domingo, 22 de diciembre de 2013

El cartero



Todo era diferente varias décadas atrás, cuando por primera vez llegó al pueblo y todavía por sus calles corrían jugando algunos niños, pensaba Camilo delante de la lumbre al calor de la chimenea. Los años habían pasado y nadie quedaba con quien compartir al menos un rato de charla recordando a otros amigos que se habían ido poco a poco antes que los demás. El último fue Ambrosio, pero desde aquel fatídico día habían pasado algunos meses, desde entonces no se oía ni un solo ruido que no fuese el soplar del viento entre los árboles y los producidos por los animales del corral, especialmente el cacarear de las gallinas, tan escandalosas, cuando el gallo tenía un día de aquellos en los que parecía poner orden en el gallinero.

Recordaba que no había dudado ni un solo instante cuando le comunicaron el nuevo destino, para hacerse cargo de la estafeta de correos en un pueblo cuyo nombre no aparecía en ningún mapa, estaba perdido de la mano de dios en medio de montañas que rodeaban un precioso valle por donde corría un alegre y caudaloso riachuelo en primavera, en el que los animales del bosque bajaban a beber y los hombres del pueblo pescaban un poco más arriba de donde las mujeres se reunían para lavar la ropa a golpes sobre la piedra. Eran otros tiempos de alegría, de vida. Luego todo cambió. Primero fueron los jóvenes los que decidieron marcharse a la ciudad, tan lejos quedaba que para muchos pareció estar situada en los confines, porque nunca más regresaron y los menos las pocas veces que lo hicieron fue cada vez con mayor intervalo de tiempo.

Después lo hicieron los matrimonios con niños pequeños, cuando decidieron que el futuro que les esperaba no era el deseado por cualquier padre para sus hijos. Poco a poco se fueron marchando todos hasta que hubo que cerrar la escuela por falta de alumnos. Solamente quedaron los mayores, que sin darse cuenta se fueron convirtiendo en ancianos. Incluso él también hubo un tiempo que lo pensó, que dudó también si lo más aconsejable sería marcharse y recomenzar la vida en otro lugar, ya apenas llegaban cartas, nadie se acordaba de sus ancianos padres y abuelos. Hacía años que ni siquiera el tren paraba en la estación como antaño; en los últimos tiempos, cuando había correspondencia, el maquinista las tiraba dentro de una saca, en marcha, hacia la marquesina del andén, de donde una vez al mes las recogía Camilo para entregárselas a los vecinos destinatarios, pero hasta el tren había dejado de pasar hacía tiempo.

Los que emigraron se fueron olvidando de sus mayores y dejaron de llegarles cartas. Todos le preguntaban una y otra vez por si alguna de ellas hubiese aparecido después de haberse extraviado en un descuido, pero no, los ancianos se sumían en la soledad, en la tristeza de sentirse injustamente olvidados. Amalia era una de las más longevas, que no le importaba que fuese día de reparto, ella preguntaba siempre, no tenía otra cosa que hacer más que sentarse al sol de la mañana y esperarlo con la carpeta de cuero al hombro, hubiese cartas o no. Camilo hacía todos los días del año el mismo recorrido tratando de no perder la costumbre de saludar a cada uno de sus convecinos. 

Un día se le ocurrió escribir una carta fingiendo que era enviada por alguno de sus nietos, él conocía a todos los familiares de cada uno de ellos y no le costó mucho redactar algunas líneas dedicadas a Amalia. Más tarde lo fue haciendo con los demás. Tampoco fue un problema que pudieran reconocer la letra pues ninguno en el pueblo sabía leer y escribir. El cartero se las leía y las escribía con el mensaje que le dijeran. De repente la alegría y la esperanza regresaron al rostro de los aldeanos que con ansias esperaban que cada cierto tiempo Camilo les sorprendiera con cartas enviadas con el nombre de algunos de sus familiares en el remite.

Así fueron marchándose uno tras otro, hasta el último, Ambrosio, que una mañana dejó de respirar sentado en su vieja silla de anea en la puerta de su casa cuando tomaba el sol. Ya no tenía sentido su vida en el pueblo, demasiado tiempo atrás había dejado de tenerlo, pero era demasiado tarde, tampoco él tenía a dónde ir ni a nadie que pudiera escribirle cartas, solo le quedaba esperar pacientemente a que un plácido día dejara de respirar como lo hicieron todos los demás.

La mañana había amanecido soleada, blanca por la nevada caída la noche anterior, ni siquiera a las gallinas se les escuchaba, hacía tanto frío que ni el viento se atrevía a salir a pasear por entre los árboles. Todo en silencio, solo el crujir de los troncos en la candela. Únicamente un trinar de pájaros que pareció escuchar y que le invitó a mirar por la ventana y, al hacerlo, el corazón le dio un vuelco. Tanta fue la impresión que cerró los ojos del susto al ver a todos los ancianos amigos reunidos frente a su casa. No era posible, todos habían dejado ya de existir, pero al abrir los ojos de nuevo comprendió que se trataba de una alucinación, nadie había a muchos kilómetros a la redonda en torno a su casa.

Salió al exterior a comprobar que nadie más que él había allí, miró la nieve y ni una sola pisada que delatara la existencia de cualquier otro ser vivo. Nadie más, aparte de un grupo de alegres pajarillos posados sobre las ramas del viejo roble. Volvió para entrar nuevamente a la casa y, al hacerlo, encontró un sobre blanco sobre la nieve, sin sello ni matasellos, que le sorprendió. Se agachó, lo cogió, lo abrió y extrajo de su interior una carta con solo dos palabras escritas: Feliz Navidad.




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.

sábado, 14 de diciembre de 2013

El funámbulo



No alcanzaba a recordar cuándo sucedió por primera vez, cuándo fue que decidió ser funámbulo, pero sí que lo más lejano en el recuerdo eran los primeros juegos relacionados con el caminar equilibrista sobre el alambre o la cuerda. Fueron los pajaritos los que atrajeron su atención primera, posados sobre el tendido eléctrico que proyectaban su sombra sobre el suelo de tierra pisada en el patio de su hogar en la niñez, y en el del colegio, y en el de las calles, siempre miraba al suelo buscando la proyectada sombra para subirse a ella y soñar que caminaba por el aire sobre una fina línea que a veces se balanceaba a merced del viento, al ritmo de la brisa otoñal con el sol de la mañana. 

Los años de su infancia pasaban sobre las líneas delgadas dibujadas en sombra, con pajaritos o sin ellos, para ir después añadiendo otras siluetas, otros soportes proyectados, como las cuerdas de los tendederos, a los que esperaba impaciente que su madre recogiera la ropa seca para recorrer sus fantasías sobre sus improntas reflejadas, con pinzas o sin ellas, sin importarle el atrevimiento en muchas ocasiones de añadirle más riesgo, más dificultad al recorrido, con algún inesperado obstáculo, como algún calcetín remolón que quedó olvidado o aún por terminar de secar; Y hasta por las maromas y alambres amarrados a cualquier parte se aventuró, por los que sujetaban el ansia de libertad de los arbolitos jóvenes sembrados en el jardín, para que crecieran esbeltos, erguidos, y no se viciaran inclinándose por su propio peso, se arriesgaba a subir por ellos, a caminar por sus sombras reflejadas sobre la pedregosa superficie ajardinada.

Con los primeros destellos de rebeldía en la adolescencia surgió el deseo determinante de pasar a lo físico, de cambiar las sombras por la realidad y, un día, empujado por la inquietud, se propuso dar el paso definitivo, atar una cuerda de una reja a otra de las ventanas y caminar sobre ella. Un primer intento frustrado que dio con sus huesos en el suelo, con un fuerte golpe que pudo haberle dejado perores consecuencias que simples magulladuras. Continuó intentándolo apoyado en la caña del tendedero hasta dar los primeros pasos, superando cada vez más el espacio recorrido, y siempre con su sombra reflejada cercana, a su lado.

Era tanta su destreza que no esperó la oportunidad, fue a buscarla, ofreciéndose al circo que un día sin protagonismo levantó la carpa ante sus sueños, y fue allí donde se le presentó la ocasión después de una prueba sobre la cuerda baja entre saltimbanquis, equilibristas y otros acróbatas. Llegó la noche y con ella su gran prueba de fuego, la definitiva, tendría que caminar sobre el alambre en las alturas y con la red como única aliada. Subió por el mástil hasta todo lo alto, hasta la plataforma base desde donde partía el tenso hilo metálico. Anunciaron su debut, los aplausos sonaron y con ellos el redoble de tambor que daba paso a la estelar actuación, pero algo inesperado ocurrió, los focos y la altura difuminaron su sombra, el contrapeso natural que hasta entonces no había valorado ni echado en falta. El vértigo se apoderó de él y la inseguridad y los nervios hicieron lo demás. El público comenzó a impacientarse y llegaron los primeros silbidos y abucheos que provocaron el ensordecedor griterío hostil que le hizo abandonar sin poder cumplir el sueño de toda su vida.

Tras el inesperado fracaso llegó el desánimo y la tristeza, toda su ilusión de dedicarse a lo que más deseaba, caminar por el aire, quedó en saco roto. Pasó el tiempo y se había prometido que nunca más volvería a ejercer de acróbata, pero un día se encontró con un niño que no podía caminar y sentado sobre su sillas de ruedas le pidió que caminara por la cuerda, que lo hiciera por él, y lo hizo, y a la alegría del niño acudieron contagiados de júbilo otros niños, y luego mayores, y más gente... La voz se fue corriendo como la pólvora y comenzaron a llamarlo para que caminara por la cuerda baja, junto a su sombra, por otros pueblos y ciudades, y su fama se fue expandiendo de tal manera que no quedó lugar donde no lo conocieran. No era el riesgo en las alturas lo que el público le demandaba y le llevó al éxito, sino el espíritu y la ilusión de niño que transmitía al caminar bajo, el mismo que le hizo a él desear ser funámbulo, cuando descubrió por primera vez a los pajaritos posados sobre el cableado eléctrico.




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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sábado, 26 de octubre de 2013

El hombre coloreado


Hacía ya mucho tiempo que no paraba de rondarle por la cabeza el deseo de dar un giro radical a su vida, en todo su contexto. Cada una de las personas habían nacido condicionadas por su color natural, lo que los definía de una manera determinada y, en ocasiones, los más inquietos sufrían la imperiosa necesidad de cambiar, de transformarse de otro color, que diera a sus existencias nuevos alicientes, que renovara los anhelos y revitalizara los sentidos. Aquella mañana había despertado con la idea clara, convencido de que era aquél el momento oportuno para dejar atrás la translucidez blanquecina que hacía de él un hombre poco sorpresivo, lo que en ocasiones le reportaba a situaciones incómodas de vulnerabilidad, por el condicionante de que antes de acometer cualquier acto ya era advertido por los demás casi al mismo tiempo que lo procesaba su propia mente.

Había elegido el azul. Un color que sin duda alguna cambiaría su semblante, lo transformaría en una persona más fría y calculadora, al mismo tiempo que transmitiría a los ojos de los demás una irradiación casi celestial y una seguridad y autoestima elevada, fuerte, inmensa, como la capacidad de los océanos. Comenzó el proceso de transformación y con él los primeros efectos secundarios, los primeros síntomas del cambio. Empezaba a notar que a la par que iba tomando tonalidad azulada y volviéndose más opaco los demás comenzaban a observarlo de otra manera y con distintas expresiones en sus rostros. Para unos, los más distantes, era la curiosidad la que predominaba, acostumbrados a ver en él a un hombre poco sorprendente y previsible; en cambio, la extrañeza era la más común entre los más allegados, que veían cómo sus características de hombre campechano, cercano y sin intenciones ocultas se tornaban por otras diferentes, lo que le convertía en casi un extraño.

Pasó un tiempo y ya se había habituado a su nueva pigmentación de piel, sin embargo, no pensaba lo mismo respecto a su interior emocional; no acababa de aceptarse como un hombre de azul, sus sentimientos eran los de un hombre translúcido y no dejaba de embargarle la sensación de estar viviendo en un cuerpo extraño, no terminaba por aclimatarse a la temperatura de su nuevo color. Su familia y amigos más cercanos le habían perdido la empatía de siempre y aunque también su nuevo matiz le atrajo nuevas amistades nunca llegó a considerarlas como las de antes. Llegó a pensar que quizás se habría equivocado al elegir esa tonalidad, que a lo mejor no coincidía con su manera de ser, con su personalidad, y ese era el motivo principal por el que no conseguía habituarse a la novedosa realidad. Fue entonces cuando decidió aceptar su error y dar un paso adelante en busca del color con el que se sintiera identificado realmente.

Aquella decisión equivocada le llevó por otros derroteros y fue a escoger un color opuesto, el rojo. Estaba esperanzado en que con el nuevo cambio se sintiera más identificado. El rojo era temperamento puro, carácter, fuerza de persuasión, intimidatorio, que le aportaría seguridad a sí mismo y de la misma manera cambiaría su percepción en los demás. Estaba ilusionado por el posible resultado y realmente así sucedió, consiguió persuadir de una manera como nunca antes y todos veían en él a un individuo arrollador. Sin embargo, no calculó bien las contradicciones, también lo mostraba prepotente, orgulloso y con cierto aire de protagonismo, lo que no todo fueron beneficios. Ante su nueva impronta fue comprobando que, sin apenas darse cuenta, entre cambio de tonalidades, había perdido por el camino a sus amigos de antaño y, lo que era peor, el rojo tampoco le llenaba interiormente, que todo se tornaba más superfluo, más aparente, pero también menos consistente. 

Las dudas y las inseguridades volvieron con más fuerza y se prometió que no pararía hasta encontrar el color que le hiciera sentirse feliz. Cambió al verde, luego al amarillo, lila, anaranjado... hasta se atrevió con el negro y por último el blanco, tratando de encontrar desesperadamente la paz interior que había perdido entre toda la gama de colores. Todo aquel trajín en la búsqueda del color soñado y no había sospechado que la translucidez era su verdadera vocación. Así que regresó al principio. Pero ya nada sería igual, los matices de todos los colores habían ido dejando restos que se sucedían unos sobre otros y, al volver al translúcido, fueron apareciendo los diferentes destellos que le hicieron perder la pureza de antaño, no consiguió recuperar ni la simpatía de los demás ni la autoestima de mejores tiempos. El hallazgo lo fue deprimiendo moralmente y le sumió en una terrible tristeza que nunca más pudo superar, convirtiéndolo así en una personalidad deslucida, en un hombre descolorido.




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
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miércoles, 2 de octubre de 2013

Desencuentros


A veces nos pasamos una vida entera esperando encontrar a nuestra media naranja y cuando se consiguen conjugar todos los ingredientes para que suceda el encuentro y los elementos se alinean permitiendo que la providencia la ponga frente a nuestros ojos, entonces aparece el factor más influyente y determinante, nosotros mismos, provocando que por una decisión errónea se nos pase el tren que tanto tiempo estuvimos esperando y deseando, llegando a alcanzar tan sólo a ver cómo se nos aleja en él a quien tanto buscamos. Eso mismo debió de pensar Paula cuando quedó desorientada en el andén del metro viendo cómo se perdía por la boca del túnel el último vagón.

Ni imaginarlo podía cuando una semana antes viajaba como cada mañana con destino a la universidad y por los cristales del vagón vio a una joven de aspecto delicado que también portaba libros entre los brazos, que se mostraba frente a ella al otro lado de las vías en el convoy que coincidía en horario con dirección opuesta. Las dos jóvenes se quedaron mirando fijamente hasta que la velocidad y entre el gentío que abarrotaba el interior de los vagones obstaculizaron la visibilidad entre ellas.

Paula quedó atraída desde ese mismo momento y su imagen ya no se apartó de su mente durante toda la jornada, pensando en su belleza y en su mirada, imantada con la de ella. A la mañana siguiente y envuelta en la misma rutina cotidiana subió de nuevo al metro que le llevaría a tomar las clases universitarias. Probablemente ya nunca más volveré a verla, decía para sí mientras el metropolitano comenzaba a desplazarse sobre las vías dejando ver sobre la ventanilla el paso revolucionado de la vida al otro lado del cristal. La parada se iba acercando al mismo tiempo que su inquietud subía de tono a la espera de saber si lo del día anterior fue sólo una coincidencia y ya nunca más se repetiría el casual encuentro. Pero el tren se detuvo coincidiendo también en esta ocasión frente al vagón de la desconocida pasajera y allí estaba. De nuevo sus figuras se quedaron inmóviles y mudas frente a frente, con un mensaje de atracción mutua en sus miradas, y tras unos breves minutos otra vez la velocidad se interpuso entre las dos rompiendo el encanto del encuentro. 

El pulso se le alteró y por primera vez comenzó a sentir un cosquilleo dulce que le recorría el cuerpo. La alegría y la sonrisa se instalaron en ella al tiempo que su mirada se quedaba anclada en cualquier objeto, al azar y con el horizonte perdido. Su concentración quedó limitada a un recuerdo y por su mente ya no pasaba otra cosa más que la imagen de quien comenzaba a sentirse enamorada.

Pasaron varios días y la dulce sensación se tornaba temerosa, sólo un día más de clases en la universidad y de nuevo regresaría a su ciudad, a su país, lo que significaba que posiblemente ya nunca más volverían a encontrarse, que todo quedaría en una hermosa ilusión efímera. No así, y consciente de ello, se atrevió a dar un paso adelante. No podía dejar escapar la oportunidad de conocer a aquella chica que le ocupaba su pensamiento todas las horas del día y en sus sueños.

A la mañana del último día se levantó más temprano que de costumbre y tomó el metro de anterior horario al habitual, con la intención de apearse en la parada del encuentro y pasarse al otro andén, esperar al convoy en que acostumbraba a viajar la desconocida pasajera y provocar un encuentro más cercano. Y así lo hizo, se abrieron las puertas y subió al vagón donde la joven de delicado semblante se mostraba cada mañana desde días atrás. Buscó y buscó, pero no la encontró en el compartimento, no estaba allí. Fue entonces cuando su manifiesta desilusión se multiplicó, al ver que la joven se hallaba en el convoy opuesto, en el mismo vagón en que ella viajaba cada día. La expresión de sus miradas lo dijeron todo y Paula sólo acertó a salir precipitadamente del metro y quedarse en el andén, donde por última vez vio alejarse a la mujer que le había trabado el corazón. 






Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
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viernes, 6 de septiembre de 2013

Pasión plástica


-No puedes ni imaginarte lo mal que me siento, lo arrepentido que estoy por mi comportamiento de anoche, por mi actitud contigo. No sé de qué manera expresarme para que me perdones; no te pido que intentes comprenderme, soy consciente que no existe explicación razonable que me pueda servir de excusa...- Jaime se lamentaba entre disculpas recostado en el lecho mirando hacia la pared, de espaldas a su amada, a la que no se atrevía a mirar a los ojos, sumido entre el arrepentimiento y la resaca propiciada por una noche de desenfreno, de alcohol y sexo.

-¿Cómo podría eliminar lo sucedido anoche para que no quedara ni un solo resquicio en nuestra memoria? Para que no te sintieras ofendida por mi reprochable manera de tratarte... Ya sé que la pasión no es sinónimo de brutalidad, que el amor no puede llegar a hacernos comportar como animales, ni siquiera en el mundo animal tratan a las hembras como yo te traté a ti anoche. Pero tú sabes que yo no soy así en el fondo, que soy sensible, romántico, delicado. También sé que nunca me dirigirías un solo reproche por mi irrespetuoso comportamiento, aunque tu silencio tampoco significa que aceptes mis desmanes, te conozco lo suficiente como para saber que no te sienta bien, que no te gusta, y créeme que trato de cambiar, de olvidar la bebida, de regresar temprano a casa y compartir contigo cada momento, de llevar una vida familiar y en pareja, como era nuestro deseo cuando nos encontramos por primera vez a través del escaparate de aquella tienda, que no necesitaba  más propaganda que tu propia belleza natural. Jamás podré olvidarlo. Nunca hasta entonces me había sentido tan dichoso, ni nadie nunca antes supo entenderme como tú, tan comprensiva, tan tolerante con mi carácter inestable... Son tantas las cosas que me hacen sentirme feliz que cuanto más lo pienso más arrepentido me siento; ¡No tengo perdón!

Comprendo que llegará el día en el que te canses de mí y definitivamente decidas poner punto y final a nuestra relación, todo tiene un límite y soy consciente de que me he situado demasiadas veces sobre la raya que marca lo admisible y respetable. Aunque, en lo más profundo de tu naturaleza, también sé que a ti te gustan las emociones fuertes, vivir cada acto sexual entregándote hasta lo permisible, sabes excitarme como nadie y sacas de mí mis instintos sexuales más primitivos, más viscerales. Por tantas cosas, te pido que me concedas una nueva oportunidad, la última, un esfuerzo por todo lo que significa nuestra vida en pareja y por todo lo que superamos juntos frente a las adversidades. Tengo tanto miedo a perderte...

Jaime desplazó el brazo hacia atrás y con su mano buscó la de ella en un acto de reconciliación, pero su asombro fue mayúsculo, el cuerpo de su amada mostraba evidentes signos de deterioro propiciado por la actividad sexual mantenida la noche anterior. Se dio la vuelta y de un impulso quedó sentado en la cama con una exclamación de contrariedad -¡Oh, dios mío!- agarró su mano, sus pies, su cabeza, cada miembro de su desluciente figura hasta que dio con el desgarro fatal. Aturdido no acertó a pronunciar otras palabras más que de ánimo -¡No te preocupes vida mía! Enseguida bajo a toda prisa al taller de bicicletas a comprar un parche que no desentone con el color de tu piel. ¡Ya verás cómo todo vuelve a ser como antes!






Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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sábado, 10 de agosto de 2013

El sueño del pianista


-¡Qué mal se está de esta postura, con lo cómodo que se muestran en las películas! -exclamaba tumbado en la cama boca abajo, tratando de crear la letra para su última composición musical. Tantas ilusiones puestas en ella como en la primera, por aquellos tiempos de juventud en los que los sueños eran parte de un futuro esperanzador iluminado de estrellas, que bailaban al ritmo del son que sus ágiles dedos color canela hacían emanar de las blancas y negras teclas del piano.

Se incorporó y abandonó el catre con la canción entre las manos, en el papel, y en sus labios, llevando la melodía con la voz hacia el piano que abierto de teclas se ofrecía sensual como una amante al momento mágico de la armonía musical. Las notas y acordes fluían ensoñadores entrelazados en aromas y sabores del trópico, a canela y mango, de ron y caña... dulzor de guayaba. 

La maravillosa melodía se iba expandiendo por todas y cada una de las afamadas salas que en otro tiempo aplaudían y enviaban a los elegidos al firmamento estrellado, al ritmo de salsa y boleros, de mambos y cha-cha-chá, de rumbas y guaracha. El mundo se entregaba a su talento y el sueño de aquel joven que un día lejano salió de su amada isla se tornaba realidad, envuelto entre la gloria triunfal y el reconocimiento a tanto esfuerzo. 

Sumido en su exitoso y dulce sueño, un sonido electrónico salido de la computadora le avisaba de la entrada de un nuevo correo, que le desveló y le hizo abrir los ojos sin levantar los brazos entrelazados sobre el teclado, donde, dormitando, había tenido apoyada la cabeza. Miró el escritorio y, con el Malecón habanero de fondo, desplazó el puntero sobre el icono del correo, clicó en él, lo abrió y leyó el contenido. La invitación le emplazaba a participar en un nuevo concurso musical.

Aún queda tiempo, pensaba mientras estudiaba las bases concursales, quizás en otro momento. Continuó de brazos cruzados y en silencio frente a la propuesta, buscando en su memoria alguna de las composiciones archivadas que se prestaran a la adaptación exigida. Las melodías comenzaban a aflorar por su mente a la par que su mirada se distraía entre los diferentes objetos decorativos sobre los muebles... Se fue a detener sobre el retrato de su padre, en una imagen de antaño con clarinete en mano y elegantemente vestido para actuación de gala. De repente, como empujado por un impulso sobrenatural, se levantó de la silla y tomó el cuaderno de apuntes junto al lápiz, se dirigió a la cama y se tumbó en ella boca abajo, pensando en escribir la canción más hermosa jamás escrita.



Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
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martes, 30 de julio de 2013

Reprimenda


Flavio no había tenido una buena tarde, llegaba cansado y un tanto molesto por las quejas recibidas de parte de sus vecinos. El pequeño Nicolás le estaba causando más problemas de los previstos, cuando adoptó a los dos hermanos; ni siquiera Tana en sus días más traviesos se había comportado tan revoltosamente como él. Entró al patio cerrando a su paso la pequeña cancela de barrotes forjados, a la que los tonos pardos del óxido iban ganando espacio al semidecapado negro mate original, y soltó la mochila sobre el poyetón de mampostería en el porche. Se adentró en la casa y comprobó que estaba vacía. Ningún miembro de la familia se encontraba en ella.

Salió de nuevo al exterior y, a lo lejos, en el jardín, Tana Y Nicolás jugaban despreocupadamente con los despojos de lo que en su día fue una pelota, anaranjada, que resaltaba cálidamente entre la grama y los tonos verdes del follaje tierno de la primavera. Ninguno de los dos habían advertido su presencia inmersos en sus juegos. Flavio gritó su nombre llamándolo:- ¡Nicol!- el pequeño giró la cabeza y al verlo corrió hacia él olvidándose de la deshecha pelota y de Tana, que se quedó buscando el juguete entre los matorrales.

El inquieto Nicolás pareció intuir que algo no había hecho bien, a tenor de su reacción, porque según se fue acercando ralentizaba su carrera. Flavio, con serio semblante, no dio lugar a que llegara hasta él cuando ya le pidió con serio tono de voz que se sentara a su lado.

 -Estoy seriamente preocupado por tu actitud, Nicolás- le reprochaba al menor, que esperando la reprimenda acachaba la cabeza-. No sé cómo te voy a decir que no te metas a jugar en el jardín de la vecina. No hay encuentro con ella que no me reproche tus travesuras. Si no tuvieras tanto espacio aquí para jugar con Tana lo entendería, pero no lo puedo comprender con todo el terreno que tenéis sólo para vosotros dos, para que juguéis a la pelota y corráis todo lo que os plazca.

Pero no creas que solo Margarita me ha llamado la atención por tu actitud, también Marina me echa en cara con demasiada frecuencia tu manera de comportarte con tus compañeros en la guardería. Me dice que ninguno le da tanto quebradero de cabeza como tú, que tiene que estar siempre pendiente de ti, no sólo para que no te saltes la valla y pueda ocurrirte algo cualquier día, sino por tu mal comportamiento con tus compañeros, que no hay día que no te pelees con alguno de ellos.

Nicolás aguantaba la regañina en silencio y con la cabeza gacha. Flavio comprendió que, ya era suficiente,  no podía exigirle más por su edad, que era cuestión de inculcarle modales y comportamiento poco a poco. Tana se había entretenido demasiado tiempo buscando el trozo de plástico engomado color naranja y corría acercándose con él como queriendo recuperar el tiempo perdido.

El hombre se puso en pie y entró de nuevo en el interior de la casa, para volver a salir pocos minutos después con un par de galletas en forma de hueso y las cadenas de paseo en la mano. Tana y Nicolás aguardaban expectantes las golosinas para, después de recibirlas y escuchar por boca de Flavio: -Vámonos- comenzar a brincar y ladrar de alegría.






Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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martes, 23 de julio de 2013

La maldición


Desde que el doctor le alertara varias semanas atrás, de que tenía que poner orden en sus hábitos alimenticios y realizar diariamente algunos ejercicios físicos, había comenzado a cuidar su salud. El sobrepeso y el estilo de vida sedentaria que llevaba no le hacía nada bien a su organismo. El galeno le advirtió que corría tanto peligro que se asustó, se tomó en serio seguir las indicaciones médicas y recuperar la disciplina que años atrás había olvidado dándole la espalda. Se propuso vivir de una manera diferente, que le permitiera adquirir agilidad y no sentir ahogo al mínimo esfuerzo, así que a eliminar grasas animales, bebidas azucaradas carbonatadas, tabaco, alcohol, y todas las sustancias y alimentos desaconsejados, y poner freno y control al colesterol, a la diabetes y a la hipertensión.

El ritual sistemático se repetía desde entonces día a día y ya había conseguido que los dígitos de la báscula del baño quedaran varias unidades por debajo al pesarse, pero aun así todavía multiplicaba por tres el peso recomendado. Lucrecia cubría todos los días el mismo recorrido, salvo en contadas ocasiones en las que prefería caminar por una ruta diferente, dos horas de caminata lo eran más amenas y menos fatigosas si se hacían por el centro urbano. Una de aquellas mañanas, la que cambió el destino de su vida por una decisión sin importancia, se inclinó por dar un paseo por la parte antigua de la ciudad, por el mercado al aire libre que se instalaba los domingos. Pensó que dos vueltas al circuito ajardinado cercano y un recorrido por entre los puestos variopintos de mercadería serían suficientes para cumplir con su obligada actividad física. Se vistió con la malla negra de algodón, la sudadera rosada y la cinta del mismo color en la frente, y se enchufó los auriculares con sonido musical a los oídos.

Una de sus aficiones favoritas era la música y especialmente los antiguos objetos relacionados con ella. Siempre lo hacía, cuando tenía oportunidad, se recreaba por entre las antigüedades y aquella mañana no fue una excepción, pocas cosas le satisfacían más que coleccionar antiguallas. En aquella visita a los anticuarios no se había sentido atraída por ninguna pieza en particular, hasta que por entre los cachivaches deslucidos y casi amontonados le pareció ver lo que desde hacía muchos años llevaba buscando, era un gramófono de principios del siglo XX, una autentica joya para coleccionistas. A simple vista parecía conservarse en buen estado y además portaba un disco original de goma laca. Habló con el anticuario y tras regatear en la negociación adquirió el dispositivo de reproducción musical. A la mañana siguiente a primera hora el servicio de reparto le entregó el gramófono y tras comprobar su puesta en funcionamiento descubrió lo que sospechaba, que necesitaba una reparación y puesta a punto. Así que sin pensarlo dos veces y con unas ganas desmedidas de verlo funcionar agarró el aparato y se dirigió al taller de sonido.

Una semana de espera valía la pena para que por la trompa metálica emitiera las melodías con las que tantas almas se habrían enamorado o simplemente se divertirían bailando a su ritmo. Pero surgió un problema, aquella mañana el taller estaba cerrado y en la puerta, al otro lado del cristal, un papel blanco escrito a bolígrafo azul y pegado con cinta adhesiva transparente rezaba: Cerrado por defunción. -¡Qué mala suerte!- exclamó Lucrecia, pensando en que la coincidencia del fallecimiento retrasaría un día más la entrega de su reproductor musical. Tuvo que ser al día siguiente cuando al recogerlo se enteró del nombre del fallecido. Era el del técnico, el mismo al que había encargado el arreglo. Feneció al día siguiente de haberlo reparado.

Una tristeza efímera que dejó de serlo nada más traspasar la puerta de salida. La ilusión por ver girar el disco y escuchar el sonido pudo más que cualquier otra causa por muy lamentable que fuese. Llegó a su casa y fue directamente a colocarlo en el lugar elegido desde una semana antes. Desde el mismo día en que lo compró ya le había buscado un hueco en un lugar preferente de la vivienda. Colocó el disco, le dio a la manivela y comenzó a girar la placa negra. Puso el brazo con la púa sobre el borde exterior y, tras varios saltos acompañados de extraños ruidos, comenzó a sonar la música.

Nunca antes había escuchado aquella pieza musical, con un ritmo dulce, lento, tranquilo, envolvente, que transportaba a otro tiempo. Después de oírlo varias veces pensó en dejarlo de usar por el momento, para que el disco no sufriera, era el único que tenía hasta que surgiera la oportunidad de adquirir otros. Extrajo la manivela y al guardarla en el hueco del cajón que dejaba para tal menester, al abrir una trampilla de madera en el lateral encontró dentro un recorte de periódico desapercibido hasta entonces. El color sepia del papel mostraba una noticia fechada a finales de 1940, era la crónica de un fallecimiento, en la que se veía una fotografía con el cuerpo inerte de una mujer extendido en el suelo de una amplia sala. Leyó el texto y no parecía nada anormal, comunicaba una muerte repentina en extrañas circunstancias de una conocida dama de la alta sociedad. Volvió a mirar la foto y fue entonces cuando, medio difuminado en la imagen, al fondo de la estancia, aparecía un gramófono del mismo modelo, hasta podría ser el mismo aparato que había adquirido.

El inesperado hallazgo le atrapó, la dejó recapacitando, pensando, imaginando mil porqués relacionados con la muerte anunciada en el periódico. Cosa normal por otra parte, que un objeto antiguo produzca encanto, hasta que comenzó a relacionar las dos muertes, la de la distinguida dama y la del técnico de sonido que lo reparó. A partir de ese momento lo que resultaba encantamiento se transformó en maldición. A esa posibilidad llegó después de volver a poner en funcionamiento el reproductor de ondas sonoras y escuchar una y otra vez la misma melodía hipnotizadora que cuanto más escuchaba más quería, como una adicción repentina.

Sugestionada, comenzó a notar que las pulsaciones se le aceleraban al tiempo que su frente empezaba a exhalar un sudor frío y a sentir un malestar poco habitual en todo el cuerpo. Presión en el cuello, en la espalda, en los hombros... Su mirada fija en el disco que giraba y giraba y la espiral de surcos se distorsionaba  nublándosele la vista. Se levantó de la silla en que se sentaba y de repente un fuerte dolor le oprimió el pecho que la dejó sin respiración. Cayó al suelo desfallecida y todo quedó detenido. Sólo el gramófono al fondo de la sala y su monótono trac, trac, trac, producido por la púa atrancada en el último surco del disco, quedó como muestra de que la vida continuaba.





Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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sábado, 13 de julio de 2013

Dudas de amante



Gladys reposaba bajo el ventilador del techo, en su imperturbable y monótono girar de aspas, medio cubierta entre bordadas sábanas de seda adornadas de finos encajes, blancas, como la rosa que marchitaba sobre la mesilla en el pequeño florero de cristal, de la que se desprendían los primeros pétalos sobre el frío mármol de la encimera; del mismo color de los visillos que alegremente jugueteaban en el balcón con la cálida brisa de la tarde temprana.

Braulio se apresuraba alistándose en su afán de evitar los desaliñados pliegues que el ajustar del cinturón le propiciaban. Sacó la pitillera plateada del bolsillo interior de la americana y encendió un cigarrillo; aspiró y soltó el humo frente al espejo, al tiempo que se amoldaba el flequillo.

El silencio cómplice se adueñaba de la estancia, solamente roto por el suave y sensual tono de voz de ella:

-Si algún día te levantases por la mañana con la necesidad imperiosa de entregarle tu amor a alguien, sin miramiento de ningún tipo, de dedicarle todo tu tiempo aunque se trataran de los últimos minutos que te quedaran por vivir, de dejarte arrastrar por la pasión sin prejuicio alguno... ¿Me dejarías por otra?





Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
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lunes, 8 de julio de 2013

El recuerdo


-El cambio de hora me tiene desconcertado. No acabo de acostumbrarme. Llevo despierto dando vueltas en la cama por lo menos desde las cuatro de la madrugada -decía Cristóbal mientras se afeitaba ante el espejo -. No sé si tanta molestia servirá para algo, supongo que sí, que cuando la cambian todos los años, y por dos veces, no lo harán por gusto. Dicen que de esta manera se aprovecha más y mejor la luz solar. Ellos sabrán, lo cierto es que a mí me tienen un par de días medio tarumba... Un día de estos tengo que ponerle una zapatilla nueva a esta dichosa llave, no cierra bien y no para de gotear -continuaba monologando al tiempo que con su mano derecha apretaba con fuerza el mando del grifo del lavabo.

Me tiene preocupado la cría de Lana, aún es pequeña y todavía no sabe que no puede entrar en los sembrados. La madre se da cuenta, qué lista es... Cuando ve a la chiquitina que se mete dentro del huerto y comienza a escarbar entre los surcos se esconde, como queriendo esquivar la regañina. Si continúa así tendré que cercar el perímetro, al menos hasta que se haga mayor y aprenda. Ayer aboné la terraza de arriba, la dejaré descansar este año y sembraré la de abajo. Lechugas, rúcula, espinacas, y tengo la duda si también probar con algunas coles lombardas, no sé cómo se dará. Matías me ha dicho que a él se le dieron bien el año pasado.

No he dormido bien esta noche, con eso de la hora... Fíjate que cuando me levanté y salí ahí afuera estaba  todo como la boca de un lobo, sin una sola estrella en el cielo. Hasta el gallo estaba durmiendo todavía. Recogí los huevos del gallinero y les puse comida y agua limpia en el comedero. Estoy pensando en cambiarle a Matías un par de gallinas por una pareja de conejos, no sé para qué queremos tantos huevos si no los comemos. En cambio los conejos crían con mucha frecuencia y se venden a buen precio, además no gastan en comida, con el forraje es suficiente.

¡Uy! Creía que era más temprano -exclamaba mirando el reloj de la mesilla de noche al tiempo que se ajustaba con prisa el cinturón -. ¡No te digo!... El cambio de hora me tiene confundido. No queda mucho para que pase el autobús. Ya no para enfrente, al otro lado de la carretera, ahora han puesto una marquesina un poco más abajo, después de la curva. Está mejor así, queda un poco más lejos pero no es tan peligroso. Antes había que adentrarse en la calzada para verlo venir y como no estuvieras atento se te iba y había que esperar una hora más hasta el próximo, con el cabreo... No quiero llevarme el coche porque supone más molestias que comodidad, luego no encuentro aparcamiento y estoy media mañana como un tonto dándole vueltas al ayuntamiento hasta que consigo un hueco. Me pone de mal humor tanta pérdida de tiempo.

Lo podía dejar para otro día, no corre prisa, tengo todavía un par de meses para renovar el arrendamiento del nicho, pero prefiero acercarme hoy a la ciudad y así me quedo más tranquilo. Estas cosas se van dejando y por mor del diablo lo echo en olvido y me encuentro luego con un disgusto de por vida. No me lo perdonaría por nada en el mundo, me moriría de pena antes de que llegase mi hora pensando que no podría compartir la eternidad contigo. Así que lo renuevo y de camino me paso por el campo santo. Limpio la lápida y pongo unos gladiolos a ambos lados. Sé que son las flores que más te gustan. Bueno, cariño, me tengo que ir... Estaré de regreso para el mediodía. ¡Un beso! -agarró el portarretratos y se lo acercó a la boca, dejando la impronta de sus labios sobre el cristal.






Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
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sábado, 29 de junio de 2013

Frustración suicida



Ni siquiera pensó en apretar la perilla de la luz, se levantó de la cama a oscuras con la misma angustia que se había acostado un rato antes. Tampoco se le ocurrió cambiarse de ropa, sus miras se pusieron en la puerta hacia el exterior, en busca de una solución que pusiera fin a su desdichada existencia. No entendía qué podría haber fallado para que su intento suicida no llegara a consumarse, el prospecto expresaba bien claro cuáles serían los efectos inmediatos tratándose de una indigesta de capsulas, ni un toro habría tenido la mínima opción de sobrevivir a la sobredosis de aquellos compuestos medicinales de nombre impronunciable y de efectos secundarios interminables. Qué razón tenía el tal Murphy, pensaba, con su ley y las consecuencias lógicas que siempre ocurren y que parecen fruto solo y exclusivamente de la mala suerte, aunque siempre relativo a otros asuntos más cotidianos, como al de las tostadas, que cuando se caen de las manos siempre van a dar al suelo por la cara untada de mantequilla. Pero en cuanto al suicidio... No es recomendable para nadie, que harto de frustraciones también se jodan las posibilidades de resolver por la vía más rápida, por la tremenda.

El fracasado propósito no desalentó su pretensión, al contrario, el miedo al encuentro con la muerte era lo único que se había desvanecido, su hartazgo y el deseo de despedirse de este mundo quedaban intactos, sin fisuras, con la obsesión como única consejera, que le animaba a encontrar una nueva manera de decir adiós para siempre. La noche se hacía dueña de la ciudad y las calles y avenidas se mostraban como escenarios inanimados por los que nada ni nadie transcurrían; ni un solo vehículo que aprovechar como cómplice para un accidentado final.  

Solo el viejo viaducto rompía la línea inalterable de enfiladas farolas encendidas, marcando un paréntesis en el paisaje horizontal, como delimitando un lado y otro, el de allá y el de acá, y como premonición que surgía en forma de idea, la de acercarse al levadizo peatonal y desde lo alto esperar a los primeros focos, ante los que precipitarse buscando un desenlace rápido.

Pero nada parecía salir a su gusto, cualquier pretensión quedaba gafaba de antemano, como si la mala fortuna se hubiese empeñado en negarle cualquier deseo. Cansado de una espera interminable decidió lanzarse al vacío contra el oscuro asfalto que siniestramente se ofrecía a la fatalidad. Se subió, en pie, sobre la baranda metálica del puente decidido al punto y final, con la noche solitaria y la suave brisa como únicos testigos de su funesto destino. Estiró los brazos en cruz y contra el vacío insolente se lanzó, quedando su desgraciado padecer sobre el alquitrán de la calzada. 

Por un momento, boca arriba y con la perspectiva estrellada, pensó estar sumido en un profundo sueño, en una pesadilla surrealista en la que ni siquiera la parca quería cuentas algunas con él. Había caído desde más de 10 metros y su cuerpo no mostraba ni un solo rasguño, ni una contusión, ni el más mínimo dolor o molestia producida por el golpe contra el suelo. Estaba claro que aquella no era su noche... cuánta razón tenía Murphy.

Envuelto en el desánimo comenzó a vagar por la ciudad, concluyendo que la providencia existe, así como las fuerzas o energías que nos guían y nos marcan el camino en cada una de nuestras decisiones, aunque uno no quiera, si la fortuna se empeña no se puede luchar contra los designios marcados en el devenir de nuestro futuro. Los fracasados intentos suicidas le convencían para darle una nueva oportunidad a la vida. El ánimo vencía al desencanto al tiempo que el nuevo día se presentaba con los primeros rayos de un sol luminoso y el trajín de viandantes que ajenos a su vagar se cruzaban ante él ignorando su presencia. Se detuvo ante un quiosco de periódicos y buscó dinero en sus bolsillos, pero no encontró ni una sola moneda, lo único hallado fue la sorpresa al mirar la portada del diario, al descubrir una foto con su imagen en su dormitorio, mostrando su cuerpo inerte entre envases vacíos de medicamentos y bajo un titular que rezaba: "Se suicida un hombre en la soledad de su apartamento".




Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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lunes, 17 de junio de 2013

Naufragio



El sol de la tarde comenzaba a tornarse anaranjado entre los azules de mil tonalidades en el horizonte marítimo, mientras que en la arena de la playa la escena de la búsqueda continuaba sin dar resultados. Dos marineros se afanaban quitando las rocas de la torrontera que habían caído sobre el cobertizo hasta enterrarlo literalmente. El náufrago contaba su experiencia en la isla desde que, no sabía cuánto tiempo ya, había llegado a ella, a la vez que otro marinero comunicaba por radio al barco la situación encontrada en la isla:

-De no haber hallado compañía probablemente no hubiera soportado la soledad en esta pequeña y deshabitada isla, que lejos de ser un paraíso llegó a significar todo lo contrario para él. El mismísimo infierno desde el segundo instante en que pisó tierra; el primero fue el de su salvación. Una suerte cínica, que podría  entenderse como un castigo, porque ¿para qué desea un náufrago una isla salvadora si ésta se va a convertir en una celda de castigo, donde la soledad es la única compañía de por vida?


Me cuenta que cuando llegó su desaparecido compañero náufrago supuso para él la vuelta a la vida. Su integridad emocional y psíquica estaba bajo mínimos cuando apareció entre las olas como por arte de magia. Al igual que él, probablemente habrá llegado a la ínsula por la deriva de algún navío en estos mares del sur, probablemente porque de otra manera no cabe imaginar que lo hiciera hasta aquí nadando desde sabe Dios dónde. Dice que era un tipo un tanto extraño, silencioso, pero siempre amigable, y según apunta, mientras disfrutó de su compañía la soledad pasó a ser un problema aparte. A partir de entonces ya no le inquietaban las noches solo en el cobertizo, con el único entretenimiento que mirar a las estrellas que le saludaban con sus destellos entre las hojas secas de las palmeras. Ni se aburría en los días eternos pendiente únicamente de que bajara la marea para ir a sacar de los charcos entre las rocas los peces que quedaban atrapados. 


En cierto modo se considera un hombre con suerte, con mucha suerte, no sólo porque salvó el pellejo al elegir el rumbo que le trajo hasta aquí en el bote salvavidas sino por que, además, cuando más deprimido y necesitado de compañía estaba, Dios puso junto a él a un compañero al que, no le importa confesar,  quiso como nunca antes había querido a otro. Con él compartió todo, lo bueno y lo malo, los huracanes y los días apacibles, en los que los dos caminaban por la playa o subían hasta la cima, donde los árboles frutales y las raíces son más abundantes. Asegura que fueron días felices los que vivieron, en los que compartieron hasta los momentos más íntimos, tanto fue así que dice no haberle importado acceder a compartir juegos sexuales si se lo hubiese pedido...

El comunicante iba trasladando a sus superiores el monólogo que el náufrago continuaba narrándole, nervioso y sin apartar la mirada del lugar en donde los dos marineros trataban de dar con el cuerpo del compañero enterrado, al que por sorpresa sepultó la avalancha de tierra tras el corrimiento provocado por las lluvias. El superviviente aseguraba que todo sucedió justo cuando vieron aparecer el barco entre los destellos del plateado mar del mediodía y comenzaron a hacer señales para llamar la atención.

-¡Tiene que estar ahí, mi compañero no se movió del cobertizo!- gritaba el náufrago.
-¡Aquí no hay nadie señor!-le respondía uno de los marineros posicionado sobre el montón de rocas y tierra.
-¿Estás seguro?-le preguntaba el marinero comunicante.
-¡Seguro, señor! Aquí no hay otra cosa más que un espejo hecho mil pedazos...





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miércoles, 22 de mayo de 2013

Anatomía de una composición


Suzanne leía sosegadamente, sentada sobre la hierba fresca crecida a orillas del pantano de Giverny. El manto verde se extendía a los pies de la alameda entre los frágiles rayos solares del verano, temprano y cómplice de la luminosidad que rompía sobre los tonos blancos de las faldas quietas. El rascar de los pinceles sobre el lienzo sonorizaban la escena, entre la débil franja contrapuesta al claro que los sombreros campestres marcaban en las semblanzas femeninas y por la cálida brisa que jugueteando se colaba por entre los grisáceos troncos y las bicolores hojas de los álamos. 

...Y qué sería de mis mañanas si no te vuelvo a ver por entre los rosales con la gélida escarcha de las rosas en tus mejillas. Acariciando los pétalos aterciopelados que se fueron abriendo con el nuevo día, rodeadas de espinas dolientes que sangran al tacto de tu inocente dulzura.

Y cómo superar la ausencia de tus pasos, del taconear elegante y sereno que transita continuo por entre mis pensamientos, a veces plácidos y otros tantos inquietos, vulnerables, inseguros, que se agarran a la protección que tu presencia me brinda.

Y de qué manera encontraría el norte de mi existir si no tengo la brújula de tu sonrisa que marca el rumbo de mi corazón, que me guía y que me salva del naufragio existencial. Que me anima y me consuela, que me cobija y me defiende entre latidos.

Y adonde irían los deseos pretendidos en tantas noches de insomnio a la luz de tu luna, plateada y limpia, dormida... 

La quietud quedó alterada por la joven modelo que volcaba el libro sobre sus piernas cubiertas de blanca falda. Se quitó momentáneamente el sombrero de la cabeza y con el pañuelo adornado de bordaduras secó el sudor de su frente. Blanche continuó mezclando colores sobre la paleta, buscando el cromatismo, y sin perder la concentración dijo con apacible tono de voz::
-No te muevas...





Relato basado en la obra de Monet: "Suzanne leyendo y Blanche pintando en el pantano de Giverny"

Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
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viernes, 10 de mayo de 2013

El colibrí


La tarde transcurría especialmente calurosa en Managua. El sol de marzo y la humedad en el ambiente hacían de la ciudad un lugar casi irrespirable, una caldera por la que los habitantes transitaban a punto de desfallecer. Como el lagarto al sol, los managuas buscaban el respiro a las bondades del aire acondicionado y los ventiladores. 

Carlos se ocupaba en su casa al resguardo de las altas temperaturas, disfrutando del oasis interior ante el ordenador y entre el silencio apacible, monótonamente roto por el sonido que producía el motor del aparato en su afán eléctrico y constante de remover el aire de la habitación y por el percutir de sus dedos sobre las piezas móviles del teclado. Al otro lado de los cristales de la ventana sus hijos chapoteaban en la piscina ajenos al insolente sol que golpeaba sus cabezas entre juegos y zambullidas constantes; los observaba atrincherado desde su atalaya particular, en la que la temperatura exterior no daba tregua en su lucha contra las aspas del ventilador que no le permitían conquistar el espacio.

Atraído por el disfrute de los chiquillos abandonó momentáneamente su labor y acudió con ellos a compartir la piscina, que se mostraba rebosantemente alegre destellando sobre las alteradas aguas cristalinas que provocaba la algarabía infantil. Brazadas a un lado, brazadas hacia el otro, y, entre unas y otras, alguna ahogadilla por parte de los pequeños. Salió del agua y se quedó unos minutos secándose al sol entre los árboles frutales del patio. A poca distancia le llamó la atención un reflejo luminoso sobre la tierra y por curiosidad se acercó a comprobar lo que sutilmente brillaba a los pies del papayo. Era un pequeño colibrí, un huichichiquis, como diría en náhuatl un nativo. El pajarito parecía moribundo, con las alas extendidas, pero se agachó y al cogerlo con cuidado comprobó que estaba vivo, que todavía respiraba aunque con dificultad, probablemente desfallecido por el calor sofocante.

No medía más de cinco centímetros del pico a la cola, un animal tan hermoso y tan pequeñito, tan vulnerable a la vez. Un macho, pensó cuando observó el color azul de su cuello sobre el verde metálico generalizado de su plumaje. Por suerte para ellos cesó aquella moda de antaño en los que se cazaban por miles, millones, con el único propósito de adornar con sus plumas los vistosos sombreros que portaban las distinguidas damas europeas.

Pensando en tratar de reanimarlo se adentró en la casa y le sopló con suavidad en el piquito, le puso en él unas gotitas de agua y acto seguido lo soltó sobre la mesa del escritorio. Pasado un ratito el colibrí alzó su delicado vuelo y se fue a posar sobre la lámpara del techo. Carlos se acercó a la ventana, la abrió de par en par invitándole a recuperar su libertad, y el colibrí no rechazó su invitación; poco después inició su vuelo al exterior y fue a posarse sobre una rama del mango en el patio.

En ese justo momento sintió cómo un líquido frío le entraba por la garganta y le corría por el cuello hasta el pecho. Abrió los ojos y se encontró en una perspectiva casi horizontal al suelo, estaba sentado sobre la tierra del parque infantil, rodeado de niños y mayores, y sujeto de la espalda por la mano de un hombre que trataba de mantenerlo incorporado al tiempo que le acercaba un vaso con agua a la boca y le preguntaba: -¿Se encuentra mejor?





Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
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viernes, 3 de mayo de 2013

Violencia diplomática


Sorprende, que a razón de las necesidades Estados Unidos se brinde colaborador con tintes diplomáticos a otros países que hasta hace pocas horas en el retrovisor se tornaban incómodos y molestos. Aún así, actuando de manera interesada con proyección colaboradora en reconocimiento cultural, miro con buenos ojos que naciones cenicientas se conviertan en objeto de deseo, en socios casi imprescindibles en la consecución de una estrategia comercial salvadora para la potencia norteamericana. No cabe duda que México representa todo un aliado en potencia para las aspiraciones del vecino del norte en su expansión comercial. Obama, al que hay que agradecer su talante conciliador con la comunidad latina, no mueve su diplomacia solo por el empuje sentimental, detrás de ese movimiento ajedrecista existen unos intereses necesarios para continuar en la partida que el contrincante asiático presenta en el tablero comercial.

Me satisface cualquier intento por acercar a los pueblos, por eliminar barreras de intolerancia y rechazo social entre países vecinos que están condenados a entenderse por lo que apremia el futuro con un acercamiento galopante que se adelanta a los gobiernos en la eliminación de las fronteras que separan distintas realidades. El colectivo latino estadounidense se ha agrandado de tal manera que ya resulta imposible controlarlo desde esa perspectiva de separación social establecida entre nativos y foráneos, o entre nacionales y emigrantes, como quieran llamarlo. La fusión de culturas es una realidad y lo que comenzó siendo un territorio gobernado por colonos y descendientes se ha cosmopolitizado de tal manera que ha dejado de pertenecer a una sociedad de perfil determinado. La actual sociedad es multiracial y multicultural,  que pone de relieve el verdadero espíritu de EE UU como nación hija de migrantes.

Pero la comunidad latina no es solo México, es un continente entero, especialmente Centro y Norte, que se mueve en función de sus necesidades de supervivencia, que busca en la emigración una vida digna en igualdad de derechos sociales y laborales. Es por eso que existe en mí un sentimiento descontento en ese acercamiento social, incompleto, que discurre por unos cauces descaradamente interesados y ajenos a los deseados. Me gustaría que el acercamiento cultural que pide el presidente Obama empezara por eliminar barreras que producen autenticas tragedias humanas, en el ir de emigrantes sin retorno asegurado. Quizás ese acercamiento debería de dar comienzo luchando contra la diplomacia violenta, esa que presentan las bandas criminales organizadas que buscan a sus víctimas entre los más vulnerables, entre los hombres y mujeres que arriesgan sus vidas en pro de un derecho universal, entre la sociedad civil en general.

Choca, la diplomacia institucional con la que reciben los inmigrantes a su paso por tierras mexicanas en busca de el dorado. Ese acercamiento debería de comenzar por el control de las armas, por el combate contra las bandas de narcotraficantes, por la lucha contra el tráfico de personas, contra los secuestros, asesinatos, contra todo tipo de violencia y en favor de la seguridad del potencial humano que atraviesa México buscando el sueño americano, donde se convertirán en peones claves para la estrategia comercial que libra batalla a nivel mundial.



viernes, 26 de abril de 2013

Transitoriedad efervescente


Su vida había cambiado rotundamente desde hacía un par de meses, desde que comenzó a sufrir brotes de alucinaciones, una enfermedad que el psiquiatra definió como esquizofrenia efervescente transitoria, un término que seguramente no habría entendido de no ser él el que la padecía. Nunca sabe uno cómo va a reaccionar nuestro cerebro, frente a acontecimientos para los que nunca se está preparado del todo. De todas maneras, el subconsciente es tan reservado para sus cosas que si no fuese porque de vez en cuando salen y florecen uno pensaría que son cosas de otro, otro yo que vive dentro de uno mismo y que nos cuesta controlar en determinadas acciones o momentos.

Esas eran las excusas o explicaciones que el doctor le había dado entre las, ya casi perdidas en número,  sesiones terapéuticas, en las que se pasaba la hora de duración tumbado en el diván sin apenas decir nada, pues era el especialista en psiquiatría el que no paraba de hablar y le contaba todos aquellos detalles sobre su recién aparecida enfermedad. Cualquiera diría que tenían los turnos cambiados y que el médico era el paciente, a no ser porque ya desde el primer encuentro le dijo que no se extrañara por la inusual técnica, que consistía en todo lo contrario a lo establecido en medicina psiquiátrica, que en vez de escuchar al enfermo y que éste dijera boludeses constantemente, el doctor trataba de sustituir sus miedos entreteniéndole con temas ajenos a sus dolencias psíquicas. Lo difícil para Ramón era tener que soportar de vez en cuando las teorías futbolísticas de Bilardo, cuando no existía asunto más aburrido para él que el deporte del balompié. Algo con lo que tenía que haber contado cuando comenzaron las visitas, al comprobar el primer día su marcado acento argentino. 

Era complicado analizar las causas por las que aparecían los brotes esquizofrénicos, el doctor le había dicho que tenía que buscar en su memoria un acontecimiento clave, posiblemente traumático, tan doloroso que el propio subconsciente se habría creado una coraza como antídoto, para que su recuerdo no le afectara, y ese con toda probabilidad sería el olvido. El cerebro es como el disco duro de un ordenador, que por más que se limpian datos inservibles siempre queda una copia de esos archivos por alguna carpeta invisible que los retiene, sacándolos a la luz cuando nos adentramos en sus entrañas electrónicas.

Sin duda alguna la coraza de defensa del subconsciente tendría que ser muy buena, tanto que por más que trataba de buscar una afectación tan traumática no la encontraba. Su vida era muy tranquila y ordenada, no tomaba drogas, no bebía alcohol, no sufría enfermedades ajenas a la transitoria efervescente que padecía... El problema tendría que estar relacionado con su hogar, algo tenía que haber sucedido allí mismo y por eso  al regresar empeoraba y sus alucinaciones volvían con más frecuencia hasta tener que hospitalizarlo. En dos ocasiones lo habían tenido que llevar al hospital y dejarlo ingresado temporalmente, pero aunque continuara con la medicación recetada, al poco tiempo de nuevo regresaban las extrañas voces y visiones que le hacían vivir en un estado constante de pánico y ansiedad, y con la sensación de que su cerebro ya había dejado de funcionar correctamente para siempre.

Al menos su caso no era tan grave como otros aparecidos recientemente en la ciudad, de un mes a esa parte se habían sucedido una cantidad tan poco habitual de afectados por la esquizofrenia que de haber sido enfermedad contagiosa las autoridades habrían declarado obligatoriamente el estado de alerta en toda la región. Según el doctor, habían surgido casos tan llamativos de alucinaciones que incluso llegaron a ser titulares en las noticias. Algunos con consecuencias lamentables, como el del fontanero que se precipitó por su patio de luz desde la cuarta planta del edificio donde vivía, los vecinos declararon que se le había ido la cabeza, que decía ser funámbulo y con paraguas abierto en mano trató de cruzar el patio sobre las cuerdas del tendedero de la ropa. Otros no pasaron de ser simples anécdotas graciosas, como la que protagonizó la camarera del restaurante a la que tuvieron que bajar de la estatua ecuestre de la Plaza Central, desnuda y gritando que era la reencarnación de Lady Godiva. 

Ante lo alarmante de la situación, algunos especialistas comenzaban a sacar conclusiones sobre el tema y tanto fue así que no pasaba día en que las tertulias radiales sacaran a relucir aquel problema que tanto preocupaba a la comunidad. Las opiniones eran dispares en cuanto a las causas posibles que provocaban los brotes esquizofrénicos y los había desde los que se lo achacaban a la sequía extrema padecida aquel año en el que apenas llovió, hasta los que aseguraban que podría tratarse de una herencia genealógica. Y fue precisamente, escuchando la radio e interesándose por el tema que le afectaba, cuando intuyó el origen de su afectación efervescente transitoria.

Hacía frío y le apetecía algo caliente para cenar, así que decidió prepararse una sopa instantánea de pollo. Llenó la taza de agua, la puso a calentar en el microondas y, al tiempo que con las tijeras cortaba el sobre que contenía el preparado alimenticio, dieron comienzo las noticias con el siguiente titular de cabecera: Importante golpe al narcotráfico. Las autoridades policiales han desarticulado una banda criminal dedicada al tráfico de drogas que operaba en el país. Se ha incautado un importante cargamento de mescalina que los traficantes introducían a través de la frontera camuflada en preparados alimenticios de la marca "El pollo feliz". La policía anda tras la pista de una partida con destino desconocido...



Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
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viernes, 19 de abril de 2013

Fresas con nata


He comprado fresas. ¡Están buenísimas! Son de temporada, y como sé que te gustan tanto traje una cajita, de las pequeñas, de esas de madera que contienen un kilo. Las he lavado poniéndolas debajo del chorro del grifo antes de cortarle el tallo, para que no le entren agua en el interior. Las he troceado en el cuenco de cerámica que te regaló Carla para tu cumpleaños y bañado en nata; luego las espolvoree con edulcorante. El doctor dijo que evitásemos el azúcar en lo posible. ¡Tenemos que cuidarnos amor mío! Cuando fui esta mañana al mercado... Ya sabes que los martes es el mejor día para comprar. No sé por qué te lo digo precisamente a ti, si tú fuiste la que me lo enseñaste, que los martes y los jueves son los días en que entran los productos frescos a la plaza de abastos. Las vi tan sabrosas, rojitas, en su punto de maduración, y pensé en ti... Bueno, ya sabes que apenas pienso en otra cosa que no seas tú.

Toma, pruébalas... Están buenas, ¿verdad? Antes de conocerte rara vez comía fruta, ¿lo recuerdas? Tú fuiste la que me enseñaste a comerlas, a apreciar su sabor y el valor nutritivo. Me enseñaste tantas cosas... Cada vez que pienso en todo lo que hemos vivido juntos y en lo que hubiese sido mi vida de no haberte conocido se me traba la imaginación...es como si no hubiera sido posible una vida sin ti.

Mañana vendrá Carla a hacerte compañía. Es una jovencita muy guapa. Se parece a ti, tú tenías su misma sonrisa cuando te conocí. Hemos tenido mucha suerte con los hijos, y también con los nietos. No sé que hubiésemos hecho sin ellos, se desviven porque no nos falte de nada. La nieta vendrá temprano, se quedará contigo hasta que yo regrese de la visita al otorrinolaringólogo, este oído derecho ya no es el que era, tanto es así que a veces, sin darme cuenta, cuando me hablan giro la cabeza orientando el izquierdo. Acabará por producirme tortícolis... Ya podrían haber elegido otro nombre un poco más fácil de vocalizar, o-to-rri-no-la-rin-gó-lo-go, ¡qué barbaridad! Toma, come fresas. Me las estoy comiendo yo todas.

Se me olvidó decirte que han abierto una floristería en el local de abajo. Ayer cuando pasé por la puerta vi a través del escaparate cómo colocaban unos estantes en el interior y hoy ya habían abierto al público, tienen mucha variedad de plantas y flores. Sí me acuerdo mañana, a la vuelta del médico del oído, me llegaré y compraré un jazmín para el balcón. Al del patio no sé qué le ocurre, ha dejado de echar flores, creo que las heladas caídas este invierno le han perjudicado. No quiero que llegue el verano y no tengas jazmines, con lo que tanto te gusta ponértelos en el pelo y en la mesilla de noche para ahuyentar los mosquitos.

¡Toma, abre la boca! ¡Ummm, qué ricas! Esta nata que he comprado nueva me gusta más, es más suave al paladar que la otra. ¡Toma, abre esa boquita dulce, vida mía! Vaya, te quedó la nata por fuera. Déjame que te limpie con la servilleta, que tu boca luzca esa linda sonrisa. Tanto tiempo callada... Tanto tiempo ausente...







Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
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viernes, 12 de abril de 2013

El perfume


...Cerró los ojos y aspiró profundamente.

París amanecía especialmente espléndido, soleado, cálido y bullicioso. Los carruajes transitaban al trote de los caballos que marcaban el ritmo de la ciudad sobre las empedradas calles, acompañado del vocear de los mozos anunciando las noticias del nuevo día: ¡Extra, Extra! ¡Las noticias de la mañana! La catedral de Notre Dame echaba a sonar sus alegres campanas góticas animando el revolotear de las palomas en la plaza, entre el ir y venir de los elegantes viandantes; ellos bigotudos con frac, guantes y bastón en la mano izquierda, al tiempo que con la derecha levantaban suavemente el sombrero de copa, en gesto cortés y reverente al paso de las distinguidas damas que orgullosamente les ignoraban con una sonrisa, coquetas y ricamente adornadas con exóticas plumas en sus tocados. 

El Sena serpenteaba por entre las entrañas parisinas, regando con sus aguas las principales arterias y el corazón de la ciudad, abrazando a su paso la isla de la Cité, atravesado por sus puentes que de orilla a orilla se ponía a los pies de los creyentes de Saint Denis y Sainte Chapalle, entre el Palacio de Versalles y los Campos Elíseos, al saludo del Arco del triunfo y a la sombra de la Torre Eiffel, que arrogante y vanidosa se alzaba famosa en el Campo de Marte.

Montmartre se soleaba coronada por la cúpula del Sacré Coeaur en su colina, presente bajo las sombrillas de la Place du Tertre sobre las mesas y caballetes, soportes de lienzos artísticamente coloreados y creados en la comuna de Bateau-Lavoir. Bailarinas con tutú, retratos cubistas, escenas tahitianas, girasoles atormentados... y jardines floreados con puentes japoneses cruzando campos de nenúfares, donde los sauces lloran sus lánguidas ramas sobre aguas estancadas.

Los cafés se esparcían por las esquinas mientras que los cabaret adormecían sus locas nocturnidades tras las fachadas disfrazadas de molinos inquietos, rojos, de aspas inmóviles que a las luces de la noche se tornaban golfas y canallas, entre el cancán de las bailarinas vestidas de enaguas con volantes almidonados ahuecadores de faldas, turnándose entre el escenario y los carteles del pintor, que con cojeados pasos canjeaba por copas de licor acompañadas de señoritas alegremente dignificadas.

Abrió los ojos con los sentidos cautivados a la vez que expulsaba el aire perfumado de sus pulmones. Buscó con la mirada al joven de gestos delicados que tras el mostrador satisfacía a los clientes iluminados por los indiscretos y juguetones rayos de sol que se colaban por los cristales, entre sus grandes letras trazadas en otros tiempos, en la época bella. El dependiente se acercó y respondió a la llamada de su mirada: -Oui, madame! - a lo que la distinguida señora respondió escuetamente señalando con el índice el frasco de perfume que acababa de oler- Celui-ci!






Texto extraído del libro de relatos "Las Alas del Destino".
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.
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