el pan el que faltaba. Comer sin cereales me deja la sensación de no haber hecho una comida completa. Y para completar esa adicción gastronómica también me he acostumbrado a sustituir el chile por la sal, así que ya se pueden imaginar, sin tortillas y sin chiles la vida para mi ya no es lo mismo.

Pues les cuento. Una mañana a mediado de esta semana que se nos va, me entró la neura cuando abrí la puerta de la despensa de la cocina y vi que solo me quedaba una tortilla en el envoltorio que venden con una docena. Decidí que lo primero era acudir al super y proveerme de tortillas. Estas cosas se suelen dejar para luego y después, cuando uno quiere acordar, ya están las tiendas cerradas para la hora de comer. Ya saben que los españoles generalmente pegamos el cerrojazo al comercio a eso de las 1,30 pm, para almorzar y descansar un rato, y regresamos pasadas las 4,30 para continuar hasta el final de la jornada laboral. Me encaminé en busca de las dichosas tortillas y me llamó la atención que el colmado estuviese especialmente concurrido, luego caí en que era primeros de mes y eso supone que algo más de lo acostumbrado últimamente hay en los bolsillos de los españoles en esos primeros días de la treintena.

Me acerqué al estante donde las colocan en el supermercado y metí la mano por detrás, en el último montoncito, para coger unas de las más recientes. Con ellas ya en la mano me sorprendió que un niño de no más de cinco años tratara de imitarme metiendo él también su manita por detrás de los montoncitos, del anaquel más bajo. Agarró sus tortillas y fue corriendo a depositarlas en el carrito de sus abuelas. Sí las dos, la materna y la paterna, y de unas edades ya bien avanzadas. Era una fiesta lo que organizaban las abuelas con cada gracia del niño, y por supuesto él encantado con la permisividad que sus yayas le prestaban. Acabé la compra y salí del establecimiento dirección a mi casa. Pero unos metros más allá de la puerta del super me encuentro de nuevo con el infante y sus abuelas. Una de ellas le ayudaba a retirar el pantaloncito para que hiciera pis en uno de los arriates con grama que habían en la plazuela. Al pasar a la altura del "Manneken Pis" oigo a la abuela que le socorría decir en voz alta y compartiendo con su comadre: -!Pero que meadita más larga! ¿Será que es superdotado?


Ni que decir tiene que me harté de reír. Qué ocurrencia... Claro que no dejé de suponer que la gracia estaba en que la abuela no sabía en qué consistía ser superdotado. Cualquier cosa que a ella le pareciera positiva eso era su nieto. Por cosas así se entiende aquella expresión tan manida que dice que " no necesita abuela", cuando se cae en la prepotencia y se autodestacan los valores o características propias. Se me ocurrió pensar que en caso de haber sido lo contrario, que la meadita hubiese sido corta, ¿qué hubiera dicho la abuela, qué habría pensado, exclamaría con la misma ignorancia que su nietecito podría tener en el futuro problemas de impotencia sexual, o lo que es peor, podría ser gay?

Las expresiones sin sentido que muchas veces pronunciamos ante los menores y las gracias concentidas, pueden suponer un problema de autoestima no solo para ellos sino también para sus compañeros de colegio o juegos. Que un niño mee más o menos, dependiendo de la ocasión, ante otros niños pudiera significar que tiene un problema de masculinidad, lo que acarrearía problemas psicológicos y traumas que pueden perdurar mucho más allá de la infancia. La maldad en los menores es más cruel si cabe, especialmente con otros niños de menor edad. No hay que irse a la novela de Willian Golding, El señor de las moscas, que dirigió para el cine Harry Hook, para comprobar cómo podemos llegar a ser los humanos en estado puro durante la infancia.

No obstante y aunque la imaginación del niño también juega, muchas de esas maldades infantiles son infundidas por nosotros mismos, sus familiares más directos. Les inculcamos unos valores que generación tras generación se hacen injustas y malvadas contra otros niños, sin importar cuál pueda ser la característica, cualquiera de ellas puede ser sinónimo de acoso. Estamos hartos de leer en los medios de comunicación lo que muchos de nuestros hijos y nietos sufren por el acoso de otros niños, marginándolos y provocándoles verdaderos traumas que convierten sus infantiles vidas en auténticos infiernos, hasta el punto de optar muchos de ellos por el suicidio.

En contra de esto y a favor de la integración y el respeto hacia otros de diferentes características, he encontrado esta semana una noticia que me ha llenado de satisfacción por la defensa de los derechos de los niños. La que nos contaba que el gobernador de California, el demócrata Jerry Brown, ha promulgado una ley por la que prohíbe someter a los menores de edad a cualquier tipo de tratamiento para convertir en heterosexual a un homosexual. Entre sus palabras, que recoge la edición digital del diario Los Ángeles Times, Brown dijo:"Estas prácticas no tienen ninguna base científica ni médica y ahora quedarán relegadas a la charlatanería".


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sábado, 29 de septiembre de 2012

Mercancía china

Hoy sábado tocó zafarrancho general. No tengo predilección alguna por un día determinado de la semana, será porque al margen de las obligaciones y responsabilidades que llevamos añadidas en este mundo generalizado sin etiquetas no estoy condicionado a seguir reglas con un orden estricto. Obligaciones sí pero por libre. Quiero decir que, aunque la responsabilidad de vivir solo me acarrea dobles ocupaciones necesarias en lo cotidiano, por otro lado tengo la suerte de actuar por mi propia iniciativa, nada de obligadas responsabilidades compartidas. No hay nada mejor que la libertad, en todos sus conceptos y por encima del bien y del mal.

Con todo lo por hacer y la casa "patas arriba" se me antojó que las plantas del patio me estaban atosigando, acorralando, me estaban robando el espacio y a la chita callando se habían apoderado del territorio compartido entre ellas y yo. Así que sin pensármelo dos veces fui bajando tiestos y macetones sembrados al contenedor de basura sin contemplación ni remordimiento; no las deposité en él, las dejé a su vera por si alguien se le ocurría recuperarlas y darle acogida y nueva oportunidad en otro patio del barrio. La suerte de las que quedaron fue que me cansé de subir y bajar hasta la calle cargado de geranios, jazmines y otras de nombre innombrable, sino aún estaría en pleno desahucio vegetal.

En una de esas idas y venidas a la calle cargado de floridos ramajes me encontré con Cristóbal, el vecino de arriba. Cristóbal y Rosa son un matrimonio octogenario también independientes. No cambian su libertad por la comodidad de ser cuidados. Pero claro, todo tiene sus inconvenientes, ningún contexto o estado es ideal al completo. Me esperaba a la puerta de mi casa con un bote de cristal de conserva en las manos. Fue a pedirme ayuda para que le abriera el tarro, no había alma que pudiera abrir el dichoso recipiente de fabada con chorizo. -Yo ya no tengo fuerzas para abrir esto - me decía alargándome el mencionado cacharro.


Pensé que menos mal que siempre hay un vecino dispuesto a socorrer en estos casos, de otra manera sería para los ancianos como morir de hambre frente a la televisión, mirando la despensa llena de tarros de conserva y sin poder abrirla para comer. Un problema sin duda para muchas personas mayores que ya no pueden o no tienen fuerzas para abrir muchos de los productos pre-cocinados que nos venden en los supermercados. Tengo la impresión de que las empresas conserveras piensan más en otros detalles que en el simple hecho de quién puede ser su cliente.

Recuerdo otros tiempos, lejanos ya, en los que el mundo de los alimentos en conserva se limitaban a una minoritaria parte de los artículos de alimentación que se comercializaban, casi todos en metal y algunos escasos en cristal, como la leche. Curiosamente, al tiempo que la leche se asoció con el tetra brik el cristal lo hizo con otros alimentos, como los vegetales. Eso por lo que toca a mis recuerdos, supongo que por otras latitudes los formatos y contenedores tendrían diferentes atribuciones o asignados.

Luego llegaron los chinos... Hay un antes y un después en el comercio desde que los chinos irrumpieron en el mercado global con toda la mercancía inimaginable. No obstante, tengo la impresión de que tampoco ellos le dedicarán mucho tiempo a pensar en cómo fabricar los botes de conserva de cristal con la tapadera metálica a rosca sin que el abrirlo suponga un problema para el consumidor. Sin embargo, es tan amplia la mira de negocio que China tiene que nos sorprenderán muy a menudo en la forma de vender y en algunos de sus productos.

Por ejemplo, esta semana me ha sorprendido la noticia de que en China el tráfico de menores rebasó en 2011 la cifra de 6.800 niños. Algo escalofriante, en un país donde parece que no solo las libertades, también las propias vidas de las personas, tienen el precio que se les quiera atribuir. Así como es el país donde más coches Ferrari existen de todo el mundo, del mismo modo los derechos más básicos del ser humano no tienen valor alguno. El tráfico de seres humanos, especialmente de mujeres y niños, se ha convertido en uno de los negocios lucrativos más rentables. Entre los menores oscila el número de varios miles de ellos robados al año, unos devueltos con rescate y los más desaparecidos y comercializados como pura mercancía. En todo este sin sentido descorazonador, otra injusticia más contra el sexo femenino, mientras que por ellos en el mercado negro pagan 10.000 euros, por ellas no ofrecen más de 6.000.





viernes, 21 de septiembre de 2012

Sátiras y violencia

¡Qué difícil resulta el entendimiento! Ni siquiera cuando el respeto mutuo sirve de paño donde depositar las buenas intenciones entre pensamientos distintos se puede dar por seguro que el éxito será el fruto frente al fracaso en este espinoso campo de la concordia. El derecho a respetar y ser respetado es tan frágil que siempre anda por el filo de la navaja. No basta con ser bien intencionado y tratar de no provocar al que piensa diferente, es necesario hasta autoconvencerse de que el irrespetado no es uno mismo al legitimar los derechos y libertades del otro. Será porque al universalizar los derechos se cae en el error ambiguo de que ningún derecho es legítimo por encima de los demás. Esto es que nunca todos a la vez podremos disfrutar de la facultad de exigir todo lo que las leyes establecen a nuestro favor. Siempre quedará alguien injustamente ultrajado en sus libertades en beneficio de otros.

No me gustaría que me identificaran como un islamofóbico, caerían en el error. Para mi humilde pensamiento todas las religiones quedan catalogadas de la misma manera, son culpables en parte del mal entendimiento entre los seres humanos, creadoras del distanciamiento entre culturas y ejemplo claro de la contradicción. Todas llaman al entendimiento y respeto pero ninguna cede sus privilegios ante las demás.

No obstante, quizás debería de ser más explícito para no herir la sensibilidad de los creyentes, hacia los que siempre me mostraré respetuoso. Porque si es verdad que son ellos los que mantienen viva la existencia de los dioses, también lo es que la fe está siempre dispuesta al albedrío de los líderes religiosos. Esto deja a los feligreses entre los no culpables, la fe es una cuestión y las religiones manipuladoras de conciencias son otra.

Podría haber escogido otro tema diferente para ejemplarizar la falta de respeto o provocación y la violencia que a veces trae consigo como respuesta, aunque la actualidad casi obliga a decantarse por este asunto, el de la libertad de expresión que defienden unos y el de las protestas de creyentes musulmanes por sentirse ofendidos. Así que, apoyado en la experiencia y la educación recibida, les pondré un ejemplo también con la religión de por medio. No sabría decir si alguna vez mi padre creyó en divinidades o profesó doctrina religiosa. Supongo que le ocurriría como a muchos, incluido yo. La iría abandonando al tiempo que la descubría. Lo cierto es que, de una manera y de otra, siempre fue respetuoso con los creyentes, no era cuestión de defender los pensamientos propios frente a los de otros, se trataba de respeto hacia los demás. Esas eran las conclusiones que yo sacaba de sus asistencias silenciosas o desapercibidas cuando acudía a la iglesia del pueblo en la despedida de algún ser querido. Algunos como él que no compartían creencias se agrupaban en silencio al final de la parroquia, mostrando respeto máximo por los difuntos y sus familiares. No existía ofensa, solo generosidad.

Generosidad, con mayúscula, así definiría en qué consiste el respeto. Jamás podría existir entendimiento si no hay respeto, ni respetuosidad sin ser generoso. Es necesario ir en parte en contra de uno mismo, ceder en las libertades en favor de otros para no agraviar en la defensa de nuestros derechos. Siempre se encuentra una fórmula para nuestra libertad de expresión sin tener que caer en la provocación y falta de respeto a otros, así como el ofendido tiene que entender que el derecho a expresarse es una propiedad legítima por encima de las creencias, contra la que no cabe la violencia.

Posiblemente  resulte complicada esta reflexión para algunos, pero asimismo es la propia naturaleza del ser humano, pura complicación. Por lo que a veces es mejor no hacer caso a palabras necias, así como en otras es aconsejable cerrar la boca y pensar que lo que se vaya a decir puede significar otro tipo de violencia.



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sábado, 15 de septiembre de 2012

Papel que arde

Aún recuerdo a mi abuela materna vocear mi nombre y el de mi hermano, algunos años más joven que yo, por la huertas que desde detrás de nuestra casa llegaban hasta el río. Fue una hermosa infancia, como casi todas. Mi querida abuela Ángela era una mujer de campo, analfabeta como la mayoría de las campesinas, que le tocó vivir un tiempo decadente, de esfuerzo continuo, hambre y calamidades. La primera mitad del siglo pasado español fue un periodo sin luces, opaco, alumbrado solo por personas generosas como ella.  A pesar de casi cuatro décadas pasadas desde que le tocó abandonar este mundo, su recuerdo está anclado con las imágenes más tiernas y entrañables de mi vida, en todas esas escenas amables aparece. Unas veces sonriendo, otras triste y en llanto silencioso. Su estampa encendiendo el brasero de picón en los días de invierno es una de las más fieles a mi memoria, vestida de negro luto impoluto de pies a cabeza, roto solo por los tonos grisáceos del delantal a cuadritos.

Digo hasta la cabeza porque, aunque ya no se estila, en esta España nuestra tan de tradiciones hasta no hace muchos años, el nacionalcatolicismo de la dictadura nos tenía inmersos en la cultura más rancia del ultraconservadurismo católico con toda su glamurosa parafernalia que hasta casi ha llegado a nuestros días. Para la mayoría de los católicos les podrá resultar poco coincidentes o muy distantes las costumbres compartidas con los musulmanes, pero no es tanta la diferencia como aparenta. Muchas cotidianidades españolas y europeas mediterraneas tienen su base en la de nuestros antepasados musulmanes. Es el ejemplo del velo en la cabeza de las mujeres, con una finalidad de respeto similar a la de los musulmanes de hoy.


El chisporrotear del brasero avivado por el soplillo con el que mi abuela encendía la lumbre para calentar la estancia me encandilaba. Las chispas revoloteaban alegres alrededor de su rechoncha figura sentada en la silla de anea mientras me canturreaba alguna coplilla tradicional de su corto repertorio. Yo era parte logística en la costumbrista tarea de encender el brasero, mientras ella se encaminaba hacia el patio con el recipiente metálico yo me aventuraba en la búsqueda de un papel seco para prender la llama al carbón vegetal menudo.

En ese mismo contexto de mi infancia yo podría haber sido víctima inocente en otro tiempo y lugar, actualmente en cualquier país donde el fundamentalimo religioso no ve más allá de la mala fe. El simple hecho de ir a buscar un papel para encender la lumbre del hogar significa un peligro en primer grado para los niños que no entienden de maldades infundadas. ¿Qué malas intenciones podría tener Rimsha Masih cuando fue a buscar papel para usarlo en su casa como combustible en la cocina? La perversidad solo puede encontrarse en las mentes que manipulan la inocencia de una niña autista, al tratar de hacer ver al mundo un acto de blasfemia hacia la religión de los musulmanes porque Rimsha es cristiana y los papeles que quemó eran parte de un Corán que encontró en un contenedor de basura.

Tiene 12 años pero su edad mental es la de una niña de siete, analfabeta, y aún así ese acto le ha costado estar presa durante tres semanas. Un castigo que se ha suspendido gracias a los 9.000 euros que la familia tuvo que abonar en concepto de fianza para que Rimsha abandonara la cárcel de la ciudad de Rawalpindi, Pakistán, y a la confesión de varios testigos que han denunciado al imán que la acusó. El líder religioso fue detenido tras la declaración de vecinos que lo acusan de falsear pruebas y de haber visto cómo arrancaba hojas del Corán y las introducía en la mochila de la menor. Otra costumbre que también parece muy extendida entre los líderes religiosos en todas las doctrinas, la de tirar la piedra y culpar a los inocentes mientras que esconden la mano.


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viernes, 7 de septiembre de 2012

Noticias del mercado

Hace algunos meses y en un encuentro virtual tuve la suerte de poder formularle una pregunta al showman y escritor venezolano Boris Izaguirre, sobre su última novela Dos monstruos juntos, la inmediatamente posterior a la exitosa Villa Damiante, finalista Premio Planeta 2007. La coincidencia espontánea no me dejó oportunidad para rebuscar en el baúl de las preguntas imposibles, ese lugar de donde tratamos de sacar la interrogación más interesante, que nos descubriría ante el personaje interrogado como alguien con personalidad deslumbrante, así que solo me dio tiempo a no aturrullarme y no balbucear más de la cuenta y necesario. Lo cierto es que cuando uno se encuentra ocasionalmente y de repente frente a personas a las que admira nos convertimos en un manojo de nervios que no nos permiten salir de la perplejidad hasta no pasados unos minutos de acomodo, al menos ese es mi caso. Fíjense si la pregunta resultó tan normal, tan poco sorprendente para cualquier autor, que antes de formularla ya sabía la respuesta que iba a encontrar. Le pregunté algo parecido: ¿Boris, tienes un patrón a modo de sistema para la creación de las historias, o cada una de tus novelas requiere una manera diferente de escribirlas? -¡No! Cada una exige una manera diferente de desarrollarla- me respondió. Ahí concluyó el acto entre él y yo. Tengo que confesarles que el encuentro no me creó ningún tipo de complejo, porque si la pregunta era rompedoramente vulgar tanto o más esperada fue la respuesta.

Después de contarle esta secuencia de la experiencia vivida ustedes se preguntarán a qué viene este cuento a modo de sainete, pues bien, con esto quería decirles que para enfrentarse a la narración de una historia lo mejor es sumergirse en ella, para poder hacerlo con fundamento, y como esta mañana no tenía claro por cuál de las noticias aparecidas esta semana decidirme para escribir este texto de mi blog de opinión, me fui al mercado a guiarme por el pulsómetro de la calle.!Los mercados son fantásticos¡ Un método infalible para conocer a los ciudadanos de cada lugar que aprendí de mi amigo el canario Lorenzo Ferreira hace ya varias décadas. Me decía que los mercados y los cementerios son de visita obligada para el viajero si se quiere conocer bien a la gente del lugar. En ellos se encuentran cómo viven y se alimentan y el respeto y apego que le tienen a sus antepasados y a la vida. Esto lo he contado en distintas ocasiones y es muy probable que lo encuentren en otros de mis escritos.

Y eso es lo que hice esta mañana, entre mis obligaciones me di un respiro y me acerqué al mercado Sanchez Peña, al de la Plaza de la Corredera. Los mercados animan los sentidos, su alegría, el colorido, el exotismo de algunos de sus productos... y los chismes del personal a la espera del turno. Ahí quería yo ir. A saber cuáles eran las preocupaciones de los ciudadanos, las inquietudes generalizadas. Pero la respuesta fue tan variopinta como la propia mercancía a la venta en los diferentes puestos. Los había para todos los gustos, de distintas procedencias y contenidos. Por supuesto la economía de esta crisis/fraude que padecemos era el tema preferido, el trabajo o la falta de él, los recortes sociales en educación, en sanidad y especialmente contra los inmigrantes sin papeles, la corrupción política, el regreso de la España más rancia y retrograda a los puestos de gobierno, la nueva ley contra el aborto y el acoso de los religiosos contra las parejas del mismo sexo... lo caro que se había puesto el pescado, la carne, la verdura y la fruta... y el atraco a mano armada que supone la subida del IVA que ha terminado por vaciarnos los bolsillos.


Para serles sincero no saqué nada en concreto sobre noticia bloguera de mi visita al mercado en cuestión. Luego, a la hora del almuerzo, pensé en buscar alguna información relevante en algunos de los diarios internacionales, quizás alguna reseña de poca trascendencia que pasó casi desapercibida aunque con un peso específico periodístico, pero no hallé noticia  que me "suliveyara". A cualquiera que se le cuente que a veces no encuentro tema interesante para escribir, con la cantidad de sucesos llamativos que ocurren en el mundo cada día, no me creería. Pero así es, cualquier noticia puede ser válida para una opinión pero uno siempre busca la más atractiva.

Recordé lo relacionado con el caso del Códice Calixtino, las últimas noticias que decían que en recientes declaraciones el acusado electricista había culpado ante el juez al deán de la catedral y a otro religioso de formar parte de la trama del robo hace una año aproximadamente. El juez no ha creído oportuno darle valor a las palabras del ladrón, pero lo cierto es que no tiene nada de descabellado pensar que pudiera haber sido de esa manera como ocurrió. Según el detenido fue el deán y otro religioso quienes le ofrecieron al electricista que sustrajera el códice, que lo mantuviera guardado y que pasado el tiempo lo devolviera. Esto le daría publicidad y atraería público a visitar la catedral, lo que supondría entrada de divisas en las arcas que estaban sufriendo un desgaste alarmante. A cambio le darían una cantidad como pago de su complicidad. Esto explicaría el dinero encontrado en casa del electricista. Bueno pues, eso precisamente es lo que ha sucedido, desde que pusieron el códice a la vista del público la catedral se ha llenado de turistas. Así como tampoco resulta extraña la versión en cuestión de seguridad, recuerden que solo tres personas tenían llave de acceso al códice y una de ellas era el deán. Un caso extraño sin duda, pero que estando la Iglesia de por medio el beneficio de la duda seguramente recaerá de la parte religiosa.

También me pareció interesante la noticia del misterio del león sin testículos del Congreso de los Diputados. Son dos, Velarde parece que no sufre anomalía que lo haga diferente, en cambio, Daoíz carece de bolsa escrotal y todo apunta que desde 1.865, desde que los esculpiera en bronce Pociano Ponzano. Uno entiende que esos atributos leónidos no son cosas de mirar todos los días, pero poner en entredicho la masculinidad del felino con las hechuras de fiero que presenta porque no tenga escroto tampoco me parece cosa seria. Parece que la nueva moda en este país de perjuicios es la de restaurar las obras de arte, por lo que ya han salido a la palestra quienes se ofrecen para colocarle los testículos a Daoíz, algo que me produce sonrojo y temor, no vaya a ser que nos salga una nueva Cecilia y le restaure los atributos masculinos al fiero de bronce de manera poco ortodoxa. Acuérdense de lo sucedido recientemente con el "Ecce Homo" de Borja y su parodia nacional.


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domingo, 2 de septiembre de 2012

La iniquidad vengativa

No crean que soy un informal, me esmero con esfuerzo hasta por no aparentarlo siquiera. Es lo que habrán pensado de mi algunos de mis seguidores, que no soy constante o que dejé por abandonada la aventura de escribir en este cuaderno de bitágora casi recién comenzado, pero no fue así, existieron sus razones. El último de mis libros me adsorbió demasiado tiempo y no me permitió separarme de él hasta concluirlo, lo que me ha dejado un triple sentimiento como regalo, el de satisfacción, el del deber cumplido y el de libertad. En la nueva etapa, y mientras voy dando forma al nuevo proyecto literario, espero dedicarle a ¡Cúbreme la espalda! la atención que se merece, o por lo menos la que pensé otorgarle en su tiempo, cuando lo ideé.

Después de visitar a mi anciana madre, en esta mañana soleada del primer domingo de septiembre he cumplido con la ya casi obligada parada a la hora del aperitivo. Una cerveza fresquita sin alcohol y una tapa con interrogación que amablemente nos invitan en San Lorenzo, no en la iglesia, en ella solo bebe el cura, en el bar del mismo nombre situado al costado sur de la parroquia. Digo con interrogación porque nunca se sabe en qué consistirá el pincho que acompañan con la bebida. Hoy tocó paella. Diego, el camarero, no pregunta si apetece o no, ni entra a valorar si los carbohidratos pueden resultar desaconsejables para los índices elevados de glucemia, como ocurre en mi caso. Yo tampoco entré ni a valorarlo ni a rechazar el platillo, mucho menos después de lo apetitosa que se presentaba la tapa ante mis sentidos.

Seguidamente, y entre las primeras embestidas que yo acometía al amarillento arroz, el joven barman puso ante mí sobre la barra del bar un portafolios y un bolígrafo. - ¿Esto qué es?- le pregunté, al tiempo que reconocía fotografiadas en el papel la cara de los dos hermanos desaparecidos en Córdoba, Ruth y José. Se trataba de un manifiesto con firmas para solicitar la cadena perpetua para el padre, José Bretón, a quien los familiares de la madre culpan de su desaparición y últimamente de asesinarlos y quemar sus cuerpos en una finca familiar. La cadena perpetua no se contempla en el código penal español, lo que sugiere que pretenden cambiarlo para que el supuesto asesino pague la pena máxima. Pero digo supuesto, porque hasta que no se demuestre lo contrario y salgan a la luz pruebas fiables que lo certifiquen no se puede culpar a nadie por los indicios que aparenten o por la presión popular que se alienta desde la familia materna.


Desde el 8 de octubre del 2011, día en que el padre denunció la perdida de los niños en un parque de la ciudad, el acoso constante no se queda sobre el presunto asesino, también lo sufre su familia, sus ancianos padres, sus hermanos y los hijos de estos que han sido igualmente perseguidos, insultados, hasta golpeados por jaurías furiosas incontroladas y alentadas por la familia de la madre, una mártir casi novelesca que se configura en la cara amable y victimoza en este triste y cruel caso. No voy a discutir ni a poner en entredicho el dolor de madre de Ruth Ortíz, de la que parece quiso vengarse su ex-marido José Bretón haciendo desaparecer a los niños, sin embargo, la justicia no se imparte al albedrío de cada cual y mientras ésta no se pronuncie todo queda en la presunción de inocencia, por más dolor que a veces nos cueste o provoque.

Yo no firmé el manifiesto, me negué por varias razones. Una de ellas porque la justicia no se imparte en caliente y sin pruebas definitivas, influenciado por el dolor y la sed de venganza; otra porque no es aconsejable cambiar el código cada vez que nos mueva el sensacionalismo de un caso; la tercera se apoya en un sentimiento de rechazo hacia la familia de la madre, no por pedir castigo hacia el culpable de la desaparición de los niños, sino por tomarse la justicia por sus manos, acosando, persiguiendo y golpeando a familiares del presunto asesino que no son culpables de nada y que a su vez se han convertido en víctimas de los vengadores. Por la misma razón que censuro al padre, si se demuestra por fin que así fue, por utilizar a los niños buscando la venganza contra la madre, también la censuro a ella por permitir y propiciar que a otros niños, sus sobrinos hijos de la hermana de Bretón, hayan tenido que llevárselos de la ciudad para que no sufran el acoso y los insultos de una jauría sedienta de venganza que ella misma ha promovido con su también delirio vengativo. Los niños no son moneda de cambio para nuestras maldades, deben quedar al margen de las desventuras.


http://www.lasextanoticias.com/videos/ver/acoso_a_los_breton/632703
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